El amor y una espada son igual de peligrosos en las manos equivocadas.
Mis padres me enseñaron a ver el amor como algo perfecto. Como un pacto invencible, hecho de miradas cálidas, palabras suaves y manos que nunca soltaban. Era una ilusión tan bella... que terminó por parecerme una mentira demasiado bien contada.
Crecí en una casa donde los gestos de afecto eran tan frecuentes que se volvían rutina. Donde la unión familiar era una ley no escrita y el cariño parecía estar garantizado, como si fuera parte del mobiliario. Pero nadie me enseñó a mirar más allá. A cuestionar si lo que veía era real... o simplemente una máscara bien colocada. Creí que el amor era eso: predecible, constante, cómodo. Como una historia sin giros, sin fisuras, sin peligro. Por eso, cuando el mundo se quebró ante mí, no supe qué hacer con los pedazos. No entendía por qué dolía tanto algo que me habían pintado como perfecto.
La verdad es que nunca conocí el amor. Conocí una versión domesticada de él. Un cuento repetido tantas veces que se convirtió en dogma. Pero la realidad... la realidad es otra cosa. Es afilada. Es cruel. Es fuego disfrazado de promesa.
Y yo, ingenua, me aferré a ese cuento como si fuera armadura.
El reino de Valtoria siempre fue pacífico. Neutral. Los reyes anteriores sabían mantenerse al margen de conflictos, como si los hilos de la guerra jamás pudieran alcanzarnos. Pero eso cambió en cuanto Zarek ascendió al trono de Irkoria. Su ambición no tardó en rozar nuestras fronteras. Quiso invadirnos, tomarnos como si fuésemos suyos. Y logró algo que nadie antes había conseguido: el odio absoluto de Valtoria. Incluyéndome.
Pero no todos los peligros llegan con ejército. Algunos visten de afecto, se pronuncian con voz suave y prometen un refugio.
Mi mundo ha estado construido sobre la idea del amor, pero ahora entiendo que quizás no lo conozco en absoluto. Y que, si quiero sobrevivir, tendré que descubrir qué es realmente... aunque eso signifique destruir todo lo que antes creí sagrado.
Porque a veces, el amor no salva. A veces, el amor hiere. Y a veces, es la espada más letal de todas.