El bucle de Ilvara

Capítulo 3: El guardián del Velo

Me alejé de Kestrel antes de que me hiciera más preguntas que no podía responder.

Necesitaba estar sola. O, más precisamente, necesitaba estar en algún lugar donde nadie pudiera ver mi cara mientras intentaba entender qué demonios me estaba pasando.

Terminé donde siempre terminaba cuando el palacio se volvía demasiado ruidoso: el corredor olvidado junto al archivo del Velo, una de las pocas zonas donde los sirvientes no limpiaban con la misma frecuencia y los cortesanos no tenían razón para pasar. Las puertas del archivo estaban selladas, siempre lo estaban, para todos menos para quienes portaban el juramento, pero el silencio de ese pasillo era lo más cercano a la paz que conocía.

No estaba sola.

Varek estaba apoyado contra la pared opuesta, los brazos cruzados, la mirada fija en la puerta sellada como si pudiera atravesarla con la voluntad. No pareció sorprendido de verme. Casi nada lo sorprendía, o al menos eso aparentaba.

—Faelenn —dijo, a modo de saludo. Nunca me llamaba Liora. Ni una sola vez, que yo recordara.

—Guardián. —Le devolví el mismo tono formal, aunque algo en mi pecho se tensó al verlo. No confiaba en Varek. No sabía exactamente por qué, solo que cada vez que estábamos en la misma habitación sentía que él sabía algo sobre mí que yo no sabía sobre mí misma.

Hoy esa sensación era peor. Mucho peor.

—Te ves distinta —dijo, sin apartar la vista de la puerta.

—Todos me han dicho eso hoy.

—No me refiero a pálida. —Por fin me miró, y algo en sus ojos, grises, fríos, demasiado quietos, se detuvo en mi cara un segundo más de lo necesario—. Me refiero a que pareces alguien que acaba de entender algo que preferiría no haber entendido.

El pulso se me aceleró.

—¿Y tú cómo sabrías eso?

Guardó silencio. Un silencio que duró lo suficiente para que yo notara cómo su mano derecha se cerraba en un puño contra su propio antebrazo, justo sobre la marca oscura que llevaba bajo la manga: la marca de su juramento, la que según los rumores de la corte le impedía hablar de ciertas cosas bajo pena de un dolor que ningún fae sobrevivía dos veces.

—Porque reconozco la cara —dijo al fin, con cuidado, como si cada palabra costara más de lo que aparentaba—. La he visto antes.

—Todos en la corte me han visto antes, Varek. Llevo aquí toda mi vida.

—No me refiero a eso.

Algo en su tono me heló más que la estática del Velo.

—¿Entonces a qué te refieres?

Se apartó de la pared, dio un paso hacia mí, no lo suficiente para invadir el espacio, pero sí lo suficiente para que sintiera el peso de su atención completa, algo que Varek rara vez concedía a nadie.

—Dime una cosa, Faelenn. —Su voz bajó, casi un susurro, como si temiera que las paredes del archivo escucharan—. Cuando algo ya pasó una vez... ¿de verdad crees que vale la pena intentarlo de nuevo, sabiendo cómo termina?

Me quedé sin palabras.

Porque no había forma, ninguna, absolutamente ninguna, de que esa pregunta tuviera sentido a menos que él supiera exactamente lo que yo acababa de descubrir en el jardín, frente a una bandeja de copas rotas que ya había visto romperse antes de que se rompieran.

—¿Qué sabes? —susurré.

Por un instante, algo se quebró detrás de sus ojos grises. Como si hubiera hablado de más. El puño contra su brazo se cerró aún más fuerte, como si intentara contener lo que fuera que hubiese estado a punto de decir.

—Nada —dijo, y la palabra sonó tan falsa como sonaba de verdad—. Olvida que pregunté.

Se alejó por el corredor sin mirar atrás, dejándome sola frente a la puerta sellada del archivo, con el corazón latiendo tan fuerte que temí que él pudiera escucharlo incluso a esa distancia.

No sabía qué era peor: no entender lo que me estaba pasando, o sospechar, por primera vez, que no era la única que lo entendía.




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