Fue la primera vez que me di cuenta en lo que me había metido.
No era solo un nuevo trabajo.
No era solo un cambio de rutina.
Era un salto al vacío, sin cuerdas, sin red... y sin certeza de que habría un suelo esperándome abajo.
¿Qué les diría a mis padres? ¿Y a mis hermanos? ¿Qué pensarían de mí cuando cruzara esa puerta por última vez... y no regresara como antes?
Hasta ahora todo había parecido tan sencillo. Lo había planeado con cuidado, como quien arma un pequeño engaño piadoso: diría que había conseguido un empleo modesto, algo que justificara las largas ausencias, las ropas más formales, las miradas cargadas de silencios. Un trabajo discreto. Sin grandes expectativas. Sin necesidad de revelar demasiado.
Pero ahora...
Ahora estaba sentada dentro de una carroza con cortinas bordadas y cojines de terciopelo, escuchando el golpeteo rítmico de las ruedas sobre los adoquines de piedra húmeda. El interior olía a madera pulida y flores secas. Cada tanto, el carruaje se sacudía con un pequeño vaivén que me revolvía el estómago.
Frente a mí, Hildrys y Kelyra, con sus brazos entrelazados, me miraban con una ternura que dolía más que cualquier castigo. Llevaban capas delgadas sobre sus vestidos y una expresión que parecía mezcla de consuelo y compasión.
Y fue en ese preciso instante, con el corazón agrietado y los labios temblorosos, que lo comprendí todo.
—No tenga miedo, señorita —susurró Kelyra, su voz era como un paño húmedo sobre una quemadura abierta.
—El palacio no es tan malo como puede parecer —añadió Hildrys, su sonrisa era pequeña, casi nostálgica—. Siempre hay muchas personas. Jamás se sentirá sola.
Sola.
Qué palabra más falsa. O más cruel.
Habían insistido en acompañarme, con dulzura. Me ayudarían a llevar mis cosas. Me harían compañía. Harían que el camino pareciera más amable de lo que realmente era.
Pero nada podía aliviar la punzada que se me clavaba en el pecho.
Una punzada pequeña. Ardiente. Envenenada.
Quería llorar.
Necesitaba hacerlo.
Pero no podía. Si lo hacía ahora, me quebraría. No tendría el valor de fingir más tarde frente a mi familia. No podría mirar a mis hermanos y asegurarles que todo estaría bien. Que seguiría siendo la misma. Que los amaba igual.
Mentiría por amor.
El carruaje giró y entró en calles que conocía desde que aprendí a caminar. Las mismas esquinas por donde corríamos cuando éramos niños. Las paredes viejas con flores que trepaban como recuerdos. Los mismos olores, los mismos ruidos. Y sin embargo, ya no era mi mundo.
El corazón se me encogió. Sentí que algo se partía, muy dentro de mí, y que jamás podría volver a unirlo.
No respondí a las palabras de consuelo de las doncellas. Solo les regalé la mejor sonrisa que pude construir sobre un rostro que se sentía como una máscara a punto de deshacerse.
Y entonces lo vi.
Mi hogar.
La casa de madera con los escalones que crujían, las ventanas siempre entreabiertas, los faroles colgantes que titilaban con la brisa. Y dentro... las sombras de mi familia, moviéndose de un lado a otro a pesar de la hora tardía.
Mi estómago dio un giro lento, seco.
Tenía que mantener la calma. Respirar hondo. Decirles que estaba bien. Que el trabajo era temporal. Que los visitaría con frecuencia. Que todo seguiría igual.
Que nada cambiaría.
Suspiré profundo, una vez más, y bajé del carruaje.
—Entraré sola. Cuando esté lista, saldré para que me ayuden con mis cosas —dije sin mirarlas.
Ellas asintieron, con los brazos aún entrelazados, como si su unión fuera una armadura invisible contra la tristeza.
Mis pasos temblaban. Evité por completo voltear hacia la casa de Draven. No debía. No podía. Si lo hacía, perdería todo lo que aún me sostenía.
Tomé el pomo de la puerta. Estaba helado. Como mis manos. Como mi alma.
Giré. Empujé con suavidad.
Y entonces llegaron las miradas.
Pesadas. Preocupadas. Inocentes.
—Aeliana —susurró mi madre. Su voz sonaba como si acabara de regresar del borde del abismo.
—¿Por qué llegas tan tarde? —interrumpió mi padre con severidad, colocando una mano firme sobre el hombro de ella—. Apenas dijiste adónde ibas. No sabíamos dónde buscarte.
El corazón me dolió tanto que por un momento pensé que se detendría.
—¿Ya comiste? —preguntó Lysander. Su tono era tan dulce, tan familiar, que me dolió en lo más profundo. Como si una parte de mí quisiera rendirse ahí mismo.
—Sí —murmuré, con una voz que no era mía. Una voz vacía.
—¿Pasó algo? —Lydia me miraba con esos ojos suyos, filosos. Como si pudiera verme entera con un solo parpadeo.
Sí. Todo pasó. Todo cambió.
—Tengo que irme —susurré, apenas capaz de formar palabras.
—Claro, debes estar cansada —intervino mamá. Su tono había cambiado. Su intuición era más rápida que cualquier explicación—. Mañana nos cuentas. Ve a dormir.
Ella ya sabía.
No los detalles. Pero sí la verdad.
Sí el dolor.
—No. Me tengo que mudar —dije. Mi voz se rompió al final. Las lágrimas ardían, peleaban por salir, pero las contuve.
El aire cambió. El ambiente entero se quebró como cristal bajo una piedra.
—¿Tú? ¿Dónde? ¿Con quién?
Un horrible lugar.
—Un hermoso lugar.
Lleno de malas oportunidades.
—Lleno de buenas oportunidades.
Una horrible idea.
—Una muy buena idea.
—¿Qué lugar? —preguntó mi padre con angustia en los ojos.
El infierno.
—El palacio.
El silencio que siguió fue tan absoluto que hasta el reloj de pared pareció detenerse.
—¿Es una broma? —espetó mi padre con un tono que no permitía bromas—. ¿Sabes bien que no puedes jugar con algo así?
—No es una broma —repliqué, alzando la voz por primera vez—. Seré la mensajera del rey. Han confiado en mí... en mi palabra, en quién soy. Solo necesito que ustedes hagan lo mismo.