El bucle de Ilvara

Capítulo 9: Lo que ya se nota

—Tienes algo en el pelo —dijo Kestrel, entrecerrando los ojos con una curiosidad que no era su sarcasmo habitual—. Una mecha blanca. Justo ahí.

Me llevé la mano a la sien antes de pensar, palpando el mechón que él señalaba. Se sentía distinto al resto de mi cabello: más fino, casi quebradizo, como si perteneciera a otra persona.

—¿Blanca? —repetí, la voz más aguda de lo que quería.

—Como la nieve. ¿No te la habías notado?

No, no me la había notado. Porque nadie me la había hecho notar antes, en ningún bucle anterior. Este era nuevo. Esto era el bucle cobrándose algo que, por primera vez, no podía esconder ni ignorar.

Corrí a mi habitación con una urgencia que probablemente pareció extraña a cualquiera que me viera pasar. Me planté frente al espejo de mi tocador, el corazón latiéndome contra las costillas.

Mi reflejo me devolvió la mirada, exactamente igual a siempre. El mismo cabello oscuro, sin una sola hebra fuera de lugar.

Ni rastro del mechón blanco.

Toqué mi propia sien de nuevo, sintiendo bajo los dedos la textura innegable, real, del cabello quebradizo que Kestrel había señalado. Y sin embargo, el cristal frente a mí insistía en que no existía.

Claro, pensé, con una risa amarga que no llegó a salir de mi garganta. Los espejos no reflejan lo que el Velo se lleva. Y esto... esto es algo que se está llevando.

No era solo memoria lo que perdía. Era yo misma, pieza por pieza, de una forma que ni siquiera podía verificar con mis propios ojos. Solo podía confiar en lo que los demás me decían que veían.

Y si no podía confiar en mi propio reflejo, ¿en qué más no podría confiar pronto?

No tuve mucho tiempo para procesar el hallazgo antes de que un paje me encontrara con un mensaje formal: la Reina solicitaba mi presencia.

La sala del trono, incluso vacía de la multitud del ritual, conservaba esa frialdad calculada que parecía emanar de la propia Ashwyn más que de la piedra. Me hizo esperar la reverencia justa antes de hablar.

—Faelenn. —Su voz cortó el silencio como siempre, precisa, sin desperdicio—. Me han llegado comentarios de que no te ves del todo bien últimamente. Pálida. Distraída.

—Ha sido una temporada difícil, Majestad.

—Todas las temporadas son difíciles. —Sus ojos, del mismo gris frío que los de Varek pero sin ninguna calidez debajo, me estudiaron con una atención que se sintió como ser diseccionada—. Pero rara vez una Faelenn empieza a mostrar canas antes de los treinta.

El estómago se me cayó.

Ella también lo había notado. Ella también podía verlo, aunque yo misma no pudiera.

—No sé a qué se refiere —mentí, aunque la mano se me fue instintivamente hacia la sien.

—Por supuesto que no. —Algo en su expresión, apenas perceptible, se endureció aún más—. Cuídate, Faelenn. En esta corte, la gente que empieza a verse... distinta, suele atraer el tipo de atención que ninguna familia necesita, especialmente una que ya ha atravesado suficiente escándalo.

No era una amenaza directa. Era peor: era un recordatorio, envuelto en cortesía, de exactamente cuánto peso llevaba mi apellido, y cuán poco margen de error me quedaba.

Salí de la sala del trono con las piernas temblando, la mano todavía sobre el mechón que nadie más que yo parecía poder ver.

Por primera vez desde que todo esto había empezado, entendí que el bucle no solo amenazaba con borrarme.

También me estaba exponiendo, capa por capa, frente a los ojos de la única persona en Ilvara que tenía el poder de decidir qué hacer conmigo si decidía que ya no valía la pena protegerme.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.