El
Llevo una hora esperando que llegue, hasta que al fin llego el momento. Me mando su ubicación para que pueda saber donde la dejaron.
Esta hermosa.
Mucho mejor de lo que yo recordaba.
Pero, veo las lágrimas caer sobre sus pómulos. Espero que no haya pasado algo demasiado malo, No quiero que se sienta mal.
—¡Hijo de puta! —me insultó.
—Tranquila, ven. ¿Estas bien?
Las piernas le temblaban, sus ojos estaban repletos de rabia absoluta, ¿Que fue lo que hice?
—No lo estoy, es obvio. Es tu culpa, todo, todo es tu culpa.
No pude evitar darle un abrazo repentino, ella se sorprendió, pero se dejó caer.
El abrazo era reconfortante, aunque me mata escucharla llorar.
Y yo soy la razón.
—Leila... —está algo acelerada —. Ella dijo que estaban saliendo.
Mierda, de nuevo mi instinto de "sentirme aceptado" esta dañando a mi alrededor.
—Si. Estamos saliendo, Abbie.
Algo en mi se rompió al decir eso.
Suspira, sollozando.
Pero no dijo nada más por unos segundos.
—Vámonos. Ayúdame a cargar mis cosas, no estoy de humor para hacerte mostrar cosas obvias.
"Cosas obvias", si fueran tanto, hubiera sido diferente.
—Vivirás en mi casa. Tienes que decirme que te pasa —insistí.
—Llevas coqueteándome y escribiéndome todo este tiempo. Ya van a cumplir cuantos meses y no la respetaste, y nos ilusionaste.
Auch. No puedo decir nada en contra de eso, porque eso es lo que ellas sienten. Reaccione mal, y no es momento para mis excusas.
—Perdón.
No dijo más y entró a la casa, sin más.
Su silencio rompe cada vez mi corazón, pero, si yo hubiera hablado con ella desde el principio, esto no estuviera pasando.
—A veces un perdón no vale de nada —siguió discutiendo.
No la volví a mirar. No es porque no quiera, sino porque me pesa observarla.
¿Que haría Harold si estuviera en mi situación?
No, el no estaría aquí. El si hubiera hecho las cosas bien, y eso me duele. Mucho.
Ella se cruzó de brazos y empezó a andar por toda la casa, como si no la conociera.
—Abbie, mírame.
Mis palabras la sorprendieron, pero obedeció. Su mirada se siente cruda y triste. Y es mi maldita culpa.
—¿Que quieres? ¿Seguir poniendo excusas? —se me cerró la garganta —. ¿Seguir coqueteándome como si no tuvieras novia?
—Quiero decirte que me estas empezando a gustar. Y no se como debo reaccionar a eso.
Sus ojos se vuelven sorprendidos, un poco más abiertos.
Suelta una risa amarga.
—Tienes novia. No puedes jugar con eso —responde molesta.
Lanza un suspiro ahogado en lágrimas.
—No estoy jugando. No se como controlar mas esto, pero estuve con ella porque me hacía sentir aceptado.
—Entonces harás lo mismo conmigo. Solo porque acabo de mostrarme ante ti.
Mierda. Lo estoy dañando cada vez más.
—Abigail. Para, por favor para —insistí —. No te dañaré a ti porque tu si me gustas.
—Dime algo que me haga creer que dices la verdad. Necesito razones para confiar.
—Soy capaz de darte mi secreto más preciado, Abbie. Por favor, cree en mi.
—Hazlo —añade. Su voz cada vez suena más fuerte, lo cual igual me hace sentir mejor, ya que no llora como antes.
Tengo que hacerlo. Es el momento ideal, es lo necesario para que confíe en mi.
—Vladimir —su expresión cambia a confundida —. Ese es mi nombre.
Ella caminó, acercándose un poco más a mi.
—¿Y por qué lo ocultas?
—Soy mitad ucraniano —ella abrió sus ojos como platos —. Harold siempre dijo que tenia que ocultarlo, que todos lo supondrían.
Su respiración volvió a acelerarse, y puso sus manos sobre su boca.
—Este no era el momento, Vladimir. Lo siento, pero eso no hará que cambie de opinión sobre ti.
Se giro.
Pero esta vez yo fui hacia ella y la tomé de los hombros.
—Por favor, te lo pido.
No me dirigió la mirada. Solo quedaba una última cosa por hacer.
Era el único camino que yo veía hacia ella.
Me arrodillé. Ya no pude mirarla, pero tapé mi rostro con mis manos. Esto duele como no imaginé.
—Desde que te conocí, vi algo distinto en ti. Me daba miedo acercarme, tu siempre destacabas, y eras querida por todos. Me daba miedo que hicieras como todos y me obligaras a decirte mi nombre. Podría haberlo hecho, pero sería imposible no meterme en problemas.
Imaginé como ella reaccionaba, sin embargo, no podía saberlo. Sentir como todo mi cuerpo temblaba, mientras mi manos sudaban esperando una respuesta, me lastimaba cada vez más.
—Entonces habla con ella. No la dañes más de lo que ya está, pero tienes que dejar las cosas claras —ordenó antes de ir a su nuevo cuarto.
Recién ahí me volví a levantar. Observar la puerta cerrada, imaginar que ahi está ella, probablemente llorando, me rompe. Fui por algo de agua. Se siente fría, diferente.
Supongo que todo es así cuando te sientes mal.