Elegí el momento con cuidado, la tarde tranquila antes del banquete, cuando Selene y yo solíamos sentarnos juntas a repasar los detalles del vestuario para el ritual, una costumbre tan vieja que ya ni siquiera la pensábamos, solo la vivíamos.
—Tuve un sueño raro anoche —dije, con el tono más casual que pude fabricar, mientras ella ajustaba el dobladillo de mi vestido con alfileres—. Sentía frío en la garganta. Como si algo me cortara la respiración desde adentro.
Sus dedos se detuvieron sobre la tela. Solo un instante. Pero lo vi.
—Qué sueño más específico —dijo, sin levantar la vista, retomando el trabajo con una concentración exagerada—. ¿Comiste algo raro?
—No lo sé. Se sintió real. —La observé con atención, cada músculo de su cara, cada parpadeo—. Como si ya lo hubiera sentido antes.
—Los sueños hacen eso a veces. —Su voz sonaba ligera, casi demasiado ligera, como una cuerda tensada al límite—. Se sienten familiares aunque no signifiquen nada.
—¿Tú también tienes sueños así?
—¿Por qué me preguntas eso?
—Porque llevas semanas comportándote raro. —Las palabras salieron más filosas de lo que había planeado, la frustración acumulada de días finalmente encontrando una grieta por donde escapar—. Porque sabes cosas que no deberías saber, Selene. El jarrón. Lo de "dos veces". Y ahora esto.
Se puso de pie de golpe, los alfileres cayendo al suelo entre nosotras como pequeñas agujas de plata.
—¿Me estás acusando de algo?
—Te estoy preguntando qué me estás ocultando.
—Nada. —Pero su voz se quebró en la palabra, apenas, lo suficiente para que ambas lo notáramos—. No te oculto nada, Liora. Llevo diez años a tu lado. Diez años cuidándote, protegiéndote de esta corte que te devoraría viva si yo no estuviera ahí para interponerme. ¿Y así es como me lo agradeces? ¿Interrogándome como si fuera una sospechosa?
—No dije que fueras sospechosa de nada.
—No hacía falta que lo dijeras. —Sus ojos brillaban, húmedos, y no supe si de rabia o de algo más profundo, más parecido al miedo—. Te conozco, Liora. Sé cuándo estás construyendo un caso contra alguien. Y me duele, más de lo que te imaginas, que ese alguien sea yo.
Quise disculparme. Quise, con la misma desesperación de siempre, retroceder y decirle que tenía razón, que estaba imaginando cosas, que el miedo me estaba volviendo paranoica.
Pero pensé en el frío de mi garganta. En el jarrón. En dos veces.
—Entonces dime la verdad —dije, en cambio, con la voz temblando pero firme—. Dime que no sabes nada de lo que me está pasando. Mírame a los ojos y dímelo.
El silencio que siguió duró demasiado.
—No puedo creer que dudes de mí —dijo finalmente, y se dio la vuelta antes de que yo pudiera ver del todo su cara, antes de que yo pudiera decidir si lo que había visto era dolor genuino o algo mucho más parecido a la culpa—. Cuando estés lista para disculparte, sabes dónde encontrarme.
Salió de la habitación sin mirar atrás, dejándome sola entre los alfileres esparcidos por el suelo y una certeza fría y nueva instalándose donde antes sólo había habido sospecha.
No me había respondido.
No había dicho que no sabía nada.
Solo se había ido.
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Editado: 03.08.2026