El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 11

Hice todo aquello que me habían ordenado.

Primeramente, regresé a la cocina. Me sorprendió lo acogedor que podía sentirse un lugar tan grande. Ahí se encontraban nuevamente Siria, Coren y Hedra, aún ocupados en preparar más delicias que llenaban el aire de aromas irresistibles: especias dulces, mantequilla, pan recién horneado. La calidez que desprendían sus risas y miradas convertía esa estancia de piedra y fuego en algo mucho más cercano a un hogar.

Probé cada uno de los platillos que me ofrecieron, intentando ser lo más honesta posible con mis impresiones. Se los advertí desde el principio: no soy experta, ni siquiera me considero una persona de paladar refinado. Pero Siria me corrigió enseguida, sonriendo con la naturalidad que solo dan los años de compartir vida y trabajo.

—No buscamos la opinión de un experto, Aeliana —me dijo—. Solo la de alguien que disfrute la comida, que la sienta de verdad.

Y así lo hice. Les conté lo que más me gustaba, qué sabor me sorprendía, qué textura me parecía distinta. Entre plato y plato, el hielo que aún quedaba entre nosotros terminó de romperse.

Me hablaron de su vida con una sinceridad que me conmovió. Siria y Coren eran matrimonio desde hacía diez años, unidos más por la complicidad que por cualquier otro lazo. Decidieron no tener hijos; en sus palabras no había tristeza, sino la tranquilidad de quien sabe que el amor no siempre necesita de más para sentirse completo. Se conocieron cocinando en un restaurante famoso de Irkoria, y mientras lo contaban, sus miradas brillaban de recuerdos compartidos.

Hedra, por su parte, era diferente: solo veinticinco años, con las manos aún suaves pero firmes por su trabajo diario. Me contó que fue criada por su abuela en el campo, aprendiendo a cocinar sobre fogones antiguos y bajo techos de madera que crujían con el viento. Al morir su abuela, Hedra llevó la pena consigo solo hasta el umbral del camino; luego, como me dijo con una sonrisa llena de orgullo, corrió tras sus sueños hasta el corazón de Irkoria, decidida a que su cocina no se quedara olvidada entre campos.

Mientras ellas me hablaban de sus caminos, yo compartí un poco del mío. Les conté de mi familia, que nací y crecí aquí mismo, en el pueblo, siempre como la hermana menor entre tres. Les hablé de Darcy, de su risa contagiosa y de nuestras pequeñas travesuras. Incluso mencioné algo sobre Draven, con voz más baja, diciendo apenas que era "un amigo muy querido". Siria arqueó una ceja, y Coren soltó una risilla que me hizo sonrojar.

No les conté todo, claro. No les dije que siempre me había fascinado montar a caballo, sentir el viento azotar mi rostro y olvidar, aunque fuera por un instante, mis temores.

No les hablé de ese anhelo secreto que me hacía mirar con curiosidad las armas colgadas en las paredes del palacio.

Ni de las veces que, en silencio, soñé con sostener un arco, una daga, incluso una espada, aprender a defenderme por mí misma.

No, esas no eran cosas que se consideraran propias de una chica. Y aunque me dolía guardarlas para mí, el miedo a parecer fuera de lugar era mayor.

Finalmente, la comida terminó. Nos despedimos con promesas de volver a vernos pronto, y yo retomé mis deberes. Ellos siguieron con los suyos, llenando el palacio de aromas que se convertirían, quizá, en recuerdos para otros.

Regresé a mi oficina.

Sí, mía. Todavía me costaba pensar en ella de ese modo. Un espacio que era solo para mí, en un lugar que siempre había visto como ajeno, casi hostil. Resultaba casi gracioso, si recordaba todo lo que había dicho, pensado y sentido contra ese palacio. Y aun así, ahí estaba.

Me senté tras el escritorio y comencé a revisar los papeles que el señor Thamir había dejado. Cada hoja estaba escrita con una caligrafía cuidadosa, y trataba temas que me resultaban más extraños que cualquier historia de los libros que leía en mi casa: informes de cosechas, listados de tributos y reclamos de nobles. Resúmenes del clima y cómo afectó a las siembras, nombres de gremios, aldeas, y hasta pequeñas anotaciones de incidentes ocurridos en la frontera.

Había notas adicionales, algunas marcadas con tinta más oscura:

Casa Eldemar solicitó prórroga del pago, alegando pérdidas por tormentas de primavera.

Gremio de Tejedores pidió reducción del tributo en un 10%; decisión pendiente.

Ingreso extraordinario: 500 zn por multas a contrabandistas de la frontera de Valtoria y Karthenia.

Firmado siempre por Thamir.

Me sorprendió descubrir que todo eso estaba destinado al rey. Imaginé que antes de que yo llegara, era Thamir quien se encargaba de todo, y comprendí un poco mejor la necesidad de contar con alguien más.

En las estanterías, los libros narraban la historia de Irkoria desde sus raíces más antiguas: fundación, linajes reales, guerras, tratados, leyes que habían modelado el reino siglo tras siglo.

Me preguntaba si, al colocar esos libros aquí, pretendían que aprendiera algo más que a escribir cartas... como si quisieran que entendiera, que sintiera que yo también formaba parte de Irkoria.

Tragué en seco. Pensar en eso me provocaba más temor que ilusión.

Aun así, leí durante toda la tarde.

➶➶➶

Cuando terminé el tercer libro, mis ojos estaban cansados y mi espalda, rígida. Me puse de pie y me estiré, intentando aflojar la tensión de mis músculos.

Me permití un respiro. Abrí un poco la ventana de la oficina, dejando que el aire fresco acariciara mi rostro. Inspiré hondo, dejando que mi pecho se llenara de ese aroma limpio a piedra, hojas y flores lejanas.

El jardín trasero se extendía tranquilo bajo el atardecer. Los últimos rayos teñían el cielo de celeste, morado y oro, fundiéndose en un espectáculo silencioso. No se escuchaba el bullicio de mi casa, ni las carretas, ni los gritos de los vendedores. Solo el relinchar de algún caballo, el rumor de las hojas movidas por la brisa y mi propia respiración. Por un instante, me sentí extrañamente en paz.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

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