Al llegar a casa de Darcy, tomé una pequeña piedra del suelo húmedo y la lancé con suavidad hacia su ventana. Ese era el código que habíamos acordado, la señal silenciosa de que ya estaba aquí. No pasó ni un segundo antes de que la ventana chirriara al abrirse, y su rostro asomara por la rendija.
Sus ojos se agrandaron al verme. Su expresión lo decía todo: no me veía como alguien que acabara de regresar de un baile encantado bajo la luz de la luna.
Y es que no lo había sido. No del todo.
Seguía abrumada por todo lo que había ocurrido en una sola noche.
El baile con el rey.
El beso con Draven.
El encuentro con el rey... otra vez.
Y, como si eso no fuera suficiente, aún no comprendía qué fue lo que desencadenó que nos echaran del baile. ¿Qué había sucedido exactamente? ¿Por qué aquella despedida tan abrupta? ¿Estaría Draven bien? Seguramente sí. Siempre lo estaba. Siempre sabía salir de cualquier situación.
Pero no podía apartar de mi mente las palabras del guardia.
"El rey ha ordenado que se queden los futuros guardias reales. Les ha traído su primer trabajo."
Solo recordarlo me provocaba escalofríos.
Darcy apareció en la puerta principal con su bata de dormir y me hizo una leve seña con la mano para que entrara. Nos movimos en silencio por la casa, descalzas y con pasos livianos, como dos ladronas del invierno, hasta que llegamos a su habitación. Lo último que queríamos era despertar a sus padres. Si llegaban a saber lo que había hecho esta noche, no tardarían en contárselo a los míos. Y entonces... todo estaría perdido.
Apenas cerró la puerta, me miró con los ojos entrecerrados.
—¿Qué te pasó?
—¿De qué hablas? —pregunté, intentando sonar despreocupada. Pero era inútil.
—Estás... despeinada. Pareces haber visto un espectro. Y solo traes uno de tus guantes.
Me giré hacia el espejo. Supe en ese instante que no exageraba. Mi reflejo era el de una joven que acababa de atravesar una tormenta en cuerpo y alma. El cabello suelto y húmedo, una mejilla enrojecida por el viento, las zapatillas cubiertas de barro. Ni siquiera recordaba en qué momento había perdido uno de los guantes.
¿Me vería así cuando estuve en la oficina del rey?
—Fue una noche muy... extraña —murmuré mientras me quitaba el único guante que quedaba. Últimamente muchas de mis cosas desaparecían sin razón. O tal vez no desaparecían... tal vez alguien más se las llevaba.
Darcy se dejó caer en su cama, cruzando los brazos. Ya no había juicio en sus ojos, solo una intensa curiosidad.
—Necesito que me cuentes todo. Todo. Porque algo muy fuerte pasó esta noche, y no solo porque estás de regreso mucho antes de lo que debería terminar un baile real.
El aire de la habitación estaba frío. Solo entonces noté el temblor de mis manos. El vestido, aún empapado, se adhería a mi piel como una segunda sombra.
—Quítate ese vestido, te vas a enfermar —ordenó Darcy con ese tono que usaba solo cuando de verdad se preocupaba—. ¿Acaso el rey los hizo bailar al aire libre? No puedo creer que los tuviera afuera con este frío y la nieve cayendo.
No respondí de inmediato.
Mi mente volvió al balcón.
A la nieve cayendo silenciosa sobre nosotros.
A los labios de Draven sobre los míos.
Mi corazón se aceleró, traicionando mi intento de parecer calmada. Darcy me miró con aún más atención, como si pudiera ver el recuerdo reflejado en mis pupilas.
—Lo que sucede es que...
Y comencé a hablar.
Mientras me deshacía de las pinzas del cabello y lo dejaba caer sobre mis hombros, le conté todo. Desde el inicio hasta el final. El baile con el rey. El beso con Draven. La oficina. Las órdenes. El caos.
Cada recuerdo me traía una emoción distinta. El frío de la nieve aún parecía recorrerme la espalda. El roce de las manos del rey, tan firme. Los labios de Draven, tan conocidos... tan confusos.
Aun así, tal vez todo eso no se repita jamás.
Quizás fue una noche fuera del tiempo. Una excepción.
No pienso volver al palacio.
Y dudo que el rey, con toda su grandeza y su mundo impenetrable, cruce las calles por donde yo camino. Agradecería que el destino no volviera a ponerlo frente a mí.
Estoy segura de que ya ha trazado mi camino. Y en ese camino, solo hay un nombre. Solo un hombre. Draven.
O al menos... eso quiero creer.
Al terminar de cepillar mi cabello, solté un suspiro largo, profundo, como si por fin me permitiera respirar luego de haberle contado a Darcy todo lo que esa noche, casi irreal, había traído consigo.
Ella no decía nada.
Solo me miraba.
Sus ojos, normalmente vivaces, se habían abierto con una mezcla de asombro y desconcierto. Como si intentara procesar una historia demasiado fantástica incluso para ella.
Estaba a punto de pedirle que dijera algo, cualquier cosa, cuando su voz rompió el silencio:
—¿Me estás diciendo que bailaste con el rey... Zarek?
—Y Draven me besó...
—Y fuiste a la oficina del rey, lo encontraste ahí... y no te asesinó.
—Draven me dijo que le gusto...
—Sí, sí, eso está bien. Pero, ¿me estás diciendo que en medio de un baile real, lleno de nobles, el rey te eligió a ti para bailar? ¿La primera pieza? ¡La única pieza que él bailó!
La sonrisa de Darcy se extendió, lenta pero inevitable. Se puso de pie de un salto, y antes de que pudiera evitarlo, me tomó de las manos con emoción desbordada.
—¿Qué sucede? —pregunté, desconcertada por su reacción. No era lo que esperaba... ni remotamente.
—¿Y cómo es que el rey te conoce?
Me solté de su agarre con suavidad y retrocedí unos pasos, dejando el cepillo sobre el tocador con un leve golpe seco.
—No tengo idea... ¿eso importa?
Empecé a jugar con mis dedos, enredándolos entre sí, como solía hacer cada vez que me sentía nerviosa. No me gustaba el rumbo que tomaba esa conversación, y Darcy, como siempre, no dejaba escapar una sola pista.