El bucle de Ilvara

Capítulo 5: El costo

La carta seguía sobre el escritorio, exactamente donde la había dejado.

Solo que esta vez, cuando la tomé entre las manos, no reconocí ni una sola palabra de lo que decía.

Reconocía la letra, mi letra, inconfundible, con esa manera torcida de escribir la ele que nunca había logrado corregir pero el contenido, el destinatario, la razón por la que la había empezado, todo eso se había ido. Como si alguien hubiera abierto un cajón dentro de mi cabeza y hubiera sacado justo esa pieza, dejando el resto de los muebles intactos.

Me senté en el borde de la cama, la carta temblándome en las manos.

Esto era distinto a no recordar mi infancia. Ese vacío llevaba toda mi vida ahí, tan familiar que casi había dejado de dolerme. Esto era nuevo. Esto se sentía como perder algo que un minuto antes todavía tenía.

El primer costo real, pensé, y la frase se instaló en mi mente con el peso de una sentencia.

Si el bucle podía llevarse algo tan pequeño como una carta sin terminar, ¿qué se llevaría la próxima vez? ¿Y la siguiente?

No tenía tiempo para quedarme ahí sentada compadeciéndome. Ya había perdido dos días, dos vidas, dos muertes, dejando que el ritual me arrastrara sin pelear. Esta vez iba a ser distinto.

Tomé papel limpio y empecé a escribir todo lo que sabía, rápido, antes de que se me escapara también: la posición de la reina en el círculo, el momento exacto en que Selene aflojaba mi mano, la advertencia de Varek sobre el segundo escalón que nunca llegué a comprobar del todo, la voz de mi madre discutiendo con una figura sin rostro.

Si mi memoria no era confiable, necesitaba una que sí lo fuera.

Pensé en Kestrel antes de terminar la frase en mi cabeza.

Lo encontré donde no esperaba encontrarlo: no en los jardines, no apoyado contra alguna columna con su pose de displicencia estudiada, sino en su propia habitación, con la puerta entreabierta y la cabeza inclinada sobre algo que sostenía con ambas manos.

No toqué antes de entrar. Fue un error, o tal vez la mejor decisión que tomé ese día.

Kestrel se sobresaltó como si lo hubiera atrapado haciendo algo mucho peor que escribir. Cerró de golpe el cuaderno de cuero desgastado que tenía sobre las rodillas y lo empujó bajo la almohada con un movimiento tan rápido que casi pareció casual.

Casi.

—Faelenn. —Su voz salió una octava más alta de lo normal—. Tocar la puerta sigue siendo una opción, ¿sabes?

—¿Qué es eso?

—Nada. —Se puso de pie, interponiéndose entre la cama y yo con una naturalidad forzada—. Poesía mala. Nada que quieras leer, créeme.

Kestrel no escribía poesía. Kestrel apenas soportaba leer los informes oficiales de la guardia sin quejarse en voz alta de cada palabra.

—Enséñamelo.

—Liora.

Usó mi nombre. No Faelenn, con su burla habitual, sino mi nombre completo, suave, casi una súplica.

Eso me detuvo más que cualquier otra cosa que hubiera podido decir.

—Confía en mí —dijo, y por primera vez desde que lo conocía, no sonó como si estuviera bromeando sobre algo serio. Sonó como alguien cargando un peso que llevaba tiempo cargando solo—. Cuando sea el momento, te lo voy a mostrar. Todo. Pero todavía no.

—¿Por qué no?

Dudó. Y en esa duda, alcancé a ver, apenas por un segundo, la esquina de una página bajo la almohada: una fecha escrita en tinta oscura, y debajo, mi propio nombre, repetido tres veces con letra apretada, como si lo hubiera escrito una y otra vez tratando de recordar algo que se negaba a quedarse quieto.

—Porque todavía no confías en la persona correcta —dijo finalmente—. Y hasta que lo hagas, hay cosas que es mejor que no sepas.

Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome con una mezcla de traición y alivio que no supe cómo nombrar.

Porque si Kestrel llevaba un registro de algo que incluía mi nombre repetido, escrito con esa urgencia...

Él también lo sabía.

Todos, al parecer, sabían algo que a mí seguían negándome.

Y no tenía ni idea de cuántas veces más tendría que morir para que alguien, cualquiera, decidiera por fin decírmelo.




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