Aeliana
Había confrontado al rey.
De nuevo.
El simple recuerdo me revolvía el estómago, como si un enjambre entero se agitara en mis entrañas. Mis manos todavía temblaban, incluso ahora, mucho después de haber dejado su presencia. Y lo peor de todo: él lo notó. Estoy segura de que notó lo nerviosa que estaba, lo torpe que me volví en su mirada, lo quebradiza que parecía frente a él.
Qué humillación.
¿Por qué lo hice?
¿Por qué volví a ponerme frente a Zarek, como si alguna palabra mía pudiera importarle?
Lo que para mí fue un intento de reclamar, de plantar un límite, seguramente para él no fue más que un ruego patético. De nuevo rogándole que me diera una oportunidad de comunicarme con Draven, como si ese fuera mi último respiro, como si dependiera de su misericordia.
Debí parecerle una tonta. Una niña encaprichada. Quise negociar, pero al final terminé aceptando su propuesta inicial: una carta al mes. Una sola carta.
Mis pensamientos eran un campo de batalla. Una guerra entre lo que sentía, lo que quería y lo que debía soportar. No sabía qué hacer, ni hacia dónde huir. Sentía que todo, absolutamente todo, se me estaba yendo de las manos.
Mi familia... mi propia familia había querido venderme como si fuera una pieza de ganado.
Darcy, la única persona con la que podía hablar sin máscaras, pronto se marcharía con su tía, y yo ni siquiera tuve oportunidad de contarle lo que había pasado, que ahora estaba destinada a vivir en el palacio.
Gareth, hacía semanas que no lo veía, y cuando al fin lo encontré, lo perdí otra vez.
Y Draven... él ya no estaba.
Las doncellas me condujeron hasta mi nueva habitación, y por un instante me sentí como una intrusa en un mundo que no me correspondía. Era enorme, demasiado perfecta, demasiado distinta a lo que conocía. Una cama cubierta con sábanas de seda, suaves y frías al tacto. Un tocador dorado que parecía mirarme con burla desde el rincón. El guardarropa era tan amplio que mis pocos vestidos parecerían insignificantes, perdidos en un espacio que no les pertenecía. Un baúl tallado se encontraba a los pies de la cama, y un balcón dejaba entrever la promesa de aire fresco, aunque no tuve fuerza para acercarme. Todo era hermoso, majestuoso... y, sin embargo, no me sentía dueña de nada. Solo quería desaparecer.
Hildrys y Kelyra comenzaron a acomodar las sábanas, a preparar el espacio para que pudiera descansar. Les pedí que no lo hicieran, que no era necesario, pero insistieron, como si su deber fuera mayor que mi voluntad. Me dejaron sentada en una de las sillas, con la maleta aún junto a mí, como el recordatorio de que nada de lo que veía era mío.
Los pensamientos me asaltaron con violencia. Una ola oscura que me nubló la vista hasta el punto de doler.
—Lo siento —murmuré, con la voz quebrada, mientras luchaba por contener las lágrimas—. No hemos tenido la oportunidad de conversar correctamente por mi culpa. Mis pensamientos no me han permitido tratarlas como realmente lo merecen. No soy una noble, ni una princesa, mucho menos una reina. No tienen que tratarme de esta manera. He sido grosera... ni siquiera me presenté formalmente. Las dejé aquí en mi habitación, ordenando mis cosas como si fueran invisibles, y luego les cerré la puerta en la cara cuando quisieron detenerme para que no me metiera en problemas con el rey. Soy... una malagradecida.
Mis ojos se clavaron en la maleta, y de inmediato me invadió el recuerdo de la conversación con Lysander.
"Y muy a tu pesar sabes que nunca servirás más que para criar a un montón de niños de un hombre."
Sus palabras, crueles, se aferraban a mí como espinas.
Las lágrimas finalmente se desbordaron, resbalando por mis mejillas ardientes. Ardían de vergüenza, de impotencia.
Todo se había derrumbado tan rápido. Un instante bastó para perderlo todo: mi casa, mi familia, mi vida como la conocía. Y yo... yo no pude detener nada. No pude luchar.
Hundí mis manos en mi rostro, incapaz de mirarme a mí misma en esa habitación que no era mía, en esa vida que me habían impuesto.
No pude hacer nada.
Sentí dos cuerpos a mis lados, apoyándose apenas, como si temieran quebrarme si lo hacían con más fuerza, y rodeándome con un abrazo tenue.
—No se culpe, señorita —escuché la voz cálida de Hildrys a mi derecha, mientras su mano palmeaba con suavidad mi espalda.
—No es culpa suya —susurró Kelyra a mi izquierda, su tono tan delicado que apenas rozaba mis oídos.
Y entonces ya no pude contenerlo más. Las lágrimas me desbordaron sin piedad, como un río que había sido contenido demasiado tiempo y ahora arrasaba con todo. Empaparon mis mejillas, mi cuello, y cada sollozo arrancaba de mí un peso que había cargado en silencio durante meses... quizá años.
La verdad me golpeó como un puñal: no tenía un hogar. Nadie me esperaría con los brazos abiertos si me echaban del palacio. Todo se había salido de mi control, y la idea de que, en ese mismo instante, el rey pudiera estar conversando con Thamir para decidir mi partida me helaba la sangre.
¿A dónde iría?
No podía regresar a casa. No después de lo que sucedió. Ese puente estaba reducido a cenizas.
No debía desempacar. Mejor mantenerlo todo dentro de la maleta, lista para salir corriendo si me lo ordenaban. Sí, tomar solo lo necesario del día a día, así evitaría la humillación de tener que volver a guardar mis cosas mientras me echaban. Eso sería aún más doloroso que la expulsión en sí.
Las doncellas me convencieron de tomar un baño. Insistieron en que me haría bien, y yo, agotada, accedí. Me guiaron hasta una puerta trasera de la habitación. El cuarto de baño era enorme, silencioso, demasiado perfecto, demasiado vacío. Tan vasto que acentuaba mi soledad.
El agua caliente me envolvió como un abrazo. Un abrazo distinto: uno que no exigía nada de mí, que no pedía explicaciones. Por primera vez en horas, mi cuerpo se relajó, y mi mente se permitió creer, aunque fuese un instante, que todo estaría bien.