El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 27

—Su desayuno, señorita Aeliana —la voz de Kelyra atravesó el silencio de mi habitación como una brisa tímida, casi disculpándose por existir.

Abrí los ojos al sonido metálico de la bandeja de plata posándose sobre la mesita. El resplandor del sol matutino se filtraba por las cortinas pesadas, dibujando líneas doradas sobre el suelo de piedra. Cinco amaneceres había contado ya en esta nueva habitación. Cinco noches en las que me había dormido con el sabor amargo de la soledad adherido a la garganta.

Nueva, pensé con ironía mientras me incorporaba lentamente. Como si cambiar de ala pudiera hacer que este lugar se sintiera menos como una jaula de terciopelo y más como un hogar.

La orden del rey había caído sobre el palacio como una tormenta silenciosa. No hubo proclamaciones, no hubo explicaciones. Simplemente, de un día para otro, me convertí en una presencia incómoda, en algo que debía mantenerse a distancia. Las conversaciones se extinguían cuando yo aparecía en los pasillos. Las miradas se desviaban. Hasta Kelyra e Hildrys, que habían sido algo parecido a amigas en este exilio forzado, ahora cumplían sus deberes con una eficiencia fría que dolía más que el rechazo abierto.

"No es por usted", habían murmurado con ojos compasivos pero distantes. "Es una orden. Tenemos que acatarla."

Pero las órdenes no duelen menos por ser impersonales. El aislamiento seguía siendo aislamiento, sin importar qué excusa noble se le colgara al cuello.

Mirena. Su nombre apareció en mi mente como una astilla clavada. No la había visto desde aquella escena en el comedor, cuando el rey la había detenido con una palabra tan afilada que parecía capaz de cortar el aire mismo. "Nadie la insultará", había declarado con una voz que no admitía réplica, no si quieren seguir tocando la tierra de Irkoria.

Y él mismo había tomado esas palabras tan en serio que me había borrado de su existencia.

Había intentado verlo. Cinco días de caminar hasta su oficina solo para encontrarme con una muralla de guardias que me miraban con la misma expresión: lo lamentamos, pero no. Sus posturas rígidas, como si yo fuera una amenaza que debía contenerse. Había golpeado la puerta hasta que los nudillos me ardieron. Había gritado su nombre hasta que la voz se me quebró en hilos roncos.

Nada.

Ni una respuesta, ni un mensaje, ni siquiera la cortesía de una mentira piadosa enviada a través de un sirviente.

El silencio del rey Zarek era más elocuente que cualquier decreto. Y mucho, mucho peor.

—¿Crees que hoy me deje verlo? —mi voz sonó frágil incluso a mis propios oídos mientras me ponía de pie, sintiendo el peso fantasma de todas las negativas anteriores.

Kelyra no levantó la mirada mientras acomodaba el plato con movimientos metódicos, casi rituales. Cada pieza de porcelana encontraba su lugar con una precisión que rayaba en lo compulsivo. Como si el orden de los objetos pudiera contrarrestar el caos que me rodeaba.

—Dicen que ha estado más callado de lo normal —comenzó, y algo en su tono me hizo tensarme—. Y cuando dicen eso... —hizo una pausa, eligiendo las palabras con cuidado—, creo que se refieren a que no ha pronunciado una sola palabra. A nadie.

Un rey mudo. Un hombre encerrado en su propio castillo de silencio, mientras yo me ahogaba en el mío.

Algo se contrajo en mi pecho, una presión lenta y constante, como dedos invisibles cerrándose alrededor de mi corazón. ¿Qué demonios había pasado? ¿Qué había hecho yo para merecer este exilio dentro del exilio? Cada pregunta se sumaba a las anteriores, construyendo una torre de incertidumbre que amenazaba con derrumbarse sobre mí.

—Gracias, Kelyra... —susurré, aunque las palabras se sintieron vacías, meros sonidos de cortesía en una conversación que no era realmente una conversación.

Ella asintió con esa inclinación de cabeza breve y profesional que había perfeccionado en los últimos días. Sin una palabra más, sin el consuelo de una mirada comprensiva, abandonó la habitación. La puerta se cerró con un clic suave que resonó como el cerrojo de una prisión.

El silencio regresó como un invitado no deseado que se instalaba en cada rincón. Se enrollaba alrededor de los muebles, se filtraba por las hendiduras de las ventanas, llenaba el espacio entre mis pensamientos hasta que se volvía casi tangible.

Contemplé el desayuno con una mezcla de indiferencia y resentimiento. Pan recién horneado, mermelada de frutos rojos, queso curado, una jarra de leche todavía tibia. En cualquier otro momento de mi vida, habría considerado este banquete un lujo inimaginable. Ahora, cada bocado sabía a cenizas.

Tomé un trozo de pan de todas formas. No por hambre, sino por costumbre. Porque el cuerpo sigue sus rutinas incluso cuando la mente está en otra parte. Masticar se había convertido en una tarea mecánica, como respirar o parpadear. Algo que hacías sin pensar, sin sentir.

Cuando el plato quedó medio vacío, me levanté y me vestí con movimientos lentos. Cada prenda parecía pesar más de lo debido. El vestido gris que Hildrys había dejado colgado la noche anterior era simple, casi austero. Apropiado para alguien que se había convertido en sombra dentro de su propia existencia.

Me dirigí a mi oficina.

La nueva.

Todavía tropezaba con esa palabra. Como si el espacio físico pudiera cambiar la esencia de lo que yo era aquí: una extranjera tolerada, una pieza movida en un tablero cuyas reglas desconocía.

El ala norte era diferente al ala principal. Los pasillos eran más estrechos, los techos más bajos. Las ventanas, diseñadas más para la defensa que para la belleza, dejaban pasar una luz avara que nunca lograba calentar del todo las piedras. Había algo opresivo en la arquitectura misma, como si los muros quisieran recordarme constantemente que este no era mi lugar.

Nadie se cruzaba conmigo sin realizar primero ese ballet de sumisión: la mirada hacia el suelo, la reverencia rápida, la retirada apresurada. Como si mi presencia fuera contagiosa. Como si mirarme a los ojos fuera un acto de traición.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 25.02.2026

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