El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 10

Había pasado un mes desde aquella reunión. Un mes cargado de nerviosismo, de pensamientos que nacían en la madrugada y se quedaban conmigo hasta el alba.

No le conté nada a mis padres. Tampoco a mis hermanos, ni a nadie en la academia. Solo a Darcy. Ella no estaba del todo de acuerdo. Y yo... yo tampoco.

No desde que prometí que no volvería a acercarme a ese lugar.

Ese lugar cubierto de tragedia, de dolor y de angustia que aún parecía murmurar mi nombre entre sus muros de piedra fría.

Mi vida estudiantil había llegado a su fin. Y con ello, también lo había hecho mi frase favorita del último mes: aún hay tiempo.

Ya no quedaba tiempo.

Prometí volver al palacio justo un día después de terminar todo en la academia. Y ese día había llegado.

Buscaré un trabajo. Algo en lo que sea buena. Mi especialidad.

Esas fueron las palabras que escucharon mis padres antes de que me marchara rumbo al palacio.

No podía contarles todo lo que realmente sucedía. Había dado mi palabra. Sería la mensajera del rey.

Y si mis padres llegaran a saber lo que estaba a punto de hacer... probablemente me encerrarían en mi habitación por los próximos diez años.

Caminé lento. Traté de alargar el trayecto, estirar cada paso. No llegar pronto a ese lugar me parecía perfecto.

Tal vez, incluso, ni siquiera lo vería a él, al rey. El pensamiento me tranquilizaba.

No quería volver a verlo tan pronto, no desde aquel día en que rogué, en que lloré frente a sus ojos implacables.

Solté una carcajada breve, cargada de vergüenza.

Qué vergüenza, Aeliana.

Mi mente viajó hasta el día anterior. Aunque no quisiera admitirlo, las palabras se me atoraban en la garganta, el nerviosismo persistía.

Y, dejando mis temores a un lado, había sido un día hermoso, lleno de risas y de momentos cálidos.

Nos reunimos en mi hogar: mis padres, mis hermanos, Darcy, sus padres y yo.

El padre de Darcy trajo un pastel de chocolate, tan delicioso que aún recordaba el sabor.

Reímos, charlamos, compartimos silencios.

Todo habría sido perfecto si Darcy y yo no cargáramos con ese secreto que solo nos pertenecía a nosotras... y al palacio.

El camino se me hizo corto, como si el destino tuviera prisa por arrastrarme hasta ahí.

Las calles estaban llenas de gente que caminaba sin apuro, siguiendo la rutina diaria.

Pero esa ya no era mi rutina. La academia había quedado atrás. Era distinto. Se sentía ajeno, como el final de un primer libro.

Y aunque quise aplazar mi llegada, aunque soñé con rodear todo el continente para nunca llegar, terminé de nuevo frente a aquel lugar.

Ese lugar que la Aeliana de hace un año nunca habría creído pisar.

Ese lugar al que la Aeliana de hace dos meses prometió no volver.

Pero ahí estaba.

Los guardias custodiaban la gran reja que separaba el pueblo del poder. Firmes, rectos, con el escudo de Irkoria brillando en sus pechos, ninguno con el de Valtoria. Sus miradas parecían serenas, impenetrables.

Me pregunté cómo soportaban portar la armadura bajo el sol o el frío. Siempre con el mismo peso sobre los hombros.

—Buen día. Vengo a... —intenté decir algo, explicar mi presencia. Pero no hizo falta.

El guardia central se hizo a un lado con una precisión casi perfecta, como si conociera de memoria cada uno de sus movimientos.

Hice una pequeña inclinación de cabeza y crucé el umbral.

Por primera vez, me permití observar lo que me rodeaba.

Los arbustos altos, que parecían dibujar laberintos secretos. Flores de colores vivos asomándose entre el verde brillante. Árboles imponentes, cuidadosamente podados. Y, en el centro, una fuente majestuosa. Blanca, inmensa. Ocho chorros de agua danzaban como hadas al ritmo del canto de las aves. Todo rodeado por pequeños arbustos florecidos con diminutas flores azules.

Era bello. Dolorosamente bello.

Suspiré. Subí cada escalón rumbo a la entrada del palacio. Sentía las piernas pesadas, temblorosas, como si mi cuerpo mismo rogara no seguir avanzando.

En la entrada, dos guardias me observaron y abrieron las puertas de par en par. Volví a inclinar la cabeza antes de entrar.

Dentro, las mismas pinturas. El mismo aire cargado de poder.

Todos parecían moverse con prisa. Algunos me dirigieron una mirada fugaz; otros, ni siquiera eso.

Nadie tenía tiempo para preguntas.

Intenté detener a un hombre mayor, casi calvo, con una barba espesa.

—Discul... —empecé, pero él giró en la siguiente esquina sin siquiera escucharme.

Bien. Seguiría a mis recuerdos.

Recorrí los pasillos largos, fríos, que ya conocía.

Mis dedos se entrelazaban nerviosos, mientras mis ojos recorrían cada rincón, cada cuadro, cada tapiz.

Y entonces vi esa puerta.

La misma donde, hace un mes, mis lágrimas se quedaron como huellas invisibles.

Un recuerdo oscuro me atravesó, como un relámpago en mitad de la tormenta.

No me permití quedarme en él. No podía.

Igual que no me permitía pensar demasiado en Draven.

Dolía. Dolía recordar. Pero aceptar cuánto lo extrañaba dolía todavía más.

Todo aquello se sentía como algo que soñé durante mucho tiempo. Algo que, incluso sabiendo que pasó, parecía un recuerdo difuso, irreal.

Y ahora, alguien me había despertado, rompiendo lo que con tanto esfuerzo construí.

Era como un mal chiste.

Seguí andando hasta quedar frente a la puerta que buscaba.

Donde, hace un mes, hice un trato que me ataba a este lugar.

Golpeé suavemente. Una, dos, tres veces.

Me asaltó el miedo de no tener nada con qué defenderme. Desde que aquel hombre en el bosque me arrebató mi daga.

Maldito.

Esa noche me torturaron mil pensamientos: escenas catastróficas, espadas, engaños, y yo pidiendo perdón desde el suelo.

Pero muy en el fondo, una voz me susurraba que todo estaría bien.



#2027 en Fantasía
#5691 en Novela romántica

En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.