No había vuelto a ver a Draven desde aquel día en el palacio, y el hueco que había dejado su ausencia parecía hacerse más grande con cada amanecer.
Dos semanas. Catorce días exactos. Y sin embargo, se sentía como si el tiempo se hubiese estancado en el mismo segundo en que lo vi por última vez.
La incertidumbre me estaba consumiendo por dentro. ¿Y si Draven no quería verme más? ¿Y si se había marchado sin decir adiós porque todo había cambiado entre nosotros? ¿O... y si le había sucedido algo allí dentro, en ese lugar que parecía devorar la voluntad de quienes lo pisaban?
No debí dejarlo solo.
La culpa se enredaba en mis pensamientos como espinas invisibles. No importaba lo que hiciera: coser, leer, pasear por el jardín... siempre volvía a lo mismo.
Draven.
El palacio.
El rey.
Ese rey.
Bastaba con pensarlo para que algo ardiera en mi pecho. Un fuego lento, visceral, casi venenoso. Desde su llegada, nada había sido igual. Las estatuas que representaban a los antiguos símbolos de Valtoria habían ido desapareciendo sin aviso. Primero una, luego otra, y ahora, cuando caminabas por el pueblo, no quedaba ni una sola. Como si quisieran borrar quiénes fuimos.
Y los valdríos... nuestra piedra, nuestro orgullo, nuestros colores. Reemplazados por los zeniths, fríos, rígidos, impersonales. Como si los rincones del reino ya no nos pertenecieran. Como si todo Valtoria estuviese cambiando de manos sin que nadie pudiera impedirlo.
Estoy segura de que el único valdrio que aún queda es el que escondí en una caja de madera debajo de mi cama, envuelto en un pañuelo bordado. A veces imaginaba que alguien lo descubría, que los guardias lo encontraban y me arrestaban, arrastrándome a un calabozo frío, húmedo, oscuro... y entonces despertaba empapada en sudor, el corazón golpeando contra mi pecho como si quisiera escapar.
Sin Draven, los días eran todos iguales.
Despertar. Esperar. Recordar.
Darcy solía visitarme de vez en cuando, trayendo noticias de la academia, historias pequeñas de su día a día con Eldric, alguna novedad sobre el pueblo. Pero jamás, ni una sola vez desde aquella noche, volvió a mencionar al rey. Lo había prometido en su habitación, hace dos semanas. Y cumplía su promesa con una disciplina dolorosa.
Me aferraba a esa rutina para no pensar. Pero esa mañana fue diferente.
Unos gritos rompieron el silencio de la calle y me sacaron de mis pensamientos.
Corrí hacia la ventana.
Y lo que vi me dejó sin aliento.
La señora Rowel, mi vecina, estaba en medio de la calle, los cabellos canosos despeinados, la piel temblorosa. Su voz desgarrada resonaba por toda la calle como un lamento de algo que se le arrebataba.
—¡No pueden llevarlo a ese reino! ¡Él no tiene a nadie de ese lado!
A su lado, su nieto Gareth. Alto, flaco, de mirada siempre vivaz. Aunque ahora, esa chispa que lo caracterizaba se había apagado.
Gareth había vuelto.
No lo había visto desde que todo comenzó. Desde las órdenes. Desde aquel cambio abrupto.
Mi alegría fue fugaz.
Porque las palabras de la señora Rowel me helaron.
¿"Ese reino"?
Algo dentro de mí se tensó. Sentí que el aire era demasiado pesado para respirar.
Sin pensarlo, bajé corriendo las escaleras y salí a la calle, el corazón ya golpeando en mi garganta.
—Lina —dijo Gareth apenas me vio. Su voz era baja, como si pesara demasiado.
Nos abrazamos brevemente. Un contacto tibio, necesario. Pero breve.
—¿Qué sucede? —pregunté, con la garganta cerrada y la mente hecha un nudo.
—Lo que sucede es que estos señores quieren llevarse a mi nieto a Irkoria —murmuró la señora Rowel, la voz al borde de quebrarse. Apenas un hilo trémulo de impotencia.
Irkoria.
Mi alma pareció detenerse por un instante.
—Son órdenes del rey, señora. Todo joven que desee unirse a la Guardia Real será trasladado a Irkoria para iniciar su entrenamiento —repitió uno de los guardias, con voz monótona, como quien recita un texto aprendido hasta el cansancio.
¿Entrenamiento? ¿Obligatorio?
—¿Cómo...? —balbuceé, aunque la palabra no salió completa.
No.
No.
No.
Gareth bajó la mirada, como si ya hubiera aceptado una condena.
—Abuela, tengo que hacerlo. Es lo que el rey ordena. No hay más que decir.
—Draven... ¿has visto a Draven? —mi mirada se dirigió instintivamente a su casa, pero las ventanas estaban cerradas, silenciosas. El hogar lucía vacío.
—¿Firestorm? Sí. Se lo llevaron hace ya un rato. Su familia salió a despedirse, pero no hicieron tanto escándalo como lo estamos haciendo ahora. ¿Verdad, abuela?
La señora Rowel no contestó.
Pero cuando su voz volvió a sonar, fue apenas un susurro que parecía desgarrarla por dentro.
—No puedes irte... eres lo único que me queda.
Sus palabras me helaron. Me atravesaron.
No. No podía permitir esto. No podía seguir perdiendo a las personas que amaba. No así.
—Tiene que haber otra forma —dije, con la voz temblorosa, pero firme—. Pueden entrenar aquí, en Valtoria. No tienen que ser llevados a otro reino, lejos de sus familias, de sus hogares.
—Lo siento, señorita —repitió el guardia, casi como una burla—. Son órdenes directas del rey.
El rey.
El rey.
El rey.
El rey.
Su nombre golpeaba dentro de mi mente como un tambor incesante. Como un hechizo maldito.
El rey.
El rey.
El rey.
Mi sangre hervía. Mis manos temblaban. Sentí la necesidad urgente de gritar, de romper algo, de correr al castillo y... ¿y qué? ¿Hacerle frente?
Y entonces uno de los guardias, el que estaba más atrás, habló.
—Si no le parece, puede ir usted misma a decírselo al rey —dijo con una sonrisa apenas dibujada. Una provocación. Una trampa.
Sabía lo que hacía. Me desafiaba. Me menospreciaba. Quería que me sintiera pequeña.