El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 19

El rey estaba de vuelta en el palacio. Lo sabía incluso antes de escucharlo. Se murmuraba por todos los pasillos, y no eran simples rumores: el aire mismo parecía haber cambiado. La calma que había sentido durante su ausencia se había evaporado. Todo se percibía más denso, más vigilado, como si una tormenta silenciosa envolviera cada rincón. Y entonces comprendí, la aparente tranquilidad del palacio no era más que una ilusión sostenida por su ausencia.

Todo eso ocurrió justo después de que Darcy y yo encontramos el pasadizo detrás del librero. Todo encajaba. La puerta de la oficina del rey se había abierto de golpe, un azotón seco y furioso que resonó contra las paredes como un trueno. No nos quedó más que hacer lo mismo, cerrar el estante escondido como si nunca hubiera estado abierto. No sabía a dónde llevaba aquel pasillo oculto. Dudaba que siquiera alguien más supiera de su existencia. Era viejo, antiquísimo, cubierto de polvo y telarañas, como si hubiese estado esperando siglos a ser descubierto.

Darcy y yo nos miramos, inmóviles por unos segundos. El sonido de esa puerta —más que una entrada, una advertencia— todavía vibraba en mis oídos. Al escuchar pasos en la habitación contigua, lo supe, era él. Nadie más se atrevería a entrar ahí sin ser convocado. Podía imaginar su ceño fruncido, su mirada helada, su irritación contenida. Algo había sucedido. Algo grave. Y ese algo tenía a todo el palacio en vilo, temerosos de cometer el más mínimo error.

No podíamos quedarnos ahí. Sabía que la bestia estaba de vuelta, y furiosa. Y una voz desconocida, como la de Darcy, podría desatar algo que ni siquiera imaginábamos. Le hice una seña, llevándome un dedo a los labios. Ella entendió de inmediato y asintió.

No tenía claro si la presencia de Darcy estaba permitida en el palacio, o si era una concesión arriesgada de alguien que aún no se hacía presente. Pero no iba a arriesgarme. Si el rey —o alguno de sus hombres— la encontraba aquí, sin autorización, la tomaría por invasora. Y Darcy, que solo había venido para asegurarse de que yo estaba bien, podría pagar un precio injusto por ello.

El palacio había vuelto a ese caos que recordaba de mis primeros días. Gente corriendo de un lado a otro, sus rostros tensos, sus movimientos urgentes, como si todo dependiera de su precisión. Era fascinante ver cómo todos se esforzaban en mantener la apariencia de perfección cuando lo que realmente los movía era el miedo.

Y ese miedo nos ayudó a pasar desapercibidas. Solo recibimos un breve "buenos días" de una joven de la lavandería que no parecía tener tiempo para más. Tomé a Darcy de la muñeca y tratamos de subir las escaleras con rapidez, intentando llegar a mi habitación antes de que alguien nos viera. Solo faltaba recorrer ese último pasillo. Solo eso.

Mi corazón latía demasiado rápido, impulsado por dos temores, la presencia del rey —un miedo compartido, casi colectivo— y el saber que acababa de revelar algo que, seguramente, debía permanecer oculto. Ese pasadizo... no era para cualquiera.

Estaba a punto de subir el primer peldaño cuando unos pasos resonaron a mi espalda. Eran firmes, pesados. Inconfundibles. El tipo de pasos que no se detenían ante nada. El tipo de pasos que perseguían.

—¡Súbdita! —rugió la voz que más temía y más... quería evitar en ese momento.

Me detuve. Ya no podía huir. Pero no podía permitir que él viera a Darcy.

—Corre —le susurré.

—¿Ese es el rey? —preguntó horrorizada, moviendo la cabeza en todas direcciones como si buscara una salida que no existía. Su rostro palideció.

—Tercera puerta a la izquierda. Llega ahí y no salgas hasta que vuelva —le dije, mientras la empujaba suavemente hacia las escaleras.

Ella dudó solo un instante, pero luego obedeció y desapareció.

Respiré hondo. Las pisadas se acercaban. Me puse recta, tragándome el miedo, endureciendo el rostro. No lo había visto en semanas.

Y ahí estaba. Imponente. Envuelto en esa aura que parecía una armadura de poder. Su corona brillaba bajo la luz tenue. Y esos ojos... maldita sea, esos ojos azules siempre lograban desarmar mi coraje.

—Majestad —dije, haciendo una reverencia, obligándome a levantar la mirada con dignidad.

Él me observó con detenimiento. De pies a cabeza. Como si pudiera ver más allá de mis ropas, de mi piel. Seguro había notado que ocultaba algo. Seguro percibía el temblor en mis dedos.

Sin una palabra, se movió hacia mí. Yo retrocedí instintivamente, pero él no se detuvo. Estábamos demasiado cerca cuando su mano, fría y ergonómica, tomó mi rostro. Me sujetó, firme, con el ceño fruncido, como si tratara de descifrar algo escrito en mis ojos.

Mi corazón dio un salto brutal. No podía moverme. Me aferré al barandal de la escalera, sintiendo los remaches de hierro clavarse en mi espalda.

"Di algo", me ordené. "Haz algo". Pero no pude.

—¿Entrenaste? —susurró. Su voz era baja, apenas un hilo que rozaba mi piel.

Iba a responder, tenía mil palabras atascadas en la garganta. Pero entonces, levantó su otra mano. Su pulgar rozó mi mejilla. Una caricia. No, estaba limpiando, estaba... tocándome. Explorándome. Suavemente. Demasiado suavemente.

Mi rostro ardió. Su mirada seguía concentrada en mis facciones, como si ese gesto fuera cotidiano para él. Pero finalmente alzó la vista, y nuestros ojos quedaron atrapados.

Ese hilo fino, invisible, tiró de nosotros.

Fue él quien cortó la conexión. Se separó de mí bruscamente, dio varios pasos hacia atrás y aspiró hondo, como si por fin pudiera respirar. Se llevó los dedos al cuello de su camisa, tirando con torpeza de él.

—Tenías un poco de tierra en tu mejilla —murmuró, sin mirarme. Esa frase no ocultaba nada. No explicaba nada.

—¿Me buscaba? —pregunté con la voz aún temblorosa.

—Ah... sí. Quería avisarte que estaré en la biblioteca. Necesito el resumen de las últimas semanas —dijo, volviendo al tono protocolario, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de romper mi calma.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

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