El bucle de Ilvara

Capítulo 8: El trato de Corwin

Añadí las palabras de Selene a la lista esa misma noche, a la luz de una sola vela: "Dos veces." No fue un descuido de vocabulario.

La hoja ya no alcanzaba. Empezaba a llenar una segunda, con fechas que no eran fechas reales, no tenía forma de contar los días de un calendario que se repetía sobre sí mismo sino números que yo misma había empezado a asignar: Bucle 1, Bucle 2, Bucle 3. Cada uno con su columna de detalles: quién decía qué, quién sabía qué, quién se traicionaba con una palabra de más.

Ya no era solo sospecha flotando en mi pecho. Era un mapa. Incompleto, pero un mapa.

Fui a buscar a Kestrel a la mañana siguiente, al bucle siguiente, me corregí mentalmente, aunque la distinción cada vez se sentía más artificial y lo encontré en los establos, no cepillando caballos como solía hacer Varek, sino de pie, rígido, con los puños cerrados a los costados.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Kestrel.

Se pasó una mano por la cara, un gesto de cansancio que no le había visto antes, ni siquiera en los días más largos de guardia.

—Corwin —dijo al fin—. Vino a "conversar". —Hizo el gesto de comillas en el aire con un desdén amargo—. Sabe que ando escribiendo algo. No sabe qué, pero lo sospecha, y sospechar es suficiente para él.

Se me heló la sangre.

—¿Qué te dijo?

—Que sería una lástima que ciertos... detalles sobre mi degradación volvieran a circular por la corte. Detalles que podrían complicarme la vida, si cierta información no llegara a sus oídos primero.

—Kestrel, lo siento, esto es por mi culpa...

—No. —Su voz cortó la mía, firme por primera vez en toda la conversación—. No le dije nada. Y no se lo voy a decir, aunque tenga que aguantar que remueva mi pasado como si fuera basura de la que hurgar. Tú no tienes que disculparte por lo que él elige hacer.

No me sentí mejor. Pero asentí, porque discutir con Kestrel cuando decidía ser terco era una batalla que ya conocía perdida de antemano.

Encontré a Corwin esa misma tarde, como si me hubiera estado esperando y probablemente así era, apoyado contra una de las columnas del corredor principal con una copa de vino que no bebía, solo sostenía, como un accesorio más de su actuación constante.

—Faelenn. Justo la persona que quería ver.

—Deja en paz a Kestrel.

—Kestrel se metió solo en esto, cuando decidió que valía la pena guardar secretos que no le pertenecen. —Se encogió de hombros, como si el tema ya lo aburriera—. Pero no vine a hablar de él. Vine a ofrecerte algo mejor.

—No quiero nada de ti.

—Quieres saber qué le pasó a tu madre. —Lo dijo con tanta ligereza que por un segundo pensé que había escuchado mal—. Y yo sé algo. No todo. Pero algo real, verificable, que nadie más en esta corte se ha atrevido a decirte.

El aire se me quedó atrapado en el pecho.

—¿Qué quieres a cambio?

—Tu apoyo público. —Sonrió, y esta vez la sonrisa llegó completa a sus ojos, fría y satisfecha—. Casa Vaelith necesita el respaldo de una Faelenn en el consejo del próximo mes. Un gesto simbólico, nada más. Tú apareces a mi lado, dices las palabras correctas, y yo te doy lo que sé.

—¿Y si me niego?

—Entonces sigues sin saber lo que le pasó a tu madre. Y yo sigo teniendo la información. No pierdo nada, Faelenn. Solo tú.

Quise gritarle que no, que no negociaría con la memoria de mi madre como si fuera una pieza más de ajedrez cortesano. Pero la parte de mí que llevaba días armando un mapa desesperado de verdades a medias no pudo evitar preguntarse: ¿y si tenía razón? ¿Y si esa era la única puerta que alguien me ofrecería sin exigirme primero un juramento imposible de cumplir?

—Necesito pensarlo —dije, odiando cada palabra.

—Tómate tu tiempo. —Se apartó de la columna, dejando la copa intacta sobre una repisa cercana—. Pero recuerda, Faelenn: en esta corte, la información tiene fecha de vencimiento. Y no sé cuánto durará mi paciencia.

Se alejó, dejándome con la misma sensación fría que me dejaba siempre: la certeza de que acababa de jugar una partida cuyas reglas solo él conocía por completo.




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