El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 20

Tenía un plan.

No uno impulsivo ni desesperado, no uno nacido del miedo o de la necesidad de huir sin mirar atrás. No me refería a un plan donde escaparía y no volvería jamás, como si este lugar no hubiese comenzado a formar parte de mí, para bien o para mal.

Porque nadie me había obligado a permanecer aquí.
Al menos, no de la manera evidente.

Sí, saldría del palacio, pero tenía los minutos contados, cada segundo calculado con precisión. No podía permitirme errores, ni retrasos, ni dudas una vez que cruzara ese pasadizo.

Y no era que tuviese prohibido salir. Técnicamente, podía hacerlo. Pero necesitaba ir acompañada... y odiaba eso con cada parte de mi ser. Odiaba sentir que no podía dar un solo paso sin que alguien respirara sobre mi nuca, vigilando cada uno de mis movimientos como si fuese un objeto frágil o un peligro latente.

Lo había intentado. Solo una vez.

Fue cuando aún quedaban esperanzas de que mi familia me buscara, cuando todavía me aferraba a la idea de que notarían mi ausencia, de que alguien preguntaría por mí. No pude llegar más allá de las casas de los nobles; no me lo permitieron. Dijeron que sería riesgoso, que no era seguro, más aún porque el pueblo todavía no estaba conforme con su rey actual.

Y lo entendía perfectamente. Yo tampoco estaba conforme.

Pero también me quedó claro algo ese día: si el pueblo se enteraba de que yo ahora estaba del "lado" del rey, sería el siguiente blanco de odio. La traidora perfecta. La valtoriana que se mezcló con Irkoria y sobrevivió para contarlo.

Les propuse pasar desapercibida. Cubrirme, mezclarme entre la gente, caminar como una sombra más. Volvieron a negar. Sin dudarlo. Sin escucharme realmente.

Y aun con la mano en el corazón, me negaba a creer que mi familia estuviera bien sin mi presencia. Compartíamos sangre. Me vieron crecer durante diecinueve años. No podía aceptar tan fácilmente que mi ausencia no significara nada, que mi lugar en sus vidas hubiese sido reemplazado con tanta rapidez.

Me aseguré, con un cuidado casi obsesivo, de que el rey no se encontrara más aquí. Tal como dijo, se había ido la noche anterior. Lo noté incluso sin verlo: los guardias bajaron un poco los hombros cuando cruzó la puerta del palacio, como si el aire se hubiese vuelto más ligero al mismo tiempo que él se marchaba.

Y ahora me encontraba, al atardecer, retirando nuevamente el espejo, enfrentándome otra vez al pasadizo oculto. La luz anaranjada del sol moría lentamente en mi habitación mientras yo me preparaba para salir, para cruzar esa frontera invisible entre el palacio y el mundo exterior.

Le hice saber a Hildrys y Kelyra que no me sentía del todo bien, que el cansancio del entrenamiento me había alcanzado, por lo cual dormiría temprano. No vendrían a buscarme. No se preocuparían. Además, no tardaría mucho en regresar.

O al menos, eso esperaba.

Atranqué la puerta con una de las sillas, asegurándome de que nadie pudiera entrar con facilidad. Si alguien quería hablar conmigo, no estaría disponible.

Esta vez, necesitaba estar sola.

Esta vez, el riesgo valía la pena.

Porque no estaba escapando.

Solo estaba reclamando un poco de libertad... aunque fuese prestada.

Tenía puesto un vestido ligero de color verde, liso, sin adornos, elegido con cuidado precisamente por eso: porque no quería llamar mínimamente la atención de nadie. El tono se confundía con las sombras nocturnas y con la vegetación exterior, y sobre él coloqué una capa negra que cubría por completo mis brazos y mi cabeza, ocultándome como una silueta anónima más. Usaba zapatillas planas para no hacer ruido y llevaba el cabello recogido, sin mechones sueltos que pudieran delatarme.

Sobre la pierna, bien sujeta y oculta bajo la tela, descansaba la daga que el rey me había obsequiado. Sentir su peso ahí me daba una seguridad extraña, una mezcla de calma y determinación. No planeaba usarla... pero saber que estaba conmigo me hacía sentir menos vulnerable.

Estaba lista.

Solté un suspiro largo, uno que parecía arrastrar consigo todas las dudas, y di un paso hacia el pasillo. El aire era húmedo, más frío que el de mi habitación, y el espacio reducido hacía que cada sonido se amplificara en mi mente. Aun así, no era tan estrecho como para dificultar el paso; podía avanzar con relativa comodidad.

Tomé el espejo con cuidado y lo volví a colocar contra la pared, asegurándome de que quedara exactamente como antes. Mis ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad, pero agradecí que no fuera absoluta. Era como si una luz diminuta, casi imperceptible, recorriera el pasillo, marcando el camino. No sabía de dónde provenía, pero la seguí, confiando en ella como si fuese una guía silenciosa.

No estaba segura de por dónde saldría. No sabía qué encontraría al final. Pero si ese pasadizo llevaba hacia afuera, entonces ya estaba más que satisfecha.

A cada paso, el viento se hacía más presente. El frío empezaba a acariciar mi piel con mayor insistencia, colándose bajo la capa, y la luz nocturna se volvía más clara al final del pasillo, como una promesa. La oscuridad comenzaba a disiparse, dando paso a un azul profundo, casi plateado.

Aún me rondaba la duda de hacia dónde llevaría el pasillo de mi oficina. Si este conducía al exterior, ¿qué secretos ocultaría el otro? La idea se clavó en mi mente, intrigante, peligrosa. Pero me ocuparía de eso más tarde. Ahora no podía distraerme.

Fue después de caminar unos diez minutos que por fin pude ver la salida con claridad. Mi corazón se aceleró de inmediato. Apuré el paso, cuidando de no tropezar, y entonces lo entendí: había terminado en la salida trasera del palacio. Esa que los guardias no vigilaban demasiado, donde solo hacían rondines ocasionales durante la noche.

Y para la suerte que tenía ese día... se encontraba peligrosamente cerca de los establos.

Mi respiración se detuvo por un segundo.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 01.02.2026

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