Encontré a Varek en su puesto habitual cerca del Archivo, el colgante todavía caliente en mi puño cerrado, la determinación de la tarde entera concentrada en una sola petición.
—Necesito entrar —dije, sin rodeos—. Al Archivo. Ahora.
Su expresión, normalmente tan controlada, se tensó de inmediato.
—Sabes que no puedo.
—Sé que el juramento te impide hablar de ciertas cosas. No sé si te impide abrir una puerta.
Se quedó en silencio, mirando el colgante en mi mano con una atención que no me gustó, como si reconociera algo en él que no quería reconocer.
—¿De dónde sacaste eso?
—De mi madre. De un recuerdo, en realidad. Ella le dio esto a alguien, hace años, y le dijo que lo llevara al Archivo, que si algo le pasaba, alguien tendría que saber dónde buscar. Di un paso hacia él. Varek, por favor. No te estoy pidiendo que rompas el juramento hablando. Te estoy pidiendo que me abras una puerta.
Cerró los ojos un momento, como si estuviera librando una batalla que yo no podía ver del todo.
—El juramento no distingue entre palabras y acciones, Liora.
Fue la primera vez que dijo mi nombre. No Faelenn. Liora. Y algo en la forma en que lo dijo, suave, casi como una disculpa anticipada, me dijo todo lo que necesitaba saber sobre lo que estaba a punto de intentar de todos modos.
—No lo hagas si te va a...
—Ya lo decidí. —Se acercó a la puerta sellada, colocando la palma abierta contra la piedra fría, murmurando algo en un idioma antiguo que no reconocí.
La piedra bajo su mano empezó a brillar, un tenue azul que se extendió como raíces desde su palma hacia el resto de la puerta.
Y entonces gritó.
No un grito largo, sino uno corto, contenido, mordido entre los dientes como si intentara desesperadamente no hacer ruido. Cayó de rodillas, la mano todavía pegada a la piedra como si no pudiera despegarla, un hilo de sangre escapándole de la nariz, de las comisuras de los ojos, oscuro contra su piel pálida.
—¡Varek! —Corrí hacia él, tirando de su mano lejos de la puerta con toda la fuerza que tenía. Se despegó con un sonido húmedo que no quiero recordar, y cayó hacia adelante, hacia mí, su peso completo contra mi pecho.
Lo sostuve como pude, arrodillada en el suelo de piedra fría del corredor, sus manos manchadas de sangre aferrándose a mi ropa como si fuera lo único en el mundo.
—Idiota —susurré, con la voz quebrada—. ¿Por qué hiciste eso?
—Porque me lo pediste. —Su voz salió débil, pero con una claridad que no dejaba espacio para dudas—. Y porque llevo... llevo tanto tiempo sin poder darte nada de lo que necesitas, que cuando por fin pude intentarlo, no me importó el precio.
Le limpié la sangre de la cara con la manga de mi vestido, sin que me importara arruinarlo, mis manos temblando casi tanto como las suyas.
—No vuelvas a hacer esto. Prométemelo.
—No puedo prometerte eso. —Levantó la mano, todavía temblorosa, y la puso sobre la mía, deteniéndome a mitad de un gesto—. No cuando se trata de ti.
Nos quedamos así, demasiado cerca, su respiración todavía irregular contra mi mejilla, el espacio entre nosotros reduciéndose sin que ninguno de los dos decidiera moverlo conscientemente. Sentí su pulso bajo mis dedos, rápido, vivo, y por un momento absurdo pensé que iba a inclinarme esos últimos centímetros que nos separaban.
Él se apartó primero.
—La puerta no se abrió —dijo, con la voz todavía rota pero ya intentando sonar profesional, como si eso pudiera borrar lo que acababa de pasar entre nosotros—. Necesito... necesito más tiempo. O una forma distinta.
—Varek...
—No esta noche, Liora. —Se puso de pie, tambaleándose, rechazando mi ayuda con un gesto casi violento, como si tocarme de nuevo fuera más peligroso que la sangre que todavía le manchaba la cara—. Por favor. No esta noche.
Se alejó por el corredor, dejándome sola frente a la puerta sellada, con el colgante todavía en el puño y el corazón latiendome por razones que ya no tenían nada que ver con el misterio que intentaba resolver.
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Editado: 03.08.2026