El asunto con el hombre desconocido había concluido. No se lo conté a nadie, tomé la decisión de no hacerlo. Sabía que mencionarlo solo traería preguntas que no estaba dispuesta a responder.
¿Qué hacía en el bosque?
¿Por qué había salido tan temprano de la academia?
Ninguna de esas respuestas eran convenientes para mí. Así que me guardé el recuerdo de aquel encuentro, encerrándolo en mi mente como un objeto peligroso que no debía ser desenterrado.
Ya hacía días que no hablaba con Draven. Ni siquiera lo había visto por ahí. Seguramente estaba ocupado con sus entrenamientos. Ser un próximo guardia real no debía ser fácil.
Sin embargo, una parte de mí no podía evitar preguntarse por qué no me había buscado, aunque fuera para un simple saludo.
Pero hoy, esas preocupaciones debían quedar atrás.
Era domingo por la mañana.
El día de la gran fiesta en el palacio.
El día de la fiesta con Draven.
Mi vestido celeste colgaba de la puerta del armario, impecable, esperando ser usado. Había pasado días asegurándome de que estuviera perfecto, sin una sola arruga o imperfección. Junto a él, mis zapatillas blancas descansaban sobre una pequeña alfombra. Me aseguré de que brillaran bajo la luz del amanecer que se filtraba por la ventana.
Pero aún había un detalle sin resolver.
Mi cabello.
Pasé largos minutos mirándome en el espejo, debatiendo cómo debía llevarlo.
¿Suelto, dejando que las ondas cayeran con naturalidad sobre mis hombros?
¿O en una coleta alta, elegante y ordenada?
Mordí mi labio, incapaz de decidirme.
Aunque en realidad, había un problema mucho mayor que la forma de mi cabello.
El permiso de mis padres.
Sabía que jamás aceptarían que asistiera a un evento donde el rey Zarek estuviera presente. La sola mención de su nombre provocaría un rotundo "no" antes de que pudiera explicarles cualquier otra cosa.
Durante días había intentado idear una solución. Un plan que me permitiera salir sin levantar sospechas. Pero ninguna idea era lo suficientemente buena.
Hasta que, de repente, me golpeó como un relámpago.
—¡Darcy!
Salté de mi cama, sintiendo una oleada de adrenalina recorrerme. No era la idea más ingeniosa, pero sabía que no podía fallar.
Corrí hacia la puerta de mi casa, decidida a buscarla.
Pero apenas la abrí, algo me tomó por sorpresa.
O más bien... alguien.
—¿Ibas a algún lado? —preguntó Darcy con una sonrisa divertida en el rostro.
Por un momento, solo la observé. No podía haber llegado en mejor momento.
Solté una carcajada y le devolví la sonrisa.
—Me leíste la mente.
Antes de que pudiera responder, tomé su muñeca y la arrastré conmigo hacia mi habitación.
—¿Ah? —murmuró, claramente confundida.
Sabía que tenía demasiadas preguntas, pero también me conocía demasiado bien. No dijo nada en el camino, esperando a que se lo explicara todo.
Al llegar a mi habitación, cerré la puerta tras nosotras e hice un gesto para que se sentara en mi cama.
Ella obedeció, aunque su mirada reflejaba una mezcla de curiosidad y sospecha.
Respiré hondo antes de empezar.
—Bueno, ¿recuerdas ese día en el que no fui a la academia?
Darcy asintió sin decir palabra.
Aún no le había contado lo sucedido. No porque no confiara en ella, sino porque los nervios me habían consumido y había preferido callar. Aun así, ella entendía. Siempre lo hacía.
—Fui con Draven a Endelvar —solté de golpe.
Su rostro se torció en una expresión de incredulidad.
—¿Que hiciste qué?
Me encogí de hombros, tratando de mantener la calma.
—Lo sé, fue una locura. Pero no te lo imaginas. Me dio flores, Darcy. Preparó una comida espléndida para mí. Y lo mejor...
Hice una pausa, permitiéndome revivir el recuerdo por un instante.
—El lugar era maravilloso. Se podían apreciar los dos palacios, el de Irkoria y Valtoria.
Una sonrisa se dibujó en mis labios sin que pudiera evitarlo.
Darcy, sin embargo, no parecía tan encantada como yo.
—Y tus padres no lo saben, ¿cierto? —preguntó con tono preocupado.
Ella comprendía mejor que nadie lo estrictos que eran. Y lo peor de todo era que si ellos llegaban a enterarse, no solo sería mi problema.
Darcy también sufriría las consecuencias.
Tragué saliva antes de responder.
—No lo saben.
Ella apretó los labios con nerviosismo.
—Y ese es el próximo punto —continué—. Draven me invitó al baile del palacio esta noche.
Los ojos de Darcy se abrieron de par en par.
Su reacción fue casi idéntica a la que yo tuve al leer la nota de Draven por primera vez.
—Sí, aquel baile del que te he contado —agregué, emocionada—. El baile que solo sé que existe porque lo he leído en libros de historia que no han sido aprobados por el reino. Un baile donde solo invitan a personas importantes como reyes, duques y... guardias reales.
La última palabra la dije con una sonrisa que no pude evitar.
—Draven está a punto de convertirse en un guardia —seguí—. Por lo cual está invitado y... él me invitó a mí.
Darcy entrecerró los ojos.
—Aeliana...
Sabía lo que estaba pensando.
—Sé que suena como una locura —dije rápidamente—. Mis padres jamás aprobarían que estuviera cerca del rey. Pero necesito hacerlo.
La emoción brilló en mi mirada mientras hablaba.
—¿Tendré otra oportunidad para ir a un baile como este? ¿O si dejo a Draven esperando, volverá a hablarme? No creo que la respuesta a esas preguntas sea positiva.
Darcy me miró fijamente por varios segundos.
Hasta que, de pronto, sonrió.
—¿Me prometes que Draven es bueno? ¿Que te protegerá? ¿Incluso del rey?
Asentí sin dudarlo.
Ella suspiró.
—Bien. Le diremos a tus padres que dormirás en mi casa.
Mi corazón dio un brinco de emoción.
Pero su siguiente frase me hizo detenerme.