Todavía tenía la manga manchada de la sangre de Varek cuando Corwin me encontró, como si hubiera estado esperando el momento exacto en que estuviera más vulnerable.
—Faelenn. —Su mirada bajó a la mancha oscura en mi manga antes de subir de nuevo a mi cara, y algo en su expresión se volvió, por un instante, genuinamente curioso—. ¿Mala noche?
—No es asunto tuyo.
—Todo en esta corte es asunto de todos, tarde o temprano. —Se apoyó contra la pared junto a mí, con esa displicencia calculada que ya había aprendido a reconocer como una máscara—. ¿Ya pensaste en mi oferta?
—Todavía no.
—Bien. Tómate tu tiempo. —Hizo una pausa, estudiándome con una atención que no me gustó—. Pero te voy a dar algo gratis. Un gesto de buena fe, para que veas que no soy el único mentiroso de esta corte.
El corazón se me aceleró a pesar de mí misma.
—No quiero tus favores.
—No es un favor. Es información. —Bajó la voz, acercándose un poco más—. La noche que tu madre desapareció, alguien vio al guardián del Velo cerca de los Jardines del Solsticio, mucho antes del amanecer. Con las manos manchadas de algo que no era barro.
El mundo se detuvo por un segundo.
—Mientes.
—No tengo por qué mentirte sobre esto, Faelenn. No me beneficia en nada, salvo que confíes un poco menos en la gente equivocada. —Se encogió de hombros, con una ligereza que hacía que sus palabras sonaran aún más venenosas—. Solo pensé que deberías saberlo, antes de seguir confiando tanto en alguien que quizás no se merece esa confianza.
—¿Cómo sabes esto?
—Tengo mis fuentes. Mi familia siempre las ha tenido. —Sonrió, aunque esta vez la sonrisa no llegó del todo a sus ojos—. Piensa en lo que te dije. Y piensa también en mi oferta. Las dos cosas podrían resolverse al mismo tiempo, si decidieras confiar en la persona correcta.
Se alejó, dejándome con la mancha de sangre en la manga y una nueva, horrible duda instalándose en el pecho junto a la anterior.
¿Manos manchadas de qué? ¿De sangre? ¿De algo peor?
Pensé en Varek arrodillado frente a la puerta del Archivo, la sangre escapándole de la nariz, de los ojos, el precio que había pagado por intentar ayudarme. Pensé en su voz diciendo mi nombre por primera vez, suave, como una disculpa anticipada.
¿Una disculpa por qué, exactamente?
No sabía si Corwin decía la verdad. No sabía si esperaba que yo dejara de confiar en Varek para empujarme más rápido hacia su propio trato, o si genuinamente creía que me estaba haciendo un favor, o si simplemente disfrutaba viendo cómo la duda se extendía por la corte como una enfermedad que él mismo alimentaba.
Lo único que sabía con certeza era que ya no podía mirar a Varek de la misma forma que lo había mirado unas horas antes, con su sangre todavía secándose en mi manga y sus manos, ahora que lo pensaba, ahora que no podía dejar de pensarlo, perfectamente capaces de mancharse de cualquier cosa que un juramento le exigiera.
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Editado: 03.08.2026