El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 26

Nadie había preguntado realmente nada. Tal vez se debía a mi aparición repentina en mi habitación después de haber estado tan poco tiempo en el baile. O tal vez porque llegué tan vacía en mi interior que incluso se notaba, como si hubiese dejado algo de mí abandonado en medio del salón de baile, entre risas ajenas y miradas que nunca fueron amables. No recordaba con claridad en qué momento me había quitado los zapatos, ni en qué instante había dejado el vestido colgando sobre una silla, ni cómo había terminado recostada sobre la cama sin siquiera preocuparme por apagar las velas. Solo sabía que el cansancio me había tragado sin avisar, como si mi propio cuerpo hubiera decidido rendirse antes que mi mente. Unos golpes pesados provenientes de la puerta provocaron que me arrancaran del sueño profundo en el que estaba sumergida. El sonido retumbó en las paredes, seco, insistente, cargado de una urgencia que parecía exigir respuesta inmediata. Pero estaba mejor dormida, eso era seguro. Mi mente aún se encontraba atrapada entre imágenes confusas del baile: el peso del vino sobre mi espalda, las miradas clavándose como agujas, la voz de Lirael resonando con esa crueldad tan perfectamente ensayada. Todo parecía mezclarse con la oscuridad de la habitación, con el frío que se colaba entre las sábanas. La persona no esperó a que me levantara para poder abrir la puerta. Entró como si una ráfaga violenta de viento hubiese irrumpido en mi habitación, haciendo que las llamas de las velas temblaran dentro de sus candelabros. El golpe de la madera contra la pared resonó con fuerza, obligándome a incorporarme de golpe, aún atrapada entre el sueño y la realidad. Llegué a creer que seguía dormida, porque aquello debía ser producto de uno de esos sueños extraños en los que todo ocurre demasiado rápido para tener sentido. —¿De dónde saliste? —la reina madre se encontraba parada firmemente a los pies de mi cama. Su presencia dominaba el espacio como si la habitación le perteneciera, como si siempre hubiese sido suya y yo solo fuera una visitante tolerada por error. Su postura era recta, impecable, cargada de una autoridad que no necesitaba anunciarse para sentirse aplastante. Notablemente molesta, sus ojos azules ardían con una furia contenida que me resultaba casi familiar, como el reflejo distorsionado de los del rey cuando algo lograba atravesar su paciencia. Pero en ella no había control ni cálculo, solo un desprecio frío que parecía haber esperado demasiado tiempo para manifestarse. No sabía qué era lo que tenía que responder. No todos los días se tiene a la madre del rey dentro de tu habitación haciéndote preguntas extrañas... ni observándote como si fueras un error que alguien olvidó corregir. Y si le respondía o no, parecía importarle poco. Su mirada permanecía fija sobre mí, analizando cada gesto, cada respiración, como si buscara confirmar algo que ya había decidido creer. El silencio entre nosotras no era incómodo... era pesado, sofocante, cargado de una tensión que parecía empujarme contra el colchón sin siquiera tocarme. Antes de que pudiera hacer cualquier movimiento, antes de decidir si debía inclinarme, disculparme o simplemente guardar silencio, arrojó un periódico sobre mis piernas, provocando que me sobresaltara. El sonido del papel al caer se sintió demasiado fuerte para la calma aparente de la habitación. El sol apenas comenzaba a asomarse entre las cortinas, tiñendo todo con una luz pálida y fría, y aun así ya me estaban acusando de algo que, con casi total seguridad, no había hecho. O tal vez sí. Tal vez mi único error había sido existir en el lugar equivocado. La intriga terminó por vencer cualquier intento de orgullo que pudiera conservar. Tomé el periódico entre mis manos, sintiendo el papel ligeramente arrugado bajo mis dedos, y comencé a leer. Las letras parecían moverse por un instante, borrosas por el sueño que aún no abandonaba del todo mi mente, pero bastaron unas pocas líneas para que todo comenzara a encajar. Y en el primer instante pude comprender, aunque fuera solo un poco, la molestia de la reina madre. "Nuestra futura reina Los rumores que circulan en Irkoria ya no pueden ser ignorados. El nombre de Aeliana Ironclad ha comenzado a repetirse con insistencia entre la corte y las calles del reino, siempre ligado a la figura del rey Zarek. Fuentes cercanas al palacio aseguran que el monarca ha mostrado un interés particular por la joven, cuya presencia a su lado se ha vuelto cada vez más frecuente. De ella se sabe poco. No pertenece a ninguna de las grandes casas nobles ni figura en los registros de linajes irkorianos. Lo que sí ha podido confirmarse es su origen valtoriano y su condición de plebeya, un detalle que no ha pasado desapercibido para quienes observan con atención cada paso del soberano. Quienes han sido testigos de estos encuentros hablan de una cercanía inusual, de conversaciones prolongadas y de una atención que el rey no suele conceder con facilidad. Tal comportamiento ha despertado inevitablemente especulaciones sobre la naturaleza de esta relación y sobre el lugar que la joven podría estar ocupando en la vida del monarca. Hasta ahora, la corona guarda silencio. Sin embargo, la ausencia de desmentidos solo ha reforzado las conjeturas: ¿se trata de una simple distracción, o estamos ante el inicio de un vínculo que podría cambiar el destino del reino? Que el rey de Irkoria muestre interés por una valtoriana, y además ajena a la nobleza, resulta, para muchos, impensable. Para otros, es una señal inquietante de que incluso el poder absoluto puede verse alterado por sentimientos inesperados." Y con ello, algunas fotografías donde se nos veía juntos, al rey y a mí. Entrando al palacio de Valtoria. En el antiguo palacio de Irkoria. En el baile que había ocurrido apenas la noche anterior. Incluso una tomada durante el primer entrenamiento que tuvimos. Las observé una por una, sintiendo cómo algo dentro de mí comenzaba a encogerse. Quedaba claro que no estaba viviendo mi mejor vida. Porque seguramente, en ninguna otra existencia imaginable, habría terminado relacionada con un rey. Mucho menos días después de haber celebrado mi cumpleaños lejos de las personas que amaba... y peor aún, tras haber sido secuestrada por los guardias de otro reino, como si mi vida se hubiera convertido en una historia que alguien más estaba escribiendo sin preguntarme si quería participar en ella. Mis dedos temblaban ligeramente al sostener el periódico. Las imágenes no parecían casuales. Ninguna lo era. Cada una mostraba momentos distintos, lugares distintos... situaciones demasiado privadas como para haber sido captadas por accidente. —¿Cómo conocen mi nombre? —pregunté finalmente, alzando la vista del papel. Fue lo primero que logró salir de mi boca después de procesar todo aquello. Unas náuseas nerviosas invadieron mi cuerpo como nunca antes. Se extendieron lentamente desde mi estómago hasta mi garganta, dejando un sabor amargo que me obligó a tragar saliva varias veces. Las preguntas comenzaron a golpear mi mente sin descanso, una tras otra, sin darme tiempo de ordenar ninguna. ¿Cómo era posible que tuvieran esas fotografías? ¿Quién había estado observándome? ¿Desde cuándo? Sentí, por primera vez desde que había llegado al palacio, que no solo era vigilada... sino expuesta. —¿Eso es lo que te preocupa? ¿Tu nombre? —soltó una risa breve, áspera, carente de cualquier rastro de humor—. Te están relacionando con un rey... y no con uno cualquiera, con el rey Zarek. Sabía perfectamente quién era él. Pero también sabía quién era yo. Y que la persona con la que me estuvieran vinculando fuese un rey no cambiaba el hecho de que, muy probablemente, ahora me encontraba bajo la mirada de un reino entero... uno que jamás me aceptaría como algo más que un error. No pensaba decirle eso a la mujer que me observaba como si estuviera evaluando la mejor manera de expulsarme del reino y arrojarme directamente a Karthenia. —No tengo nada que ver con el rey. Al menos... no de esa manera —intenté explicar, midiendo cada palabra. —Eso lo sé —respondió sin dudar, como si mi respuesta fuera irrelevante. Su voz era firme, autoritaria, acostumbrada a ser obedecida incluso antes de terminar una frase—. Vengo a ordenarte que no te acerques a él. No más. Sus palabras no fueron elevadas, pero sí pesadas. Cayeron en la habitación con la solidez de un decreto imposible de ignorar. —Tiene un futuro estupendo como el mejor rey que este continente haya visto, y tú no vendrás a arrebatarle ese título —continuó, dando un paso más cerca de mi cama—. Hablo contigo por si tienes alguna intención de querer embrollarlo con... lo que sea que creas que puedes ofrecer —su mirada descendió lentamente por mi figura, evaluándome con un desprecio que no se molestó en ocultar—. Espero que tengas bien entendido que nunca tendrás ningún tipo de oportunidad con él. Ni con él... ni con nadie que pertenezca a un nivel tan alto. El silencio que siguió fue pesado. Me sorprendía que dijera aquello con tanta seguridad. Me sorprendía... y me irritaba. Porque, aunque jamás admitiría ese pensamiento en voz alta, ella también había llegado a ese lugar alguna vez. Y, por lo poco que sabía de la historia del reino, dudaba que hubiera nacido sentada en ese trono desde el primer día de su vida. Seguramente ya pertenecía a la realeza. Seguramente su historia estaba llena de privilegios que yo jamás llegaría a comprender. Aun no conocía esa parte de su historia. Pero algo dentro de mí sospechaba que tampoco había sido tan simple como ella pretendía hacerlo ver. —Nunca me acerqué a su majestad con otro tipo de intención, tampoco creo hacerlo nunca —afirmé, dejando el periódico a mi lado. No me consideraba la persona con las mejores mañanas, pero esta había sido, con diferencia, la más extraña que había tenido. Y eso que mi vida parecía empeñada en competir consigo misma en ese aspecto. —Ayer te vi hablando con Mirena... supongo que estás al tanto de su compromiso con el rey. —Lo estoy —respondí, sin ningún interés en prolongar aquella conversación. No sabía si lo había notado, pero, aunque ella fuese familia del dueño de aquel palacio, ese mismo hombre me había asignado aquella habitación. Resultaba extraño verla ahí, plantada frente a mi cama, hablándome como si aquel lugar fuera una sala de audiencias y yo una intrusa esperando sentencia. —Entonces sigue la orden que te di —continuó, acomodándose los guantes con una lentitud calculada—. Deja de actuar como alguien cercana a Zarek y comienza a comportarte como lo que realmente eres —sus ojos se clavaron en los míos, afilados—. Una simple sirviente. Las palabras no fueron pronunciadas con fuerza, pero sí con una precisión cruel, como una hoja fina que corta sin necesidad de hacer ruido. Y, tal como había entrado, salió. Sin esperar respuesta. Sin mirar atrás. Sin dejar más que el eco de su presencia impregnado en la habitación. No dejó las llamas que había encendido... pero sí las cenizas. ➶➶➶ Estaba peinando mi cabello cuando un guardia me informó que el rey había ordenado que bajara a desayunar al comedor principal. No estaba demasiado de acuerdo, sobre todo por lo que la reina madre me había dicho apenas unos momentos antes, pero negarle una orden al rey probablemente terminaría siendo peor. También me indicó dónde quedaba mi nueva oficina, a la cual debía presentarme después del desayuno. Ya estaba lista. Iba demasiado cómoda, después de todo, solo era un desayuno. Llevaba puesto un vestido verde olivo, liso, uno de mis favoritos. Se ajustaba a mi figura sin apretar lo suficiente como para provocarme la más mínima incomodidad. Comer, hablar lo menos posible e ir a trabajar. Ese era el plan. Porque para eso estaba ahí. Aunque la reina madre se revolcara en su propia furia, yo seguía siendo una sirviente que debía conversar con el rey de vez en cuando. No por gusto... por el trabajo que hacía. Antes de salir, mis ojos se detuvieron en el collar que el propio rey me había regalado el día de mi cumpleaños. Era hermoso. Demasiado. Sin pensarlo demasiado, lo tomé y lo acomodé alrededor de mi cuello. Encajaba a la perfección... y era mío. Avancé por el camino que me habían indicado, atravesando pasillos llenos de lujos y de historias que todavía no conocía del todo. Retratos de antiguos reyes colgaban de las paredes, paisajes de palacios y extensas tierras ocupaban cada espacio disponible. Nada de mi pueblo. Nada que realmente reconociera. Aun así, continué caminando hasta cruzar la enorme puerta que conducía al comedor principal. Y fue entonces cuando me llevé una sorpresa... incluso más desagradable de lo que había imaginado. Había una mesa larga y sillas a su alrededor, los cocineros se movían de un lugar a otro sirviendo la comida... y ya sentadas ahí, se encontraban las tres personas, que no conforme ya con el propio caos que me provocaba a mí misma, se querían unir aportando un poco más de sal al mar. La reina madre Elara, la princesa Mirena y Lirael. Los ojos de las tres mujeres parecieron brillar, pero no de una forma dulce, sino de esa que trae malicia en su interior, un fuego tan ardiente que provoca ese destello. Ese tipo de brillo que no da calor, solo quema. Que no ilumina, solo advierte. La reina madre estaba sentada en la cabecera de la mesa, erguida, impecable, como si el mundo entero tuviera que acomodarse a su postura perfecta. Mirena, a su derecha, mantenía las manos entrelazadas sobre su regazo, con esa sonrisa educada que parecía ensayada frente a un espejo durante años. Lirael, más relajada en apariencia, jugueteaba con una copa vacía, girándola lentamente entre sus dedos, como si todo aquello fuera un espectáculo diseñado para su entretenimiento personal. —¿Qué haces aquí? —preguntó la reina Elara, inconforme con mi presencia. Yo tampoco estaba encantada con estar en este lugar, pero tampoco se lo diría. Su voz cortó el aire con una precisión quirúrgica. Ni siquiera intentó ocultar el desprecio. Era directo, frío, pulido... como una daga recién afilada. Me era muy incómodo estar frente a personas que, aunque había sido muy poca la convivencia, se notaba a kilómetros que no les agradaba ni un poco. No necesitaba palabras para confirmarlo, bastaba con la forma en que sus miradas se desplazaban sobre mí, evaluándome, pesándome, buscando defectos que probablemente ya habían decidido que tenía incluso antes de conocerme. —Está bien, majestad. El rey le mandó a hablar. Gracias por venir —Mirena soltó una sonrisa que no llamaría honesta, tan falsa. Pero al parecer la reina lo cree. Su tono era suave, melodioso, cuidadosamente medido. Había algo casi tranquilizador en su manera de hablar, pero sus ojos contaban una historia distinta. En ellos había una calma calculada, una paciencia peligrosa, como si disfrutara ver cómo me desenvolvía en un terreno que claramente no era el mío. Por su parte, Lirael solo miraba, pero estoy segura que por dentro estaba feliz al verme en esta situación, burlándose de algo que es para nada gracioso, porque en realidad no estaba pasando nada. Esperé unos segundos para que me pudiese decir qué es lo que necesitaban o las razones por lo que estaba aquí, pero por fin, habló. Fueron segundos que se sintieron más largos de lo normal. El silencio en la mesa no era incómodo para ellas; parecía, más bien, calculado. Como si estuvieran disfrutando el momento previo a soltar una noticia que sabían que no iba a agradarme. Pude escuchar el leve tintinear de los cubiertos acomodándose sobre los platos, el roce de las telas elegantes al moverse en sus asientos, incluso mi propia respiración intentando mantenerse estable. —El rey me informó que te trajo desde Valtoria porque te contrató como su empleada... por eso quiero que vuelvas a hacer tu trabajo. Sus palabras fueron dichas con una calma impecable, pero había algo en su tono que no sonaba a solicitud ni a explicación. Era una afirmación disfrazada de conversación, una orden envuelta en formalidad. —Ya me han mostrado mi nueva oficina, ya iba para allá, no se preocupe. Respondí con la misma cortesía con la que había aprendido a protegerme desde que llegué al palacio. Mantener la voz firme, neutral, sin dejar que la incomodidad se filtrara entre las sílabas. Aquella respuesta era sencilla, lógica, incluso respetuosa. No había motivo para que generara conflicto. O eso creí. —¿Oficina? No... —negó lentamente con la cabeza—. Vas a servirme a mí. El escuchar eso fue como si me hubiesen colocado una cadena en el tobillo. Una fría, pesada, imposible de ignorar. Sentí cómo algo dentro de mí se tensó al instante, como si cada músculo hubiese entendido antes que mi mente lo que aquellas palabras significaban. ¿Servirle a la princesa Mirena? Eso no fue parte del contrato, en él decía que yo sería la mensajera del rey, no la sirviente de una princesa arrogante, cuya mejor amiga es la persona que me ha estado atormentando la mayoría de mi vida en la academia. Mi corazón se sintió pesado. Las palabras del acuerdo que había aceptado cruzaron mi mente con una claridad dolorosa. Recordé cada cláusula, cada promesa implícita en aquel trabajo que había tomado creyendo que, al menos, me daría un propósito claro dentro de este palacio que aún se sentía ajeno. Ser mensajera implicaba movimiento, confianza, responsabilidad directa con el rey. No servidumbre. No obedecer caprichos personales. Por un instante, sentí el impulso de corregirla. De explicarle que debía haber un error. Que alguien había malinterpretado la orden. Pero la forma en que Mirena me observaba me hizo comprender que no había ningún malentendido. Su mirada era tranquila, casi paciente, como si estuviera esperando a ver cuánto tardaría en aceptar algo que, para ella, ya estaba decidido desde antes de que yo cruzara aquella puerta. Lirael dejó de girar la copa y apoyó los codos sobre la mesa, observando con un interés apenas disimulado. Sus labios se curvaron ligeramente, como si estuviera presenciando una escena que llevaba tiempo esperando. La reina madre, en cambio, permanecía inmóvil. Su expresión no mostraba satisfacción abierta, pero tampoco desaprobación, solo esa serenidad fría de quien observa cómo las piezas se acomodan exactamente donde deben estar. Sentí el peso del collar contra mi pecho, más presente que antes, como si recordara silenciosamente quién me había traído hasta este lugar... y lo poco que eso parecía importar en ese momento. —Orden del rey —dijo por último, y mi alma no pudo estar más vacía. ➶➶➶ Había pasado casi todo el día siguiendo las órdenes de Mirena y hasta algunas de Lirael. El tiempo parecía haberse estirado de una forma cruel, como si cada tarea hubiera durado más de lo necesario solo para recordarme cuál era ahora mi lugar dentro de este palacio. Estaba agotada. Mis hombros pesaban como si hubiese cargado algo mucho más denso que telas, bandejas o cartas. Mi vestido estaba cubierto de múltiples manchas que no sabría explicar realmente de qué era cada una. Algunas parecían restos de polvo antiguo, otras manchas de perfume derramado, quizá comida, quizá maquillaje... rastros silenciosos de un día que no me pertenecía en absoluto. Había limpiado y reacomodado su habitación... tres veces. Mirena afirmaba que no le convencía lo suficiente. Siempre encontraba algo fuera de lugar. Una almohada ligeramente girada, una cortina que no caía con la simetría perfecta, un candelabro que, según ella, reflejaba la luz de forma incorrecta. A ese punto, comencé a sospechar que el problema no era la habitación, sino la necesidad de recordarme que podía hacerme repetir cada tarea tantas veces como quisiera. Le había servido de comer, cuidando cada movimiento de mis manos para no cometer errores que pudieran convertirse en excusas para nuevas humillaciones. Corrí desde su habitación hasta el cuarto de lavado para avisar que necesitaba un vestido exacto para la cena de esa noche, repitiendo cada detalle que ella había mencionado con una precisión que me obligó a memorizar hasta el tono específico del bordado. También escribí una carta para sus padres, hablando de lo feliz y bien que se encontraba. Palabras dulces, llenas de orgullo y gratitud, escritas con una caligrafía impecable que no reflejaba en lo absoluto la frialdad con la que habían sido dictadas. Yo no podía hacer eso último para mí misma. El pensamiento apareció de forma involuntaria, silenciosa, pero pesada. No había escrito a mi familia desde que había llegado. No porque no quisiera... sino porque ni siquiera sabía qué podría decirles sin mentir. Tampoco si a ellos les llegaría a importar. Ahora Lirael no se encontraba con nosotras. Se había marchado hacía unos pocos minutos para alistarse para la cena, igual como lo estaba haciendo la princesa. Su ausencia debería haber significado alivio, pero la habitación seguía sintiéndose igual de sofocante, como si su burla aún flotara entre las paredes. —¿Qué te parecen estos? —preguntó mientras se veía en el espejo, probándose unas argollas con diamantes tan brillantes que era fácil saber que no cualquiera podría obtenerlos. La luz del atardecer entraba por los ventanales y se reflejaba en las piedras, proyectando destellos diminutos que bailaban sobre las paredes y el techo. Mirena giraba levemente la cabeza, observando cómo la luz chocaba contra los diamantes, analizando su propia imagen con una concentración casi obsesiva. —Se le ven lindos —afirmé con una voz que no resultaba del todo mía, tal vez una más apagada. La escuché salir de mi boca, pero no la sentí como algo propio. Sonó mecánica, medida, como si cada palabra hubiera sido pulida para no generar ninguna reacción negativa. —No, se ven horribles. Pero qué podría esperar pidiendo la opinión de una sirviente —negó, casi decepcionada. Sus palabras no fueron gritadas ni dichas con rabia. Fueron suaves, incluso casuales, como si fueran una observación sin importancia. Tal vez por eso dolieron más. Pero no dije nada, ya acostumbrada a sus burlas ridículas. Mi silencio no era sumisión. Era supervivencia. En otro caso yo no estaría aquí. En otro caso ella no sería una princesa y tampoco se encontraría de pie. Yo no me contendría tanto por el miedo de ser desterrada o incluso asesinada. Las escenas que Brennar me había enseñado aparecieron en mi mente con una claridad inquietante. Recordé el peso de una espada en mis manos, la firmeza con la que debía sostener el cuerpo antes de atacar. Mi cuerpo parecía recordar esos aprendizajes incluso ahora, cuando mis manos descansaban quietas frente a mí. Me mordí la lengua suavemente para no soltar mis pensamientos ácidos que amenazaban con arruinar la calma que había hasta ahora. Sin más que decir, siguió tomando joyas y probándoselas, pero nada le parecía suficiente. Las dejaba sobre el tocador con pequeños sonidos secos, casi impacientes, como si cada pieza fuese culpable de no cumplir con sus expectativas. Los destellos de oro, plata y piedras preciosas se acumulaban frente a ella formando un caos brillante que contrastaba con la perfección que parecía exigir. Fue entonces cuando giró su mirada hacia mí. Se veía casi molesta por no encontrar lo que buscaba, pero, en cuanto sus ojos se posaron sobre mi cuello, algo cambió. Su expresión se tensó levemente y su mirada pareció recuperar ese destello... el mismo que había visto en el desayuno junto a la reina madre y Lirael. Un brillo afilado, cargado de algo que no era simple curiosidad. —¿De dónde sacaste ese collar? —dio unos pasos, acercándose a mí. El espacio entre nosotras se redujo demasiado rápido. Instintivamente, mi mirada bajó hasta el collar que colgaba de mi cuello. La piedra descansaba justo sobre mi pecho, tibia por el contacto constante con mi piel. Aquel objeto no era solo una joya. Era un recuerdo. Un instante suspendido en el tiempo. Aquel collar guardaba los ecos del antiguo palacio, porque fue ahí donde lo recibí, donde por primera vez pude llamarlo mío sin sentir que estaba tomando algo que no me correspondía. —Fue un regalo —admití siendo completamente honesta, porque lo fue. Las palabras salieron suaves, casi cuidadosas, como si pronunciarlas en voz alta pudiera romper algo invisible que protegía ese recuerdo. —¿De quién? —la pregunta llegó rápida, directa, sin espacio para rodeos. —Un amigo —y eso sí fue una mentira. La palabra se sintió extraña al pronunciarla, pesada, como si no encajara en mi boca. Si el rey hubiese escuchado esa respuesta, tal vez él mismo empezaría a cavar su tumba. O peor... tal vez habría fingido que no le importaba. Sentí un tirón repentino. No tuve tiempo de reaccionar ni de anticiparlo. De un momento a otro, el regalo ya no estaba en mí, sino en las manos de la princesa. El roce brusco contra mi piel dejó una sensación fría, casi punzante, como si hubiese arrancado algo más que una joya. Llevé mi mano hasta mi pecho por pura impresión, mis dedos recorrieron el espacio vacío donde segundos antes descansaba el collar, como si en el fondo buscara que él siguiera pegado a mí y todo hubiera sido solo una ilusión pasajera. Pero no lo era. Ella lo observaba con cuidado, sosteniéndolo entre sus dedos con una delicadeza que contrastaba con la violencia con la que lo había tomado. Lo giraba ligeramente para que la luz chocara contra la piedra, examinándolo como si buscara una respuesta escondida en sus reflejos. El silencio se volvió incómodo, espeso, cargado de una tensión que parecía apretar el aire dentro de la habitación. —¿Qué amigo? Esto no es algo que cualquier amigo te pudiese haber dado... es una de las piedras preciosas más raras en el continente. Su voz ya no tenía ese tono burlón habitual. Sonaba más calculadora, más atenta, como si cada palabra estuviera midiendo mis reacciones. Sus ojos pasaban del collar a mi rostro, analizando cada gesto, cada respiración, como si esperara que mi cuerpo revelara una verdad que mis labios no estaban dispuestos a pronunciar. Extrañamente, algo dentro de mí vibró. No fue una emoción clara, ni fácil de nombrar. Fue más bien una sensación inquieta, un pensamiento que se deslizó en mi mente sin pedir permiso. El rey no había hecho un simple regalo, sino uno de los más extraños dentro de todo lo ya conocido, algo que no encajaba con la imagen fría y calculadora que el mundo parecía tener de él... como si, al entregarlo, hubiese sido alguien más. O tal vez solo tenía el lujo de regalar ese tipo de cosas por quién era. La duda me recorrió con lentitud, instalándose en un lugar incómodo dentro de mi pecho. —De Valtoria —las palabras salieron casi automáticas, lo primero que encontré para llenar el silencio que comenzaba a volverse peligroso. Ni siquiera me detuve a pensar si sonaban creíbles o no. Ella asintió lentamente, con un movimiento pausado que parecía más una evaluación que una aceptación. Sus ojos permanecieron unos segundos más sobre mí, como si intentara arrancar otra respuesta sin necesidad de formular una nueva pregunta. Era evidente que no me creía del todo. —Bueno, no importa —dio unos pasos hasta llegar al espejo. Observé cómo caminaba con esa seguridad que parecía venirle desde la cuna, como si cada espacio que pisaba le perteneciera por derecho. Frente al espejo, levantó el collar con cuidado y comenzó a colocárselo alrededor del cuello... lo que me pertenecía, descansando ahora sobre su piel como si siempre hubiera sido suyo. —Lo tomaré prestado... de igual forma, se me ve mejor a mí. Sentí la sangre subir y arder en todo mi cuerpo. No fue un enojo explosivo, ni uno que buscara salir en forma de gritos. Fue algo más denso, más pesado, como una llama atrapada bajo mi piel que se expandía lentamente, recorriendo mis brazos, mi garganta, mis manos. Mis dedos se cerraron con fuerza contra mis palmas, tanto que mis uñas se clavaron lo suficiente para recordarme que debía mantener el control. Mi reflejo apareció detrás del suyo en el espejo. Podía verme de pie, quieta, con el espacio vacío sobre mi pecho donde el collar solía descansar. La ausencia se sentía más evidente de lo que habría imaginado, como si no solo hubiese perdido una joya, sino una pequeña parte de la estabilidad que ese objeto me había regalado desde que llegó a mí. Ella, en cambio, lo acomodaba con una sonrisa satisfecha, girando ligeramente el rostro para observar cómo la piedra capturaba la luz de la habitación. El destello rebotó en el cristal y alcanzó mis ojos, obligándome a parpadear. Respiré. Una vez. Lenta, profunda, intentando apagar el incendio silencioso que amenazaba con desbordarse. Sabía perfectamente que cualquier reacción impulsiva sería justo lo que esperaba de mí. Una excusa perfecta para recordarme cuál era mi lugar... o para quitármelo por completo. El aire entró en mis pulmones con dificultad, pero lo sostuve el tiempo suficiente para que mi voz, mis gestos y mis pensamientos volvieran a alinearse bajo la máscara que había aprendido a usar desde que llegué al palacio. No haría nada de lo que pudiera arrepentirme después. Aunque, por dentro, cada latido parecía exigir exactamente lo contrario. ➶➶➶ —Está horrible, Ironclad. ¿Nunca te enseñaron a cocinar? —se quejó Mirena al ver lo que le había llevado para cenar, cordero. Su voz sonó tan ligera que, por un instante, cualquiera podría haber pensado que se trataba de un comentario sin importancia. Pero había algo en su tono, en la forma en que arrastraba cada palabra, que convertía la frase en una burla cuidadosamente afilada. —No lo cociné yo, señorita —dije sin preocupaciones aparentes. Y realmente no las tenía. Era evidente que yo no lo había preparado, apenas unos minutos antes había salido rumbo a la cocina y regresado con el plato aún desprendiendo vapor. —Pues lo emplataste horrible —se volvió a quejar, sin despegar la mirada del plato frente a ella, como si aquel cordero hubiese cometido una ofensa personal. La reina madre no se encontraba ahí, pero su ausencia no hacía el ambiente más ligero. Su amiga sí estaba presente, sentada con una postura impecable y una sonrisa que parecía tensarse en los bordes, luchando contra las ganas evidentes de reír. Sus ojos se movían entre Mirena y yo como si estuviera observando una obra entretenida que no quería interrumpir. —Tampoco lo emplaté yo, solo fui por el plato y lo traje hasta aquí. Mi respuesta salió tranquila, casi mecánica. Las palabras abandonaban mi boca con una calma que no reflejaba el cansancio que comenzaba a acumularse en mis músculos ni la presión que sentía en la base de mi cuello desde hacía horas. Mirena frunció ligeramente el ceño, claramente inconforme con no encontrar en mí la reacción que esperaba. Sin decir más, me ordenó volver a la cocina y traer otra cosa, cualquier cosa que sí fuera de su agrado. Y sin más remedio, acepté. Giré sobre mis talones con la misma disciplina que había mantenido durante todo el día, aunque cada paso se sentía más pesado que el anterior. La tela de mi vestido rozaba el suelo con un sonido suave, arrastrando consigo el rastro invisible de todas las tareas que había cumplido desde la mañana. En algún punto del día me llegué a preguntar dónde estaría el rey. Si estaría ahora mismo recorriendo los pasillos del palacio... Si estaría reunido con nobles, planeando guerras o alianzas... O si, en el peor de los casos, estaría viéndonos desde algún rincón oculto, escondido entre las sombras que tanto parecían gustarle, observando esta escena como si fuera un espectáculo más del palacio. Y, quizás, burlándose de mí. La idea se deslizó por mi mente antes de que pudiera detenerla, dejando un sabor amargo que se mezcló con el agotamiento. Sin permitirme pensar demasiado en ello, crucé la puerta de la cocina, donde el calor y el aroma de especias me envolvieron por un instante, como si intentaran recordarme que existía un mundo más allá de las intrigas palaciegas. Apenas intercambié palabras con los cocineros, tomé lo primero que me indicaron que podría agradarle a la princesa y salí de nuevo apenas unos segundos después de haber entrado. El trayecto de regreso al comedor pareció más largo de lo que realmente era. Cada paso resonaba suavemente contra el mármol, marcando el ritmo de un cansancio que comenzaba a instalarse no solo en mi cuerpo, sino también en mi mente. Al volver, Mirena y Lirael mantenían una conversación que no logré comprender del todo. Sus voces se mezclaban en murmullos suaves, acompañadas de pequeñas risas que parecían flotar en el aire como secretos compartidos. No necesité escuchar el contenido para saber que, muy probablemente, yo no era ajena a él. Pero en cuanto me vieron cruzar el umbral, todo aquello desapareció. Las risas se apagaron como velas bajo un soplo repentino, y sus expresiones regresaron a ese gesto altivo que ya comenzaba a resultarme demasiado familiar. Sus miradas se posaron sobre mí con el mismo brillo arrogante que parecía crecer cada vez que me acercaba. Di unos pasos hacia ella y dejé el nuevo platillo en la mesa. Una expresión casi nauseabunda se dibujó en su rostro, deformando sus facciones en un gesto exagerado de desagrado. —No me gusta este platillo, tráeme otro. Eres una buena para nada —reclamó Mirena, empujando el plato lejos de ella con la punta de sus dedos, como si temiera contaminarse con solo rozarlo. El sonido de la porcelana deslizándose sobre la mesa retumbó en mis oídos más de lo que debería. Permanecí inmóvil un segundo, lo suficiente para sentir cómo algo dentro de mí comenzaba a tensarse, a estirarse como una cuerda que estaba a punto de romperse. —Lo siento, señorita. Le traeré otra cosa —respondí. Volví a tomar el plato. Mis manos lo sostenían con demasiada firmeza, tanto que los bordes comenzaron a clavarse en mis palmas. El calor del alimento atravesaba la porcelana, mezclándose con el ardor que ya trepaba por mi pecho hasta instalarse en mi rostro. Sentía las mejillas arder, no por vergüenza, sino por una furia espesa que me recorría la sangre con una violencia que apenas lograba contener. Por un instante, una imagen cruzó mi mente con una claridad peligrosa, mi mano empuñando una espada, la hoja brillando bajo la luz del comedor, su punta apuntando directamente a la garganta de Mirena. Escuché en mi cabeza las palabras que jamás me atrevería a pronunciar en voz alta. La amenaza, el desafío, la liberación de todo lo que llevaba acumulado desde que crucé las puertas de este reino. Pero no soy tan insensata. Tragué aquel pensamiento como si fuera veneno, obligándolo a descender por mi garganta junto con el orgullo que debía mantener oculto si quería seguir respirando bajo este techo. Me giré, lista para regresar a la cocina una vez más, cuando un estruendo rompió la tensión del aire. Como un viento furioso que arrasa con todo a su paso, las puertas del comedor se abrieron de par en par, el sonido seco de la madera golpeando contra las paredes hizo vibrar la habitación entera, obligando a que todas las miradas se dirigieran hacia la entrada. Y entonces apareció. Su sola presencia parecía alterar el ambiente, como si el aire se volviera más denso al rodearlo. Su porte, recto e inquebrantable, cargaba una autoridad que no necesitaba ser anunciada para ser obedecida. Cada paso suyo tenía el peso de alguien acostumbrado a que el mundo se acomodara bajo su voluntad, de alguien que no pedía espacio... lo tomaba. La luz que entraba desde el pasillo delineaba su figura, marcando los bordes de su silueta con un resplandor casi intimidante. Era el tipo de presencia que podía arrancar susurros o silencios absolutos, dependiendo de quién lo observara. La persona más temida del continente acababa de entrar en la habitación. Y el aire, de pronto, pareció quedarse sin respiración. —¿Quién te crees que eres para hablarle así? —la voz del rey Zarek irrumpió desde la entrada del comedor, cargada de una furia que no intentó disimular. Caminaba hacia nosotras con pasos firmes, duros, cada uno resonando contra el suelo como un golpe seco—. Ella no pertenece a tu reino. Ella es mi súbdita. La intensidad de sus palabras hizo que el aire en la habitación pareciera comprimirse. Los sirvientes que aún permanecían cerca se detuvieron en seco, como si incluso respirar pudiera resultar una ofensa en medio de aquella escena. Mirena no retrocedió. Al contrario, elevó apenas el mentón, sosteniendo su postura con una seguridad que rozaba la provocación. —Es valtoriana. Ella no pertenece a tu pueblo —respondió con firmeza, defendiendo su postura con un tono que dejaba claro que no consideraba estar cruzando ningún límite—. ¿Acaso quieres volverla irkoriana? Sus palabras cayeron con un filo peligroso, como si cada sílaba buscara medir hasta dónde estaba dispuesto a llegar el rey. Su cercanía con él era evidente, no solo por la forma en que se dirigía al rey, sino por la ausencia total de miedo en su voz. No cualquiera se permitiría hablarle así al hombre que gobernaba dos reinos. El rey Zarek no dudó ni un segundo. —Valtoria ahora también es de mi propiedad. Su respuesta fue seca, definitiva, pronunciada con esa autoridad que no admitía discusión. No levantó la voz esta vez, pero su tono pesó más que cualquier grito. Era la clase de frase que no necesitaba repetirse para dejar clara su intención. Sin darme cuenta, mis pies comenzaron a moverse hacia atrás. Un paso. Luego otro. Instintivamente buscaba alejarme del centro de aquel choque que crecía frente a mí como una tormenta oscura, cargada de relámpagos que aún no caían, pero que amenazaban con hacerlo en cualquier momento. Mi espalda casi rozó una de las mesas laterales. Desde ahí, observaba la escena sintiendo cómo mi pulso retumbaba en mis oídos. No quería ser el motivo de aquella guerra silenciosa. No quería ser el nombre que se repitiera entre acusaciones y órdenes reales. Pero ya lo era. Zarek dio un último paso hacia Mirena, acortando la distancia entre ambos. Sus ojos celestes ardían con una intensidad que jamás le había visto, una mezcla peligrosa entre furia y algo más profundo, algo que no supe nombrar. —Y escúchame claro, Mirena —continuó, cada palabra pronunciada con una precisión que helaba la sangre—, cualquier persona que insulte, toque o interfiera con Aeliana será desterrada inmediatamente de Irkoria. El impacto de aquella orden no fue inmediato... fue peor. Y así, sin que nadie se atreviera a moverse, sin que una sola cuchara volviera a tocar un plato, todo el palacio quedó envuelto en un silencio espeso, expectante, como si hasta las paredes estuvieran esperando quién sería el primero en romperlo.



#474 en Fantasía
#2465 en Novela romántica

En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 25.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.