El bucle de Ilvara

Capítulo 7: El mapa del día

Esta vez, antes de que Selene tocara la puerta, ya estaba vestida.

Fue un cambio pequeño, casi ridículo en su simpleza, pero necesitaba saber si el día notaba la diferencia. Si el bucle era una obra de teatro con un guion fijo, o si en algún lugar, alguien, algo estaba prestando atención a lo que yo hacía distinto.

Selene tocó de todos modos, en el mismo momento exacto, con la misma broma sobre el lobo.

—Ya estoy lista —dije, abriendo la puerta antes de que terminara de hablar.

Se detuvo, sorprendida por medio segundo, antes de recomponer la sonrisa.

—Qué eficiente hoy.

Un cambio, anoté mentalmente. Pequeño, pero real.

En el jardín, cuando vi acercarse al mismo sirviente con la misma bandeja de copas, me adelanté.

—Cuidado con la esquina de la fuente —dije, señalando el borde de piedra.

El sirviente me miró extrañado, ajustó el paso, y las copas sobrevivieron.

Kestrel, apoyado en su columna de siempre, levantó una ceja.

—Eso fue... específico.

—Suerte —dije, aunque el corazón me latía con la emoción incómoda de haber cambiado algo, de haber probado que el bucle no era una prisión perfecta.

Varek pasó cerca, sin detenerse, sin mirarme directamente. Pero cuando cruzó a mi lado, dejó caer, en voz tan baja que casi la perdí entre el ruido del jardín:

—Bien hecho.

Nada más. Ningún gesto, ninguna pausa que llamara la atención. Exactamente el tipo de ayuda silenciosa que le había pedido.

Encontré a Selene sola más tarde, bordando junto a una de las ventanas del ala este, la luz de la tarde dorándole el pelo oscuro. Me senté frente a ella, el corazón latiéndome más fuerte de lo que quería admitir.

—Selene, ¿alguna vez has sentido que un día se repite? Como si ya lo hubieras vivido.

Sus manos no dejaron de moverse sobre la tela, pero algo en su ritmo cambió, apenas perceptible, como una nota fuera de tono en una canción conocida.

—Todos los días en esta corte se sienten iguales —dijo, sin levantar la vista—. ¿Por qué lo preguntas?

—Solo curiosidad.

—Mentirosa. —Sonrió, esta vez mirándome, y por un instante volvió a ser solo Selene, mi Selene, la que conocía desde que tenía memoria de tenerla—. Tú nunca preguntas algo "solo por curiosidad". ¿Qué está pasando, Liora?

Quise decírselo todo. Quise, con una desesperación que me sorprendió, contarle cada bucle, cada muerte, cada fragmento de mi madre que había recuperado, porque era Selene, porque llevábamos diez años siendo la una para la otra la persona más segura del mundo.

No lo hice.

—Nada —dije—. Solo cansancio.

Ella asintió, aceptando la mentira con la misma facilidad con la que yo había aceptado la suya.

—Si alguna vez sientes que algo se repite —dijo, volviendo a la costura, con una ligereza que en cualquier otro momento no habría significado nada—, avísame. Se supone que para eso estoy aquí. Para que no tengas que pasar por las cosas dos veces.

Me quedé congelada.

Dos veces.

No había dicho "sola". Había dicho "dos veces".

Cuando levanté la vista para preguntarle qué había querido decir, ya había cambiado de tema, hablando de la tela y del color que mejor le sentaría al vestido del próximo festival, con una naturalidad tan perfecta que empecé a dudar de mí misma otra vez.

¿Lo había dicho de verdad? ¿O mi mente, desesperada por encontrar culpables en cualquier parte, había empezado a inventar patrones donde solo había coincidencias?

No tenía forma de saberlo.

Y esa incertidumbre, me di cuenta esa tarde, dolía casi tanto como cualquier verdad que pudiera encontrar.




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