Ahora era un comerciante, y se debía a la labor de vender todo lo que tenía al primero que pudiera. Pronto olvidó los pasos que lo llevaron a este lugar, y se resignó a caminar por el sinuoso túnel. Había vías de tren bajo sus pies, cosa que tampoco había notado. Estaba tan aturdido, que tampoco notó que el sinuoso túnel llegaba a su fin, ni tampoco el sonido de la bocina que se escuchaba a sus espaldas, con lejanos estruendos.
De esta manera, el comerciante llegó junto a la salida del túnel. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, fue arrastrado lejos de las vías del tren. Justo a tiempo para que, de manera desordenada y precoz, una locomotora pasase de largo. El peso del metal chocando contra el suelo era tanto, que retumbaba el corazón del comerciante. Este observó al tren mientras se iba, aturdido, y con un extraño sentimiento de vértigo.
No deberías atravesarte en su camino– Se escuchó una voz, pertenecía a la persona que lo arrastró lejos. –Esa cosa avanza sin preocuparse por nada, no tiene tiempo de esperarte, solo va adonde tenga que ir–
El comerciante escuchaba e incluso guardaba algo de acuerdo, miró como el tren avanzaba sobre una tierra roja como el atardecer, y se sintió impotente. Pero un momento después, se asombró al notar como el tren se detenía al final. Entre tanto, una persona se asomaba de la cabina del conductor, y extendía su brazo de un lado a otro, tratando de atraer su atención.
¡No puede ser! ¡Quiere que entremos! ¡Aprisa, antes de que cambie de opinión!– Su salvador avanzó sin siquiera darle una segunda mirada, parecía estar presenciando un milagro. El comerciante, sin embargo, no se movió todavía. Realmente quería hacerlo, pero su bolso se había volcado hace un momento, vertiendo toda su mercancía en el suelo. Ahora estaba apurado, quería abordar el tren, pero no podía dejar sus objetos de valor. Después de todo, ¿qué valor tendría sin ellos?
El comerciante recogió todo apresuradamente, con la esperanza de terminar a tiempo para abordar el tren. El conductor del tren seguía instándole a abordar, y el salvador finalmente pudo entrar en un vagón. Entre tanto, el comerciante seguía estirando la mano de un lado a otro recogiendo objetos. Estaba molesto con su bolsa por haberlo traicionado cuando más importaba. Y mientras se quejaba dentro de sí, el tren comenzó a avanzar.
Justo en ese momento solo le quedaba un objeto, un papel rojo. El pobre hombre finalmente lo metió en el bolsillo y salió corriendo tras el tren. La locomotora empezó a moverse de forma lenta, y fue aumentando gradualmente de velocidad hasta dejarlo atrás. Quería alcanzarla, eh intento con todas sus fuerzas, pero no fue suficiente. El maquinista se inclinó decepcionado, desapareciendo junto al tren.
Entre tanto que caminaba, el comerciante comenzó a preguntarse qué debería hacer. Angustiado y con culpa, continúo guiándose por las vías del tren. Seguramente llegaría a alguna parte si las seguía, su destino todavía no estaba escrito.
Al cabo de unas horas, se encontró con un trío de viajeros, y pensó que era conveniente viajar con ellos. Ellos lo recibieron alegremente, y no pasó mucho antes de conocerse mejor. Al final resulta que ellos también perdieron sus trenes y, terminaron vagando por estas tierras rojas como el atardecer. Sintiendo una cierta empatía hacia ellos, el comerciante se relajó un poco durante el trayecto. Pues si había más gente que cometía su mismo error, no debería de ser tan grave a final de cuentas.
En cuanto al motivo de los tres viajeros, uno era doctor de un pequeño pueblo. Su misión era sanar al enfermo y por ello se ataba a la clínica en la que trabajaba. Al final una persona aquejada de cierto mal llegó con él, y terminó por empeorar en sus manos. El médico no tuvo más opción que operar, despreocupándose de todos los demás asuntos. Por su parte, la hora siguió corriendo como si nada, y no le dio tiempo al doctor de tomar el tren. Este se fue, cansado de esperarle.
El segundo era un soldado, cuya misión había terminado. Lo único que le importaba y que tenía valor para él, era tomar ese tren. Pero los enemigos lo habían descubierto, dejándolo sin otra opción que combatirlos. Al final, solo pudo ver al tren partir tras las espaldas de sus enemigos, cansado de esperarle. El tercero era un borracho, un desgraciado contento, se dedicó a beber día y noche, y terminó perdiendo el tren. El cual partió de noche, cansado de esperarle.
Escuchando sus penas, el comerciante no pudo evitar sentirse mejor, pues su falta no se debía a un tercero, como el doctor y el soldado, ni a la desidia, como pasa con el borracho. Su único mal, fue intentar recoger sus objetos de valor, porque sin ellos, ¿Qué valor tendría? Pensamientos aparte, el comerciante intentó venderles su mercancía, pero ambos, el soldado y el doctor la rechazaron. Solo el borracho aceptó el trato, intercambiando con él un reloj de oro, por una botella de whisky.
Entre charla y charla, cayó la noche en la tierra roja, y con ella vino el frío. Un frío tan escalofriante que penetraba en los huesos, y no les dió más opción que buscar refugió del viento. El médico y el soldado armaron una fogata, y el comerciante les prestó su encendedor. El borracho no hizo más que recostarse a beber, estaba tranquilo hasta que el soldado le arrebató whisky para avivar las llamas, entonces lo maldijo de todas las formas posibles.
El comerciante los miró, algo apenado por ellos. Uno de ellos no paraba de lamentarse por darle a su paciente el tiempo que era de su camino, otro, hablaba palabras violentas contra unos enemigos que lo acechaban, y que le impedían volver irse de esta tierra roja. Y luego estaba el borracho, un desgraciado contento. De cierta manera, le tenía envidia a esa actitud suya. Una envidia que se iba tan rápido como pensaba en sus objetos de valor. No podría darlos todos por un par de botellas, después de todo, ¿Qué valor tendría sin ellos?
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Editado: 27.07.2026