El día anterior había sido, por mucho, el cumpleaños más extraño de toda mi vida.
Antes de salir del antiguo palacio, cuando el silencio volvió a adueñarse del lugar y el eco de los pasos del rey ya se había desvanecido entre las ruinas, abrí aquella pequeña caja verde que me había entregado. Mis dedos temblaron levemente al hacerlo, no por el frío, sino por la expectativa que se había instalado en mi pecho sin permiso.
En su interior descansaba un collar de oro fino. La cadena, delicada y ligera, atrapó la luz en cuanto la tapa se alzó, reflejando destellos suaves que parecían moverse con el aire. Pero el colgante... el colgante era aún más hermoso de lo que había imaginado.
Enmarcada por una estructura dorada que se curvaba como una llama quieta, reposaba una piedra redonda de un verde suave y translúcido, como si guardara en su interior la calma de los bosques al amanecer. Jade. Un verde profundo, sereno, vivo. El borde del colgante estaba recorrido por diminutas piedras brillantes que seguían con precisión el trazo del oro, como si lo custodiaran. En la parte superior, justo donde la cadena se unía, un pequeño conjunto de gemas formaba una flor discreta, casi secreta, un detalle que solo se notaba si se miraba con atención.
Era elegante. Sobrio. Pensado.
Y sin admitirlo en voz alta, era un lindo detalle.
Más de lo que esperaba. Mucho más.
Las personas, al final del día, suelen estar demasiado ocupadas para recordar un simple cumpleaños, una fecha más en el calendario. Y aún más alguien como él. Un rey. Siempre rodeado de decisiones, de guerras, de fronteras y responsabilidades que pesan más que cualquier celebración.
Y aun así, lo recordó.
Tal vez por eso ese regalo me había acompañado durante toda la noche, incluso cuando ya no lo llevaba puesto.
Ahora, en cambio, me encontraba frente a mi armario, intentando escoger un vestido para esa noche. Para el baile. Ese al que no se me había dado la opción de elegir si quería asistir o no. Un evento lleno de irkorianos, de miradas curiosas, de murmullos inevitables. Y el rey quería que fuese su acompañante.
A su lado, cualquier intento de pasar desapercibida sería inútil.
—Cualquier cosa que se ponga estará bien, señorita. Todo le queda genial —aseguraba Hildrys, mientras observaba cómo yo sacaba vestido tras vestido, dejándolos sobre la cama sin ningún orden aparente.
Mi mirada recorrió el caos que estaba formando y luego se posó en su rostro, que ya reflejaba una ligera expresión de pánico.
—Lo organizaré yo, lo prometo —dije rápidamente, alzando ambas manos en señal de rendición ante mi propio desastre.
Nada me convencía.
No tenía nada para la ocasión.
Era apenas mi segundo día en Irkoria y ya debía asistir a un baile dirigido al rey. Al rey. Y no iba a mentir: estaba nerviosa. Mucho. Mi mente se sentía bloqueada, como si cada pensamiento chocara con el siguiente sin llegar a ningún lugar. Mordía mis labios una y otra vez en un intento inútil por calmarme, pero la sensación no se iba. Al contrario, parecía crecer con cada minuto que pasaba.
—¿No está emocionada por bailar con el rey? —preguntó Hildrys de pronto, soltando una risita cargada de entusiasmo—. Nunca había invitado a nadie a un baile, y la escogió a usted.
Seguramente ella estaba más feliz que yo.
Si algo había aprendido de su personalidad, era que Hildrys era de esas personas enamoradas de la idea del amor. Lo veía bonito, sereno, casi perfecto. Y, yo esperaba que el día que ella lo encontrara fuera exactamente así.
—No creo que "emocionada" sea la palabra adecuada —respondí, respirando hondo—. Es más bien como sentir que, en cualquier momento, las náuseas me ganarán.
—No, no —negó rápidamente—. Eso es solo nervios. Nada más.
Se sentó en la orilla de mi cama y comenzó a mover las piernas hacia adelante y hacia atrás, sonriente, como si todo aquello le resultara encantador.
Correcto. Nervios.
Me quedé de pie, con los brazos cruzados, observando el montón de vestidos desparramados por el suelo. Tamborileaba mis dedos contra mi propio brazo, como si ese gesto pudiera darme una señal, una respuesta, algo que me dijera que ahí había uno. Pero no llegaba nada. Ninguno parecía suficiente.
Fue entonces cuando escuchamos la puerta abrirse, llamando la atención de ambas.
Kelyra entró con una sonrisa amplia, casi triunfal, y algo entre sus brazos.
—Traigo la respuesta para su angustia —anunció, sin ocultar su satisfacción.
Cruzó la habitación y dejó caer aquello que llevaba abrazado sobre la cama.
Un vestido.
➶➶➶
El vestido era de un rojo carmesí tan profundo que me hizo contener el aliento al verlo. No era un rojo alegre ni delicado; era intenso, casi peligroso, como si escondiera algo que solo se revelaba al moverse. El corsé se ajustaba a mi cuerpo con una firmeza que me obligaba a mantener la espalda recta, recordándome que esa noche no podía encogerme ni esconderme. Me sostenía, me erguía... me hacía sentir distinta.
Mis hombros quedaban al descubierto, cubiertos apenas por unas mangas suaves que rozaban mi piel con ligereza, y la falda caía amplia, pesada, formando capas que se deslizaban unas sobre otras cada vez que daba un paso. Entre el carmesí aparecían bordes oscuros que rompían la uniformidad del color, dándole al vestido un aire serio, casi solemne, como si no estuviera hecho solo para un baile.
Al colocarme los guantes largos, negros y ajustados, sentí el peso real de la noche que me esperaba. Ese vestido no era solo hermoso; exigía presencia. No me permitía pasar desapercibida. Y mientras me miraba al espejo, comprendí que ya no iba al baile como una simple invitada... iba como alguien que estaba a punto de ser observada por el rey.
—¡Ay! Se ve hermosa, señorita —exclamó Hildrys, apretando sus manos a la altura de la barbilla, incapaz de ocultar la emoción.