El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 6

Mis rodillas se sentían débiles, pero obligué a mis pies a moverse.

El murmullo del salón parecía lejano, como si estuviera sumergido bajo el agua. La tela de mi vestido rozaba el suelo mientras avanzaba entre la multitud, que se abría a mi paso como si temieran quedar atrapados en la órbita del rey.

Cada paso se sintió como una sentencia.

Cuando finalmente llegué a la pista, Zarek ya estaba de pie, esperándome. Su presencia parecía más imponente fuera del trono, como si la oscuridad de su abrigo largo absorbiera la luz de las lámparas. Sus ojos, fríos y calculadoras, se posaron en mí con la misma intensidad con la que había inspeccionado a los demás invitados.

No dijo nada. Solo extendiendo una mano.

Mi pulso se aceleró.

Tomar su mano significaba aceptar. Significaba entrar en su juego, fuera cual fuera.

Pero no tenia opción.

Tragué el nudo en mi garganta y coloqué mis dedos sobre los suyos. Su agarre era firme, ni demasiado fuerte ni demasiado suave, pero lo suficiente para que supiera que no me dejaría ir hasta que él lo decidiera.

La orquesta empezó a tocar.

Él me guió con precisión, sus pasos impecables, su postura rígida pero elegante. Era como si la danza fuera una extensión natural de su autoridad. Sentí la presión de su mano en mi cintura, la forma en que su mirada se mantenía fija en la mía, impenetrable, inescrutable.

Mi respiración se volvió errática.

Sabía bailar, pero nunca me había sentido tan consciente de cada movimiento. Cada giro, cada inclinación de mi cuerpo era analizada por él con la misma paciencia con la que un halcón observa a su presa.

El vals continuó, y aunque su expresión no cambió, el peso de su atención me hacía sentir atrapada.

—Tiemblas —murmuró de repente.

Su voz fue un golpe inesperado en el silencio que habíamos mantenido.

No sé qué responder.

Él no presionó por una respuesta. Simplemente me guió a través del último giro de la pieza, y cuando la música terminó, hizo algo que nadie esperaba:

Me soltó.

Sin decir nada más, sin inclinarse en cortesía, sin despedirse.

Se marchó.

Como una sombra que se desvanece.

El salón quedó enmudecido.

Los murmullos tardaron en regresar, como si la gente no supiera cómo reaccionar ante lo que acababan de presenciar.

Yo tampoco lo sabía.

Mis manos temblaban cuando las llevaba a mi pecho, sintiendo el latido desbocado de mi corazón.

Draven me encontró entre la multitud poco después.

—¿Estás bien? —preguntó, pero su tono no era de preocupación, sino de contención. Como si estuviera esforzándose demasiado en sonar tranquilo.

Asentí rápidamente.

—Sí, solo... no me lo esperaba —admití, intentando sonreír.

Draven no sonrió.

Sus ojos estaban oscuros, su mandíbula apretada. Su mano se cerró en un puño antes de relajarse.

—No deberías haber aceptado —su voz era baja, pero no carente de dureza.

—No tenía opción —susurré.

Él no respondió, pero su silencio decía más que cualquier palabra.

El recuerdo del contacto del rey aún ardía en mi piel. Su toque en mi cintura, tan firme, tan inquebrantable, seguía ahí como una quemadura invisible, un recordatorio de que había estado demasiado cerca.

Y sus ojos...

Aún podía verlos en mi mente, anclados en los míos con una intensidad asfixiante. Ojos que no parpadeaban, que no reflejaban ni un atisbo de emoción, como si el alma que habitaba en ellos estuviera hecha de piedra.

Apretando los labios, desvié la vista hacia las jóvenes que nos rodeaban. Sus vestidos resplandecían bajo la luz de las lámparas, sedas y bordados de oro cayendo con una elegancia impecable. Eran hermosas, tan refinadas como el salón mismo, y sin embargo...

De entre todas ellas, él había decidido tomarme a mí.

Había arruinado mi primer baile.

El baile que creí que sería con Draven.

Maldito rey.

Sinvergüenza.

Un roce suave interrumpió mis pensamientos.

Draven.

Su tacto contra mi mano fue como un bálsamo, cálido y reconfortante. Elevé la mirada y me encontré con la suya, esos ojos color avellana que tantas veces me habían hecho suspirar en secreto.

Y aunque el recuerdo del agarre del rey seguía aferrado a mí, el toque de Draven fue suficiente para disipar el frío de mi piel.

Sin decir nada, tiró suavemente de mí.

Lo seguí sin dudarlo.

Nos abrimos paso entre los invitados. Con cada paso que dábamos, sentía las miradas de la multitud ardiendo en mi espalda.

El rey la invitó a bailar.

Y ahora va con otro hombre.

Otro de los juegos del rey...

Los susurros nos siguieron como una sombra.

Pero no nos detuvimos.

Cruzamos las enormes puertas y salimos al balcón, donde el aire helado nos envolvió de golpe. Nada se comparaba con el calor sofocante del salón de baile, donde el perfume y el vino flotaban pesadamente en el ambiente.

Draven se volvió hacia mí, sus manos aún sosteniendo las mías.

—Lo lamento —su voz era un susurro cargado de culpa. Sus dedos pulgares trazaban pequeños círculos sobre mi piel, un gesto que hizo que mi pecho se apretara—. Siento mucho que esto sucediera. Debí decirle yo mismo que no, que eso no pasaría. Pero fui un mísero cobarde. No pude interponerme y...

—Draven —lo interrumpí suavemente.

No podía dejar que se culpara.

No podía escuchar cómo se reprochaba algo que no había sido su culpa.

Sacudí la cabeza y sostuve su mirada.

—No pasa nada. No fue tu culpa. Él lo decidió —dije con firmeza—. Estoy bien. No hizo nada que me dañara. Estoy aquí, contigo.

Pero aunque mis labios pronunciaban esas palabras, mi mente no se callaba.

Los relámpagos en mi cabeza continuaban destellando, cada vez más brillantes.

Sabía que no era un acto de venganza.

Sabía que el rey no conocía a Draven, que apenas había pisado este reino.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

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