El bucle de Ilvara

Capítulo 14: El número

Encontré a Kestrel donde siempre lo encontraba cuando el mundo se volvía insoportable, apoyado contra su columna favorita, esta vez con dos tazas de algo caliente que olía a canela, como si hubiera sabido, de alguna forma, que las iba a necesitar.

—Me peleé con Selene —dije, sin preámbulos, aceptando la taza que me ofrecía.

—Lo sé. Toda la corte lo sabe. Los alfileres en el suelo fueron un detalle dramático particularmente efectivo.

A pesar de todo, casi sonreí.

—No es gracioso.

—No, no lo es. —Su tono cambió, la burla habitual cediendo a algo más suave—. ¿Estás bien?

—No. —La palabra salió más honesta de lo que había planeado—. No estoy bien, Kestrel. Nada de esto está bien. Varek sangró por mí y casi no puedo mirarlo a la cara ahora por algo que Corwin me dijo que puede o no ser verdad. Selene se fue sin negar nada. Y tú... —Lo miré directamente—. Tú llevas semanas escribiendo algo que tiene mi nombre repetido como si fuera una plegaria desesperada.

Se quedó en silencio, la taza olvidada entre las manos.

—Necesito el número, Kestrel. Ya no puedo seguir sin saberlo. ¿Cuántas veces? ¿Cuántos bucles llevo?

—Liora...

—Por favor. —La voz se me quebró, y no intenté disimularlo—. Ya perdí una carta que ni siquiera recuerdo haber escrito. Ya tengo un mechón blanco que no puedo ver en el espejo. Ya perdí a mi mejor amiga esta tarde, quizás para siempre. Necesito saber cuánto más he perdido sin darme cuenta.

Algo en su expresión se derrumbó, la resistencia de semanas cediendo de golpe ante lo que sea que hubiera visto en mi cara.

—No te voy a mostrar el diario —dijo finalmente—. Todavía no. Pero te voy a dar el número, porque creo que mereces saberlo, aunque yo crea que es un error decírtelo.

Contuve la respiración.

—Cuarenta y siete.

Las palabras no tuvieron sentido al principio, como si mi mente se negara a procesarlas.

—¿Qué?

—Cuarenta y siete bucles, Liora. Los que yo he podido contar, al menos, desde que empecé a notar los patrones. —Su voz sonaba tan cansada como se veía, de pronto, como si él también cargara el peso de cada uno de esos números—. Tú crees que llevas... ¿qué, cinco? ¿Seis?

Asentí, apenas, incapaz de formar palabras.

—Has vivido y muerto muchas más veces de las que recuerdas. La mayoría de esos bucles no dejaron ninguna huella en tu memoria. Ni siquiera un fragmento. Simplemente... desaparecieron, como si nunca hubieran pasado.

El cuarto pareció encogerse a mi alrededor.

Cuarenta y siete muertes. Cuarenta y siete días vividos y perdidos sin dejar rastro, sin darme siquiera la dignidad de saber que habían existido. ¿Cuántas conversaciones había tenido y olvidado? ¿Cuántas veces había tocado a Varek, había discutido con Selene, había reído con Kestrel, sin que ninguno de esos momentos sobreviviera dentro de mí?

—¿Por qué yo sí recuerdo estos últimos? —logré preguntar, la voz apenas un susurro—. ¿Por qué estos bucles se quedaron y los otros no?

—No lo sé con certeza. —Kestrel dejó su taza a un lado, y por primera vez desde que lo conocía, le vi algo parecido al miedo en los ojos—. Pero tengo una teoría. Y no te va a gustar.

—Dila de todos modos.

—Creo que se quedan los bucles en los que te acercas más a la verdad. Como si el Velo solo te dejara conservar lo que realmente importa. —Hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su voz sonó casi como una advertencia—. Lo cual significa que cada vez que recuerdas algo con claridad, cada vez que un fragmento se queda contigo en vez de desvanecerse, estás más cerca del final.

No supe si eso debía sonar como esperanza o como una sentencia de muerte.

Sospeché, con un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío del corredor, que era ambas cosas a la vez.




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