El bucle de Ilvara

Capítulo 10: Casa Faelenn

Casa Faelenn ya no se parecía a un hogar.

Las enredaderas habían tomado la fachada de piedra gris, trepando por las ventanas selladas como si la naturaleza misma intentara borrar lo que quedaba de mi familia. Nadie vivía aquí desde hacía años, salvo la vieja Maren, la única sirvienta que se había negado a abandonar la propiedad cuando el resto de la servidumbre se dispersó hacia casas más prósperas.

Me abrió la puerta con una sorpresa que rápidamente se convirtió en algo parecido a las lágrimas contenidas.

—Señorita Liora. —Su voz tembló—. Ha pasado tanto tiempo.

—Necesito ver el cuarto de mi madre —dije, sin preámbulos, porque no confiaba en mí misma para mantener la compostura si me detenía a hablar de nada más.

Maren no preguntó por qué. Solo asintió y me guió por pasillos que olían a polvo y a cera vieja, hasta una puerta al final del ala este que nadie parecía haber abierto en mucho tiempo.

El cuarto de mi madre estaba congelado en el tiempo: una cama sin deshacer, un tocador cubierto por una fina capa de polvo, cortinas de un dorado desgastado que reconocí de inmediato, con un escalofrío, del fragmento que había visto en los establos con Varek.

Las mismas cortinas.

Me acerqué al tocador casi sin darme cuenta de que me movía. Entre los frascos vacíos de perfume y los cepillos olvidados, encontré una pequeña caja de madera tallada, cerrada con un broche de plata deslustrado.

Adentro, envuelto en un pañuelo de seda que alguna vez había sido azul, había un colgante: una piedra oscura, casi negra, engarzada en plata, con un grabado tan pequeño que tuve que acercarlo a la luz de la ventana para distinguirlo. Un símbolo que no reconocí, similar a los que había visto tallados en las puertas del Archivo del Velo.

En el instante en que mis dedos se cerraron sobre la piedra, el cuarto se disolvió a mi alrededor.

Esta vez, el recuerdo llegó con una nitidez que no había tenido ninguno de los anteriores.

Estaba en el mismo cuarto, el mismo tocador, las mismas cortinas doradas, pero mi madre estaba de pie frente a la ventana, con este mismo colgante en la mano, extendiéndoselo a la figura de rostro borroso.

—Llévalo al Archivo —decía, la voz quebrada por la urgencia—. Esta noche, antes de que él lo note. Si algo me pasa, alguien tiene que saber dónde buscar.

La figura tomó el colgante, sus manos, al menos, perfectamente nítidas: manos jóvenes, sin anillos, con una cicatriz delgada cruzando el dorso de la izquierda.

—¿Y si te equivocas? —preguntó la figura, la voz distorsionada, imposible de identificar—. ¿Y si esto la destruye a ella también?

—Entonces al menos habrá muerto sabiendo la verdad. —Mi madre cerró los dedos de la figura alrededor del colgante—. Eso es más de lo que yo tuve.

El recuerdo se rompió, dejándome de rodillas en el suelo polvoriento del cuarto, con el colgante todavía apretado en el puño y las mejillas húmedas sin que me hubiera dado cuenta de haber llorado.

El Archivo.

No una idea vaga, no una sospecha. Un lugar concreto, mencionado por mi propia madre, con instrucciones específicas de qué hacer si algo le pasaba.

Alguien, hacía años, había llevado este colgante o lo que fuera que representara al Archivo del Velo. Y si ese alguien todavía estaba vivo, todavía en la corte, esa cicatriz en el dorso de la mano izquierda sería la única pista real que tenía para encontrarlo.

Cerré la mano sobre el colgante con una determinación que no había sentido en ningún bucle anterior. Necesitaba entrar al Archivo del Velo. Y solo conocía a una persona con el juramento necesario para abrir esa puerta.




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