La última persona que creía que vendría a salvarme estaba ahora frente a mí.
Era casi irreal.
Como si mi mente, agotada por el encierro, el hambre y el miedo, hubiera decidido inventarlo para no derrumbarse del todo. Pero no. Él estaba ahí. Tan real como el dolor que todavía recorría mi espalda, tan presente como el frío de la cueva y el eco de la batalla que aún parecía vibrar en las paredes.
Las sogas iban apretando menos cada vez que deshacía un nudo. Sus dedos se movían con rapidez y precisión, como si aquello fuera una tarea mecánica, algo que ya había hecho antes. Y aun así, había una tensión en sus manos, una fuerza contenida que delataba todo lo que no estaba diciendo.
Yo, por mi parte, no había dicho una sola palabra desde que lo vi entrar.
Era como si se me hubieran sellado los labios.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque tenía demasiado. Las preguntas se amontonaban en mi mente, atropellándose unas a otras, golpeándome por dentro, pidiendo salir. Pero el miedo a no obtener respuestas me mantenía inmóvil, en silencio.
¿Cómo me encontró?
Esa era la que más se repetía.
Una y otra vez.
Como un martillo constante.
Mis manos temblaban, y no sabía si eso se debía a la falta de descanso, al hambre que me hacía ver borroso, o a los nervios que me provocaba tener al rey tan cerca. Tan peligrosamente cerca. No solo por lo que representaba, sino por todo lo que nunca terminábamos de decirnos.
—¿Estás bien? —preguntó él, con el seño fruncido.
Su voz sonó firme, pero había algo debajo. Algo que no había escuchado antes.
No sabía si era mi imaginación, pero se notaba cansado. Exhausto. Como si hubiera pasado noches sin dormir, como si hubiera cruzado medio continente sin detenerse. Sus ojos celestes brillaban con una intensidad extraña, irregular, como si estuvieran apagados... y después de un instante volvieran a encenderse con mayor poder. Como una tormenta que amenaza con desatarse.
Lo miré.
De verdad lo miré.
Y por primera vez desde que desperté en esa cueva, sentí algo que no era miedo.
—Mejor que ayer, sí —respondí finalmente, hablándole por primera vez en días.
Mi voz salió áspera, cansada, pero firme. No podría decir que lo extrañé. Sería una mentira. Pero era agradable verlo ahí, en ese contexto, siendo quien estaba cortando mis ataduras y no quien las imponía. Mucho más agradable cuando aún no había empezado el regaño que sabía que vendría por no haber acatado la orden que me había dado.
Porque lo conocía. Sabía que vendrían las preguntas.
Me preguntará si dije algo. Si solté la información que tengo a costa de mi vida. Si hice algo que pusiera en riesgo a Valtoria, a Irkoria... o a él.
Y la respuesta será no. Porque no lo hice. Porque me mantuve firme. Incluso cuando pensé que no saldría viva de ahí.
El cuerpo de Rowan seguía tirado unos cuantos pasos adelante de mí.
Inmóvil. Frío. Demasiado real.
No había conseguido nada charlando con él. Ni información, ni mi libertad. Nada útil, nada que pudiera convertir en una moneda de cambio. Solo había conseguido cargar con algo más pesado que las sogas: la culpa de su muerte. La sensación amarga de haberle hablado, de haber escuchado sobre su hija, sobre su familia... para después verlo caer sin poder hacer absolutamente nada.
No logré que me dijera ni una sola cosa sobre lo que planea Karthenia.
Ni una.
Mi plan de conseguir algo, lo que fuera, para vendérselo al rey a cambio de protección, de favores, de una salida menos cruel... se había ido directo a la basura. Todo ese sufrimiento no había servido para nada. Solo para dejar cicatrices que no se veían.
Cuando por fin pude sentirme completamente libre, me puse de pie.
Tal vez fue demasiado rápido.
El mundo giró.
Un mareo violento inundó mi cuerpo, como una ola que amenaza con arrastrarte sin avisar. Mis piernas flaquearon y tuve que sujetarme de la silla que me había acompañado durante esos días interminables. La misma silla que había sido prisión, castigo y testigo. Cerré los ojos un segundo y respiré hondo, intentando no caer ahí mismo.
—Toma —dijo el rey. Extendió un pan con mantequilla hacia mí. Mis ojos se posaron en él durante unos segundos, sin saber si realmente debía tomarlo. No por desconfianza... sino porque mi cuerpo había olvidado lo que era recibir algo sin que doliera después—. Fue lo único que pude traer hasta acá. Necesitas comer algo —continuó—. Dudo que esas personas te hayan dado algo para alimentarte.
Sin decir nada aún, lo tomé. Y empecé a comerlo.
Fue como tomar medicina ante un malestar que parecía infinito. Cada bocado me devolvía un poco de vida, un poco de fuerza, como si mi cuerpo despertara lentamente de un letargo forzado. No era suficiente para sentirme bien, pero sí lo suficiente para mantenerme de pie sin que el suelo volviera a reclamarme.
—¿Podrás caminar hasta la salida? —preguntó entonces.
Colocó una de sus manos en mi hombro mientras yo respiraba hondo, tratando de estabilizarme. Su contacto era firme, real. Anclado al presente.
—Estoy bien. Es hora de irnos —respondí.
Me di la vuelta para salir del lugar. Esquivando el cuerpo del hombre con el que, hace apenas un momento, había conversado como si no estuviéramos del lado equivocado de una guerra. No iba a permanecer un segundo más en ese sitio. No quería mirar atrás.
Pero muy a mi pesar, lo sabía. Aunque saliera de ahí... Arrastraría esos recuerdos conmigo.
Ambos salimos de la cueva después de cruzar un pasillo ancho, completamente hecho de una piedra grisácea y húmeda, cuyos muros parecían guardar ecos de gritos que ya no estaban. Cada paso resonaba más de lo que me hubiera gustado, como si el lugar no quisiera dejarnos ir del todo.
Estando ya afuera, el viento helado me golpeó el rostro. Fue como una bofetada directa a la realidad. El aire frío se coló bajo mi ropa, erizando mi piel, recordándome que seguía viva. No sabía exactamente la hora, pero el cielo tenía ese tono apagado que anuncia la tarde, cuando el sol ya no calienta, pero tampoco se ha rendido por completo.