Zarek
Solté la pluma con un movimiento brusco, dejándola caer sobre el papel aún húmedo de tinta. El golpe fue tan ligero que apenas se escuchó, pero suficiente para que las manchas oscuras se extendieran en el pergamino, arruinando la caligrafía que había mantenido con tanto cuidado. No me importó. Nada me importaba en ese instante.
Mi mente estaba cansada. Yo estaba cansado.
El peso de dos reinos enteros recaía sobre mis hombros, pero ni siquiera la política, ni las guerras, ni los estúpidos reyes que buscaban mi ruina me atormentaban tanto como lo hacía ella.
Sus malditos ojos.
Eran como un veneno que se deslizaba en silencio, corroía mis pensamientos y los volvía suyos. Por más que intentara apartarlos, siempre regresaban, aparecían como un fantasma al acecho.
Cerraba los ojos para encontrar silencio, y ahí estaba ella.
Me sentaba a escribir con la intención de perderme en los asuntos del reino, y su imagen surgía entre las letras como una sombra burlona.
Incluso en la cena, donde debería hallar un mínimo respiro, mi mente la dibujaba sentada frente a mí, con esa mirada desafiante que me taladraba el pecho.
Ella.
Ella.
Ella.
Era como una plaga imposible de erradicar.
Podía fingir que su recuerdo se borraba poco a poco, que su presencia comenzaba a desvanecerse, pero en el instante menos esperado volvía a erguirse en mi memoria, más nítida, más punzante.
Y lo peor... lo peor era que no me disgustaba.
No negaré que disfruto verla temblar bajo mi presencia, que me place la manera en que se muerde los labios, nerviosa, cada vez que la obligo a sostener mi mirada. Ese poder invisible que ejerzo sobre ella es un placer que me niego a admitir.
Una risa baja escapó de mi garganta, grave y contenida. Pero pronto se extinguió, sofocada por mi propio desprecio hacia mí mismo.
¿Qué demonios estaba haciendo?
¿Qué carajo me estaba ocurriendo para que una mujer, una simple muchacha, alterara mi juicio de esta manera?
Aparté la mirada del escritorio y recorrí la habitación, oscuro testigo de mis desvaríos.
¿Qué pensé al decidir adueñarme de este maldito pedazo de tierra?
Y más aún: ¿qué carajo pensaba Thamir cuando decidió traerla aquí, a mi corte?
Un trabajo común, algo simple, hubiera bastado. Pero no, mensajera.
¡Mensajera!
Confiarle mis comunicados, secretos de estado y fragmentos del poder real a la misma persona que me ha dedicado más odio que nadie. ¿Quién fue el imbécil que consideró prudente poner un arma cargada en las manos de quien podría usarla en mi contra? ¿Qué pasará si decide traicionarme? ¿Si decide hundir un puñal en mi espalda?
Y, sin embargo, aquí estamos. Yo, atrapado en este lío. Irkoria. Valtoria. Aeliana.
Tres nombres que retumbaban en mi mente como martillos en una fragua.
Me llevé las manos a las sienes y las froté con fuerza. La presión se acumulaba en mi cabeza, recordándome las interminables idas y vueltas a Irkoria. Cinco viajes en pocos meses. Cinco veces soportando consejos, negociaciones y ese hedor insoportable a política podrida. El cansancio me estaba devorando, y aun así me negaba a ceder, a mezclar lo que nunca debió unirse.
No uniré los reinos. Nunca.
Expandir Irkoria podría parecer una solución tentadora, un atajo hacia el control absoluto. Pero implicaría permitir que los valtorianos caminaran libremente por mis tierras, que sus pies insolentes ensuciaran mi suelo. Eso jamás sucederá. Todos me obedecerán, incluso si lo odian, incluso si me maldicen en susurros. Así como lo hace ella. Ironclad.
Debía dejar de pensar en ella, arrancar de raíz esa inquietante presencia que no me dejaba respirar. Pero ahora, al ser parte de mi corte, la vería aún más, respirando el mismo aire que yo, llenando mis pasillos con sus pasos y su mirada cargada de desprecio.
Si las miradas mataran, ya estaría enterrado a veinte metros bajo tierra.
Me levanté, caminando hasta la puerta blanca que marcaba la línea invisible entre su espacio y el mío. La observé con detenimiento, fría y cerrada bajo llave. Esa puerta nunca se abriría, no mientras ella siguiera odiándome. Y sé que su odio no cambiará. No mientras yo siga siendo quien soy.
Golpeé suavemente la superficie con el dedo índice, un gesto mínimo que me arrancó un suspiro cansado.
No podía creerlo: una simple pueblerina había conseguido robarme la calma.
Seguramente ahora mismo estaría llorando, abrazada a su familia miserable, con esas ropas gastadas y sucias, en una casa a punto de derrumbarse. Esa era su vida. Esa era la vida que la definía.
Chasqueé la lengua con desdén, aunque al instante siguiente mis palabras me traicionaron.
—Esa vida no es digna de ella... —me mordí la lengua, deteniendo lo que estaba a punto de salir de mis labios—. No para una mensajera real.
Mi mensajera real.
Y estando conmigo, no le faltará nada. Comerá hasta saciarse, tendrá cuanto desee, vivirá con un lujo que nunca soñó en esa choza donde creció. Todo a su alcance, todo bajo mi voluntad.
Siempre y cuando permanezca a mi lado.
Siempre y cuando no me traicione.
Porque las traiciones no las perdono.
Nunca las he perdonado.
Y ella... ella no será la excepción.
Aunque su maldita presencia me saque de quicio, aunque me quiebre los nervios y me nuble la razón, sigo sin entender cómo logró infiltrarse tan hondo en mis pensamientos. Esa mujer perdió algo la primera vez que vino a plantarse frente a mí: perdió el respeto. Nadie, absolutamente nadie, entra a mi palacio a confrontarme como si yo fuera un hombre cualquiera. Nadie me habla con el descaro con el que ella lo hizo, como si fuese un soldado de reemplazo, un guardia sin nombre, alguien prescindible.
Pero yo no soy eso.
Soy el rey.
Rey de dos reinos.