No me moví durante lo que debieron ser varios minutos.
—¿Liora? —insistió Selene desde el otro lado de la puerta, con un toque de humor en la voz—. Si sigues ahí parada, la Reina va a pensar que te comió un lobo.
Las palabras me golpearon como si ya las hubiera escuchado. Porque las había escuchado. Ayer. Con la misma broma, el mismo tono, la misma pausa exacta antes de reírse de su propio chiste.
Abrí la puerta despacio.
—Perdón —dije, y mi voz sonó más firme de lo que me sentía—. Mala noche.
—Se te nota. —Selene me miró de arriba abajo con esa mezcla de cariño y evaluación que siempre había confundido con simple preocupación—. Come algo antes de vestirte. Vamos a tener un día largo.
Un día largo. Si supiera cuánto.
La seguí por el corredor sin escucharla del todo, cada palabra suya llegando un instante antes de que la dijera, como si mi mente ya tuviera el guion memorizado y solo esperara que ella recitara su parte.
El palacio de espejos vacíos se despertaba lento a esa hora: sirvientes cruzando pasillos de piedra blanco hueso, la luz de la mañana filtrándose débil por los vitrales rotos, docenas de espejos colgados en las paredes por pura costumbre, sin que nadie los mirara nunca dos veces. Yo sí los miraba. Siempre lo había hecho. Esa mañana, más que nunca.
Ninguno reflejaba nada. Ni los sirvientes, ni la luz, ni yo.
Bajando hacia los jardines me crucé con Kestrel, apoyado contra una columna con esa pose despreocupada que usaba para camuflar que en realidad vigilaba cada rincón del palacio como un halcón aburrido de su propio aburrimiento.
—Faelenn. —Levantó una ceja—. Pareces haber visto un fantasma. O peor, a la Reina de mal humor antes del mediodía.
Bajo circunstancias normales le habría devuelto la broma con otra peor. Hoy no encontré las palabras.
—¿Estás bien? —Su tono cambió, la burla cediendo paso a algo más genuino. Kestrel hacía eso: escondía cuidado real detrás de sarcasmo, como si le diera vergüenza que alguien lo notara.
—No lo sé —admití, y era la segunda vez en lo que llevaba de día que decía esa frase exacta.
Se acercó un paso, bajando la voz.
—Hablo en serio. Llevas la cara de alguien que vio algo que no debería haber visto.
Si tú supieras.
—Estoy cansada —dije en cambio—. Nada más.
No pareció convencido, pero no insistió. Kestrel nunca insistía en las cosas que de verdad importaban; guardaba su terquedad para las que no.
Seguimos caminando juntos hacia los jardines exteriores, donde los sirvientes preparaban las mesas para el banquete previo al ritual, el mismo banquete, con las mismas flores blancas, la misma disposición de las copas de cristal que ayer, que hoy, que siempre.
Uno de los sirvientes cruzó frente a nosotros con una bandeja de copas.
Y lo supe.
Supe, con una certeza que me heló la nuca antes de que sucediera, que iba a tropezar con la esquina de la fuente. Supe el sonido exacto que harían las copas al romperse contra la piedra. Supe que Kestrel iba a soltar una maldición y que yo iba a dar un paso atrás por puro instinto, aunque estuviera demasiado lejos para que me salpicara.
El sirviente tropezó.
Las copas cayeron.
Kestrel maldijo.
Yo di un paso atrás.
Todo exactamente como lo había visto un segundo antes de que pasara, como si mi mente hubiera estado un paso adelante del tiempo mismo.
—Faelenn. —La voz de Kestrel llegó de lejos, aunque estaba justo a mi lado—. Te pusiste blanca. Blanca de verdad, no la actuación de siempre.
No pude responderle.
Porque en ese momento entendí, con una claridad que me revolvió el estómago, que no había adivinado lo que iba a pasar.
Lo recordaba.
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Editado: 24.07.2026