Lo encontré de nuevo antes del atardecer, esta vez porque lo busqué.
No en el corredor del archivo, ahí no volvería a esperarlo, no después de la forma en que había huido de sus propias palabras, sino en los establos, donde según los rumores de la corte pasaba las horas libres entre turno y turno, lejos de ojos curiosos.
Estaba ahí, cepillando a uno de los caballos grises con una concentración que parecía más refugio que tarea.
—Necesito que me digas la verdad —dije, sin preámbulos, sin darle tiempo a construir otra evasiva educada.
Se detuvo, pero no se giró.
—No sé de qué hablas, Faelenn.
—Sí lo sabes. —Di un paso hacia él—. Sabes por qué siento que hoy ya pasó antes. Sabes por qué predije que esas copas se iban a romper antes de que se rompieran. Y sé, porque te vi la cara esta mañana, que tú también lo sabes.
Se giró entonces, y por primera vez desde que lo conocía, vi algo parecido al pánico cruzar su expresión disciplinada.
—No puedo —dijo, y la palabra sonó arrancada, no elegida.
—¿No puedes o no quieres?
Dio un paso hacia mí, la mandíbula tensa, como si cada palabra que se negaba a decir pesara físicamente sobre su lengua.
—No... puedo —repitió, más despacio, y esta vez vi cómo se llevaba la mano al antebrazo, presionando la marca bajo la manga con una fuerza que le blanqueó los nudillos. Un hilo delgado de sangre le resbaló por la muñeca, oscuro contra su piel pálida.
—Varek. —El miedo en mi propia voz me sorprendió—. ¿Qué te está pasando?
—El juramento —jadeó—. Cada palabra que me acerca a la verdad tiene un precio. Esto es solo... el principio del precio.
Quise alejarme. En cambio, sin pensarlo, le tomé la mano —la misma que presionaba su brazo— para apartarla, para ver qué tan grave era.
En el instante en que mi piel tocó la suya, el mundo se disolvió.
No fue un recuerdo mío. Lo supe de inmediato, con la misma certeza instintiva con la que había sabido que las copas iban a caer. Era una habitación que no reconocía, iluminada por velas, con cortinas de un dorado desgastado. Una mujer de espaldas a mí, el cabello oscuro cayéndole suelto por la espalda, discutiendo en voz baja con alguien cuyo rostro se negaba a formarse, borroso como si alguien hubiera pasado un dedo húmedo sobre una pintura fresca.
—...no puedes protegerla para siempre —decía la mujer, y su voz me atravesó el pecho con una familiaridad que no tenía derecho a sentir—. Tarde o temprano va a preguntar por mí.
La figura borrosa respondió algo que no logré escuchar.
—Mamá —susurré, sin saber de dónde había salido la palabra, sin saber cómo sabía que era ella.
La imagen se rompió como cristal.
Volví a los establos de golpe, todavía sujetando la mano de Varek, los dos respirando como si hubiéramos corrido un largo trecho.
—¿Qué fue eso? —preguntó él, con una voz que ya no sonaba tan controlada.
—Mi madre —dije, la palabra extraña en mi boca—. Vi a mi madre.
Algo cruzó su rostro que no supe nombrar. Culpa, tal vez. O algo peor.
No tuvimos tiempo de decir más.
Las campanas del palacio empezaron a sonar, profundas y lentas, anunciando lo que ya sabía sin que nadie me lo dijera: el sol se ponía. El ritual del solsticio esperaba, exactamente donde siempre esperaba, exactamente a la hora que siempre llegaba.
—No vayas —dijo Varek de pronto, sujetándome del brazo con una urgencia que no le había visto antes—. Si no vas, tal vez...
—Si no voy, la Reina manda a alguien a buscarme. —Ya lo había pensado. Ya sabía que no había forma de escapar de esa noche—. Y de todos modos, ya morí una vez hoy. ¿Qué más da una segunda?
No sonó tan valiente como quería que sonara.
Caminé hacia los Jardines del Solsticio con el corazón latiéndome en la garganta, la mano todavía caliente donde había tocado la suya, la voz de mi madre todavía resonando en mis oídos.
Esta vez presté atención a cada detalle: la posición exacta de la Reina, el broche que Selene me ajustaba con dedos que ya no me parecían tan cálidos, el fuego azul esperándome como una boca abierta.
Cuando el dolor llegó, no fue en el pecho como la primera vez.
Fue en la garganta, un frío húmedo, repentino, que me robó el aire antes de que pudiera entender qué pasaba y mientras el mundo se apagaba alcancé a pensar, con una claridad extraña, que la forma en que moría también podía cambiar.
Que quizás nada, en este bucle maldito, era tan fijo como yo había creído.
Y entonces, otra vez:
Solo frío.
Solo silencio.
Y luz.
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Editado: 24.07.2026