Me mudé a Irkoria.
Decirlo así, con esas pocas palabras, hacía que sonara más simple de lo que realmente era. Como si se tratara de cambiar de habitación, de cruzar un pasillo más largo de lo habitual. Pero no lo era. Nada de esto lo era.
Dos días antes aún me encontraba en el palacio, en Valtoria. Caminaba por los mismos pasillos que ya conocía de memoria, respiraba el mismo aire, pisaba las mismas baldosas gastadas por siglos de historia. Sin embargo, cuando intenté ir a mi habitación, no me dejaron entrar.
Hildrys fue quien me detuvo. Su tono fue amable, demasiado incluso, como si intentara suavizar algo que no tenía arreglo.
Me dijo que ellas se encargarían de empacar mis pertenencias. Que no tenía por qué preocuparme por nada.
Así que me quedé en una habitación del primer piso. Pequeña. Demasiado. Apenas había espacio para una cama angosta, un espejo sencillo apoyado contra la pared y un baño al que se accedía por una puerta trasera. No había adornos. No había recuerdos. No había nada que me perteneciera.
Era una habitación de paso.
Me seguía preguntando por qué no podía dormir en mi propia habitación. Pregunté más de una vez, a distintas personas, con distintos tonos. Nadie supo darme una respuesta lógica. Y cuando entendí que la verdad no iba a llegar por más que insistiera, dejé de preguntar.
El silencio era más fácil de cargar que la mentira.
¿Qué haría yo en Irkoria?
La pregunta se repetía en mi mente una y otra vez, sin descanso, sin encontrar un lugar donde acomodarse. Cuando por fin me atreví a formularla en voz alta, el rey me dio una respuesta corta. Fría. Definitiva.
Ahí estarás segura.
Nada más.
Y yo, sin poder negarme, acepté. Más aún sabiendo que el haber sido secuestrada no había sido culpa suya. Había sido mía. Por no obedecer. Por no acatar una orden directa. Por no aceptar que, en un mundo gobernado por monarquías, cada paso fuera de lo establecido se convertía en un riesgo.
Un riesgo mortal.
Aun así, no estaba convencida.
Irkoria no era mi reino. No era mi pueblo. No era mi hogar.
Podría haberme quedado en Valtoria. Podría haber seguido ahí, fingiendo que nada había cambiado. Pero el rey no confiaba en las fronteras. Decía que las reforzaría, que las haría impenetrables, que solo así podríamos volver algún día.
Le pedí que, por favor, me permitiera mandar una sola carta más antes de irnos. Solo una. No supe si lo hice con voz firme o suplicante, pero él aceptó. No preguntó para quién era ni qué pensaba escribir. Simplemente asintió, como si ese pequeño favor no fuera a cambiar nada. Y quizá tenía razón. Así fue como pude avisarle a Darcy que me iba. No para siempre, pero sí por un tiempo indefinido. Le escribí que no se preocupara, que estaría bien, aunque ni yo misma estuviera completamente segura de ello. Le prometí que nos volveríamos a ver pronto, aferrándome a esa promesa como si al escribirla pudiera hacerla realidad. Una promesa que cumpliría tarde o temprano. Tenía que hacerlo.
Después de eso, me quedé pensando. En demasiadas cosas. Tantas que mi mente comenzó a girar sobre sí misma, como si buscara un punto fijo al cual aferrarse... y terminó llevándome, inevitablemente, hasta el mismo lugar.
Draven.
Yo estaría en Irkoria.
Y él también.
Tal vez, y solo tal vez, me permitirían verlo. Aún no sabía en qué parte del reino se encontraba, ni bajo qué circunstancias exactas vivía allí, pero aun así sería mucho más fácil encontrarlo estando en Irkoria que permaneciendo en Valtoria, separada por fronteras y silencios.
Hasta ese momento le había mandado cinco cartas en total. Cinco. Le contaba cómo eran mis días, lo que hacía en el palacio, pequeños detalles que parecían insignificantes pero que para mí lo eran todo. Le escribía cuánto lo extrañaba, cómo su ausencia se sentía incluso en los momentos más simples. No había recibido respuesta. Todavía no. Pero quería creer que era cuestión de tiempo. Estando ya en Irkoria, todo sería más sencillo. O al menos eso me repetía.
Pensé que se lo comentaría al rey después. Tal vez me permitiría escribirle más seguido. Tal vez incluso verlo. Esa esperanza, frágil y casi infantil, fue lo que me sostuvo durante gran parte del trayecto.
El camino hacia el otro palacio fue largo. Demasiado. Cansado, silencioso, interminable. Pero Hildrys y Kelyra viajaron conmigo, y eso lo hizo un poco más llevadero. Me dijeron que no tendrían nada que hacer en Valtoria si yo no estaba allí. Que su lugar ahora era conmigo, incluso del otro lado del continente. Gracias a ellas, la despedida del lugar donde había vivido toda mi vida fue menos dolorosa. No fácil. Nunca fácil. Pero menos solitaria.
Por otro lado, mi familia no se enteraría de nada. Al menos no por mi propia palabra. No sabía si eso me aliviaba o me pesaba más.
Cuando por fin llegamos, me mostraron mi habitación. Era muy similar a la anterior, casi como si alguien hubiese querido que el cambio no se notara tanto. Me instalé rápido, casi de manera automática. Una cama. El ropero. El espejo. El librero. La mesita. El baño. El balcón. Todo estaba ahí. Todo parecía estar en su lugar. Pero no se sentía como mío.
Afuera no había nadie. Nadie había salido a recibir al rey, y mucho menos a mí. Era como si nadie estuviera informado de su llegada. Solo algunos guardias custodiaban cada rincón del palacio, silenciosos, atentos, como sombras obedientes.
Y en medio de ese lugar inmenso, pulcro y ajeno, entendí que había llegado a Irkoria... pero que todavía no sabía cuál era mi lugar en él.
Y ahora mismo estaba sentada en la cama por la mañana.
Día 24 de octubre.
Mi cumpleaños número veinte.
Mi primer cumpleaños en Irkoria.
Esperé sentirme distinta. Que algo en mí despertara con ese cambio de número, que el día trajera consigo una certeza nueva, una señal, aunque fuera mínima. Pero nada sucedió. El aire seguía siendo el mismo. Mi respiración igual de pesada. Mi cuerpo exactamente donde lo había dejado la noche anterior.