El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 18

La daga era... maravillosa.

Como salida de un libro antiguo, de esos que narran hazañas imposibles. Tan perfecta que parecía irreal, como todo lo que he estado viviendo últimamente.

Su mango era negro, pulido, con detalles dorados que brillaban bajo la tenue luz de mi habitación, formando líneas tan elegantes que daban la impresión de ser runas grabadas con magia antigua. La hoja, al reflejar la luz, devolvía mi rostro con una claridad casi perturbadora.

Me veía a mí misma, despeinada, con los labios resecos y las ojeras marcadas... pero con una expresión que no había visto antes: la de alguien que empieza a sentir poder entre las manos.

Y no hacía falta probarla para saber que estaba afilada. Bastaba con observar cómo el aire parecía dividirse al rozar su filo.

Si el mismo comandante cree que puedo traicionar al rey o asesinarlo, ¿por qué me obsequiaron un arma?

No era una queja, ni siquiera una sospecha, solo una pregunta que me daba vueltas sin cesar, como el eco de las palabras que Brennar había lanzado el día anterior en el campo de entrenamiento.

No había dormido bien.

En realidad, no dormí casi nada.

Cada vez que cerraba los ojos, revivía las caídas, los golpes secos contra la tierra, la respiración agitada del comandante exigiéndome que me levantara una y otra vez.

Hildrys y Kelyra me ayudaron a que los moretones no dolieran tanto. Mezclaron hierbas y ungüentos, envolvieron mis costados con paños húmedos, y aunque agradecí sus intentos, no mejoró demasiado. Tenía marcas por todo el cuerpo, rastros de un entrenamiento que me había dejado el orgullo tan adolorido como las costillas.

Aun así... no podía evitar pensar en lo ansiosa que estaba por el siguiente entrenamiento.

Quizás era locura. O quizás era esa extraña necesidad de demostrar que no era una carga, que podía aprender, que podía merecer el lugar que ocupaba.

El filo de la daga descansaba sobre la mesa, junto a la luz pálida del amanecer que apenas empezaba a colarse por las cortinas.

Aún era temprano.

Demasiado.

Por eso no me molesté en levantarme. Los rayos del sol apenas tocaban el suelo, y el mundo afuera parecía medio dormido todavía. Quise cerrar los ojos y fingir que podía descansar un poco más, aunque mi mente no me lo permitiría.

—¡Arriba! —una voz grave tronó desde el otro lado de la puerta, rompiendo cualquier intento de calma.

Me tapé el rostro con una almohada, reprimiendo un gruñido. Esa voz.

La misma voz que había retumbado en el bosque, gritándome que me levantara del suelo una y otra vez.

—Lo siento, señor, no puede pasar. La señorita Aeliana no se encuentra lista para sus labores del día —escuché la voz de Kelyra, firme, molesta. Siempre tenía ese tono protector que lograba equilibrar su dulzura con una valentía admirable.

—El entrenamiento no respeta horarios. Se hará cuando se tenga que hacer —replicó Brennar. Su tono era tan inflexible que hasta los muros parecieron enderezarse.

Por un segundo, recé —a quien fuera— para que el comandante tuviera algo de sentido común y se marchara. Pero antes de que pudiera siquiera formar un pensamiento completo, la puerta se abrió de golpe.

El impacto resonó por toda la habitación.

Y allí estaba él.

Con su armadura pulcra, los brazos cruzados y esa mirada oscura que parecía no conocer la palabra "amabilidad". Su sola presencia bastaba para llenar el espacio.

A su lado, Kelyra, con el rostro tenso y las manos apretadas en los costados, tan molesta que por un instante creí que le lanzaría una jarra de agua caliente al comandante.

—Le he dicho que... —empezó ella, conteniendo su furia.

—¡Arriba, valtoriana! Hay trabajo que hacer —interrumpió Brennar con voz de trueno.

Me incorporé de golpe, todavía medio dormida y con el corazón acelerado.

—¿Qué haces en mi habitación? —pregunté, incapaz de procesar del todo que aquel hombre estaba parado a los pies de mi cama. Era surreal. Invasivo. Y, por encima de todo, completamente innecesario.

—Salga ahora mismo de la habitación. La señorita Aeliana no está lista —repitió Kelyra, su voz más firme que nunca.

Brennar la observó unos segundos, con un gesto de paciencia fingida, y luego volvió la mirada hacia mí. No dijo nada.

Solo asintió una vez.

Y se dio media vuelta, como si mi habitación fuera un simple pasillo de cuartel.

—Te espero en quince minutos en el campo de entrenamiento —anunció desde la puerta, antes de marcharse con pasos resonantes que desaparecieron en el corredor.

El silencio que dejó fue casi cómico.

Kelyra y yo nos miramos.

No hizo falta hablar. Su expresión lo decía todo: "ese hombre está loco".

Y yo asentí con los ojos aún entrecerrados, pensando lo mismo.

—Quince minutos... —murmuré, dejando caer la cabeza hacia atrás con un suspiro resignado.

Tenía muy poco tiempo para alistarme.

➶➶➶

Me adentré en mi oficina, adolorida. Justo como el día pasado.

Cada músculo de mi cuerpo protestaba con una punzada distinta, como si cada paso fuera un recordatorio de lo lejos que estaba de la comodidad de mi antigua vida.

Mi cabello estaba enredado y lleno de polvo, igual que todo mi cuerpo. Sentía la arena pegada a la piel, mezclada con el sudor seco del entrenamiento. Si me miraba en un espejo, probablemente no reconocería a la muchacha que había salido de su hogar semanas atrás.

El entrenamiento con Brennar no había sido sencillo, y dudo que lo llegue a ser en algún punto. En esas horas había besado más veces el suelo que las que creí que lo haría en toda mi vida. Cada caída era una lección; cada golpe, una palabra muda que mi cuerpo debía aprender. Y como siempre, Brennar no tenía compasión. No la mostraba en su voz ni en su mirada. Era como si en el fondo siguiera creyendo que yo era el mayor peligro para Ikoria, o incluso para el continente entero.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

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