El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 9

Pasaron tres días desde aquella humillación. Desde que crucé sola el umbral del salón del trono y lo dejé atrás... junto con mi orgullo. Nadie me siguió. Nadie me gritó. Ni siquiera una advertencia por haberme escabullido. Solo el eco de mis propios pasos resonando por los pasillos del palacio, y luego... silencio.

Un silencio tan absoluto que dolía.

Ni una nota de Thamir.

Ni un mensaje de los guardias.

Ni una sola palabra del rey.

Pero en mi pecho algo murmuraba que aquello no había sido el final. Que ese cierre tan brusco y seco no era un verdadero cierre.

Me había jurado a mí misma no volver a ese lugar. No pisar de nuevo los pasillos que presenciaron cómo el rey Zarek aplastaba mis súplicas como si fueran migas bajo su bota. Y sin embargo, cada noche, bajo las cobijas heladas de mi cama, mis pensamientos regresaban allí. A ese salón, a esa conversación. A sus ojos tan fríos como acero, diciéndome con una voz inquebrantable:

"No te he arrebatado nada. La vida no ha querido que suceda así."

Maldito rey.

Maldita vida.

Maldito todo.

Pero lo peor de todo era que... una parte de mí temía que tuviera razón.

La impotencia me desbordaba como agua estancada a punto de romper la presa. No me dejaron despedirme. No tuve oportunidad de sostenerle la mano. No hubo un último abrazo. No existió siquiera un "cuídate". Mucho menos un "volveré".

Y quizá lo que más me destrozaba era esa posibilidad latente: que no fuera pronto. Que tal vez fuera nunca.

Mi pecho dolía. No con nostalgia, no con tristeza simple. Dolía como si estuviera siendo arrancado desde adentro, como si mi corazón hubiera sido reemplazado por un puñado de cenizas.

Su beso seguía ahí, como una cicatriz que no sanaba. Una quemadura profunda que ardía con tan solo recordarla.

Draven se había ido.

Y conmigo se había llevado la única parte que me hacía sentir viva.

➶➶➶

—¿Qué es esto?

Mi voz sonó más ronca de lo habitual, como si no me hubiera despertado del todo, pero en realidad llevaba horas sin dormir. La carta llegó temprano, antes de que el sol lograra disipar la neblina que cubría las calles.

Darcy estaba de pie frente a mí, todavía en camisón, con el sobre en la mano como si temiera que algo oscuro escapara de él en cualquier momento. Su ceño fruncido y la línea tensa de sus labios lo decían todo: aquello no era una simple nota de cortesía.

—La dejó un guardia irkoriano —dijo en voz baja, mirándome como si ya intuyera lo que traía dentro—. Le pregunté para qué era... pero no dijo nada. Solo que tú debías abrirla.

Tomé el sobre. El peso del papel era más denso de lo normal. La cera negra del sello aún estaba fresca, ligeramente pegajosa al tacto. En el centro, el emblema de Irkoria: una "I" tallada con una elegancia imperial, rodeada de hojas de laurel sombrías y coronada con aquella corona que le había visto portar al rey.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Era oficial.

Era real.

Me tragué el nudo que se formaba en mi garganta y rompí el sello con un leve crujido. Dentro, una sola hoja. El papel era firme, de textura gruesa, con bordes ligeramente dorados. La tinta era negra como la medianoche, y la caligrafía, pulcra, angulosa, deliberada.

Señorita Ironclad:

Se le solicita su presencia en el palacio real de Valtoria a primera hora del día siguiente. Esta citación no es una orden, pero sí una oportunidad.

Espero que sepa verla como tal.

Atentamente,

Thamir Kalen, Consejero del Rey.

No había más palabras. Nada más. Ninguna explicación, ni amenaza, ni cortesía adicional. Era seca. Limpia. Definitiva.

Mi vista se quedó fija en esa última frase.

"No es una orden, pero sí una oportunidad."

Thamir. No el rey.

Solté un suspiro que no sabía que estaba conteniendo. Por un instante, pensé que sería una orden directa del rey Zarek. Algo más humillante. Tal vez un castigo por haber irrumpido en su salón del trono sin permiso, por haberle gritado, por haber llorado frente a él. Pero no. Era Thamir quien firmaba. Y eso, aunque no disipaba mi inquietud, me permitía respirar... un poco.

Doblé la carta con manos aún temblorosas y la coloqué sobre la mesa.

—¿Vas a ir? —preguntó Darcy, observándome de forma inquisitiva.

—No lo sé.

La verdad era que sí lo sabía. Solo no me atrevía a decirlo en voz alta.

La idea de volver a ese lugar, de enfrentar a ese hombre, me llenaba de un rechazo visceral. Pero también había algo más. Una semilla incómoda que no quería admitir. Un presentimiento.

Me alejé de la mesa y me acerqué a la ventana. Afuera, la bruma comenzaba a disiparse. Las primeras luces del día teñían los tejados con un dorado tímido. Valtoria despertaba, pero en mi pecho, algo seguía dormido, congelado.

Una oportunidad.

¿Una oportunidad de qué?

Me crucé de brazos. Lo lógico sería negarme. No tenía nada que hablar con ellos. No les debía nada. Si algo, ellos me debían explicaciones, una disculpa, justicia. Pero mientras más lo pensaba, más aparecía el rostro de Draven en mi mente. Su mirada. Su voz.

Su ausencia.

Y fue entonces cuando lo supe.

Estaba a punto de salir de la habitación cuando mis pasos se detuvieron. El borde de la carta asomaba sobre la mesa, como si me mirara. Me volví hacia Darcy, quien seguía esperando mi respuesta.

—No pienso ir —dije con seguridad, aunque sonara hueco.

Pero mientras me dirigía hacia la puerta, mi mirada se desvió hacia la esquina de la casa donde guardaba todo lo que sabía de Draven.

¿Y si pudiera convencerlos de dejarlo volver? ¿Y si esta era mi única oportunidad para verlo, para hablar con él?

Me detuve justo antes de tocar el picaporte.

Volví sobre mis pasos. Tomé la carta, la guardé en el bolsillo de mi abrigo.

—¿Entonces sí irás? —preguntó Darcy, casi sin aliento.



#2027 en Fantasía
#5691 en Novela romántica

En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.