Mi espalda dolía, con una punzada constante y cruel, y esta vez no se debía a las caídas en el entrenamiento ni a los golpes mal dados durante la práctica. Era un dolor distinto, más profundo, como si mi cuerpo quisiera advertirme que algo estaba muy mal.
No veía nada. Solo sabía que estaba atada a una silla, completamente inmóvil, con las muñecas tensas y los tobillos ardiendo por la presión de las cuerdas. Junto a un saco áspero que cubría mi cabeza, el mundo era oscuridad y claustrofobia. No podía respirar correctamente, el aire parecía escaso, pesado, y no sabía si se debía al saco que me oprimía el rostro o al miedo que invadía mi cuerpo como un veneno lento.
Mi pecho subía y bajaba de forma errática.
Me empecé a remover en la silla, probando mis fuerzas, haciendo intentos fallidos de liberarme. Las cuerdas no cedían ni un poco; al contrario, parecían hundirse más en mi piel con cada movimiento desesperado.
—Ah, ya despertaste —escuché una voz masculina a mi lado.
El sonido fue suficiente para que el miedo se disparara sin control. Mi estómago se cerró y mis manos comenzaron a temblar aun atadas.
Mi vista se nubló al ver una luz repentina cuando retiraron el saco de mi cabeza. El cambio fue brusco, violento. Parpadeé varias veces, y comencé a toser, llevando el aire a mis pulmones con dificultad, tratando de recuperar la respiración que me había faltado.
Mis ojos ardían.
Cuando empecé a ver mejor, pude observar en qué lugar me encontraba, pero lejos de tranquilizarme, la imagen solo empeoró el punto de vista de la situación. Era una cueva, completamente gris, húmeda, sucia, con paredes irregulares que parecían cerrarse sobre mí. El suelo estaba cubierto de tierra y piedras, y el olor a encierro y metal oxidado impregnaba el aire.
Y como lo supuse, estaba atada a una silla de madera, vieja, áspera, nada cómoda, diseñada para resistir forcejeos.
A mi lado estaba un hombre de unos treinta años. Traía puesta una armadura color cobre, brillante incluso en la penumbra de la cueva, y en el lado derecho de su pecho estaba grabado el escudo que me heló la sangre al reconocerlo.
Karthenia.
Me habían secuestrado guardias reales de Karthenia.
—Suéltame —ordené, obligándome a mantener la voz firme mientras volvía a removerme en mi asiento, aun sabiendo que no lograría nada.
—Claro que lo haremos —sonrió, caminando para pararse frente a mí—. Pero antes queremos hacerte algunas preguntas.
Su sonrisa no era amable. Era calculada, como si ya supiera que yo no tenía escapatoria.
Entrando desde otro hueco del lugar apareció otro hombre, uno mayor al que ya estaba frente a mí. Su presencia imponía aún más que la del primero; caminaba con la seguridad de quien manda, de quien está acostumbrado a obedecer órdenes... y a darlas.
Tragué saliva.
—No es permitido que ninguna persona de Karthenia pise lugares extranjeros —pronuncié la regla con voz firme, aferrándome a ella como si pudiera protegerme—. Es una violación directa a los acuerdos entre reinos.
Ellos seguramente lo sabían. Y aun así, estaban aquí.
Justo como en Irkoria, el rey del reino de Karthenia no era el mejor. Su nombre se pronunciaba en susurros y con resentimiento, y por ello decidieron cerrar las fronteras para cualquier persona proveniente de ese lugar. No eran bienvenidos en ningún reino vecino. Al contrario de Irkoria, ellos no contaban con el poder suficiente para hacer lo contrario, para imponerse, para hacer lo que quisieran en el continente sin pagar consecuencias.
Y aun así, estaban aquí.
—No te trajimos aquí para hablar sobre reglas que ya rigen en nuestro reino —habló el segundo hombre.
Su voz era grave, dura, con un tono que congelaba a cualquiera. No gritaba, no necesitaba hacerlo. Era el tipo de voz que hacía entender que no toleraba errores ni desafíos.
Mi espalda volvió a arder contra la madera de la silla.
—Eres del palacio. Trabajas para el rey Zarek.
Un sudor frío empezó a recorrer mi rostro, bajando por mi sien, por mi cuello, deslizándose lentamente como una advertencia.
No.
No podía pasar esto. No ahora. No justo cuando había roto la única regla que me había marcado el rey con tanta claridad.
Mi mente comenzó a correr desesperadamente, buscando una salida que no existía.
—No, soy una persona del pueblo, aun no conozco mi especialidad, por lo cual aun no consigo un trabajo —mentí.
La mentira salió de mis labios con una naturalidad que no sentía. Pero el dolor profundo que me provocó fue inmediato, una presión intensa que ya inundaba mi estómago. Mentir no me salvaba; solo retrasaba lo inevitable.
El hombre frente a mí no reaccionó de inmediato. No se movió, no habló. Solo me observó, como si estuviera midiendo cada uno de mis gestos, cada respiración, cada parpadeo.
Entonces sonrió.
—Mentirosa.
La palabra cayó pesada, definitiva.
Y supe, en ese instante, que lo sabían todo... o estaban peligrosamente cerca de hacerlo.
La grava crujía bajo las botas de los hombres, un sonido áspero y constante que se clavaba en mi mente como un recordatorio de que no estaba soñando. Cada paso que daban parecía marcar el tiempo, como si estuvieran contando los segundos que me quedaban.
No sabía cuánto tiempo había estado inconsciente. No sabía exactamente dónde estaba, más allá de aquella cueva húmeda y gris. No sabía si alguien ya se había dado cuenta de que no me encontraba en el palacio... o si, peor aún, ya lo habían notado y habían decidido no hacer nada.
Fue ahí cuando el mayor arrepentimiento entró en mi persona, pesado, aplastante.
No debí salir.
No debí desobedecer.
El eco de mis propias decisiones retumbó en mi cabeza con una crueldad insoportable. Había querido sentirme libre solo por un momento, respirar fuera de esas paredes, recordar quién era antes de convertirme en algo que no había elegido.