Habían pasado casi siete días desde la última vez que vi al rey Zarek.
Siete amaneceres silenciosos en los que su figura había desaparecido por completo, como si la tierra misma se lo hubiese tragado. Ni una sola sombra suya en los pasillos, ni un eco de su voz resonando en los corredores, ni una mención entre los guardias o los consejeros. Solo ausencia. Y el vacío que dejaba tras de sí era más denso de lo que jamás habría admitido.
Mis prácticas se habían cancelado una tras otra, sin explicación alguna. Primero por una reunión inesperada, luego por asuntos del consejo, después... simplemente, silencio. Temía que el rey creyera que era yo quien se rehusaba a continuar, que pensara que había decidido no ceder a su voluntad. Y aunque en otras circunstancias tal vez habría sido cierto, esta vez no lo era.
Esta vez, yo quería hacerlo.
Quería aprender.
Cada día, antes del mediodía, esperaba en vano recibir un recado, una orden, una señal de su parte. Algo que dijera: "Su Majestad requiere su presencia en el campo de entrenamiento." Pero nunca llegaba. Lo único que llegaba era el peso de la espera.
Nadie hablaba de su ausencia. Nadie parecía notarla, o quizás todos fingían no hacerlo. Yo tampoco me atreví a preguntar. Sabía que no me debía ninguna explicación... y que, aunque lo hiciera, no me la daría.
En las horas muertas, mis ojos solían posarse sobre la armadura que me había obsequiado. A veces, la luz del sol se filtraba por la ventana y la hacía brillar como si aún guardara el calor de sus manos. No podía evitar pensar en el significado oculto tras ese regalo. No era solo una prenda de protección... era una promesa silenciosa. O una advertencia.
Mis días se habían vuelto monótonos. Las mismas cartas, los mismos informes, los mismos pasillos vacíos. Almorzar sola en el comedor, pasear entre los jardines sin rumbo, observar cómo el viento jugaba con los pétalos de las flores que ya no olían a nada.
Tanta calma... que empezaba a parecer una trampa.
Una quietud demasiado perfecta, como si el destino aguardara pacientemente a que bajara la guardia antes de lanzarse sobre mí. A veces pensaba que ya empezaba a enloquecer, que el silencio del palacio me estaba devorando por dentro.
Esa tarde, el tedio era tan espeso que podía sentirlo en la piel.
Leía por enésima vez un informe sobre cosechas —palabra tras palabra sin alma— y mi mente empezó a divagar.
Pensé en lo que pasaría si alguna vez ocurriera lo que tanto temía el rey. Si alguien me secuestraba, si intentaban arrancarme la información que él me había confiado.
¿Cuánto resistiría antes de quebrarme?
Probablemente no mucho.
Y aun si lo hicieran, no tenía nada que pudiera servirles realmente. Pensarían que miento, que lo oculto por lealtad... y terminaría muerta antes de poder convencerlos de lo contrario.
A veces, esos pensamientos eran lo único que rompía la monotonía, lo único que mantenía viva una parte de mí que se negaba a apagarse.
Unos golpes suaves en la puerta me sacaron de aquel espiral de ideas. Tres, precisos.
No necesitaba preguntar quién era.
—Adelante, Kelyra —dije, con una sonrisa cansada.
Ella entró con esa expresión suya tan característica: una mezcla entre emoción contenida y nerviosismo. Cuando traía un recado, siempre se le iluminaban los ojos.
—Señorita Aeliana —saludó con una leve inclinación—. Me han enviado a informarle que, después de la comida, el comandante Brennar la estará esperando en el campo de entrenamiento.
Por un segundo, mi respiración se detuvo.
El corazón me dio un salto, como si al fin algo dentro de mí despertara de su letargo.
Por fin.
➶➶➶
Aunque no quería admitirlo del todo, había esperado este día con una impaciencia silenciosa.
Cada amanecer desde su desaparición había sido una espera disfrazada de rutina, una espera que no me atrevía a reconocer ni ante mí misma.
Aquel último encuentro con el rey me había dejado una espina clavada muy hondo, una sensación extraña que no supe definir. No era miedo, ni simple respeto. Era algo más. Algo que me había hecho desear volver a estar frente a él, aunque me negara a aceptarlo.
Pero esta vez no sería el rey quien me entrenaría. Y esa simple idea me brindaba cierta calma... o al menos eso quería creer. Sin su mirada fija en mí, sin esa autoridad tan serena y a la vez tan abrumadora, podría concentrarme mejor. No habría celestes ojos observando cada uno de mis movimientos, ni silencios cargados de significado entre cada palabra.
Sí... sería más fácil.
O, ¿no?
La duda me asaltó con la misma sutileza con la que el viento mecía mi cabello al caminar. ¿Y si no era la presencia del rey lo que me intimidaba, sino la ausencia de él lo que ahora me inquietaba?
Sacudí la cabeza, intentando deshacerme de aquel pensamiento.
El aire de la tarde era fresco, y la armadura que me había obsequiado se sentía sorprendentemente ligera sobre mi cuerpo. Cada pieza encajaba a la perfección, como si hubiese sido forjada para mí y no para alguien más. Podía correr sin miedo a tropezar con la tela de un vestido, sin la sensación constante de fragilidad que me acompañaba en los salones del palacio.
Por primera vez en mucho tiempo, me sentía libre.
Libre y, de algún modo, fuerte.
El camino hacia el campo de entrenamiento estaba casi vacío, apenas custodiado por el sonido de mis pasos sobre la grava. Esta vez no había guardias a mi lado, ni miradas vigilantes siguiéndome. Solo era yo, avanzando entre los pasillos de piedra y el murmullo lejano de las hojas.
En medio de aquel silencio, mi mente, siempre traicionera, regresó al pasado.
A la primera carta que le envié a Draven.