El Cambio De Reinos || Reinos I

CAPITULO 28

Estaba lista.

O al menos eso me repetía mientras ajustaba el broche de mi capa con dedos que insistían en temblar.

Lista para ver al rey Zarek. Lista para confrontarlo con la dignidad que me quedaba, para pedirle, no, para exigirle, que me dejara ver a la razón por la que había llegado hasta aquí. A la única persona que hacía que todo este sacrificio tuviera sentido.

Eso era todo lo que necesitaba. Solo eso. Una oportunidad de ver a Draven, de confirmar que lo que habíamos tenido era real, que las palabras escritas en tinta sobre pergamino correspondían a un corazón que latía por mí al otro lado de estas murallas frías.

Tomé todas mis fuerzas, cada fragmento de coraje que podía reunir de los rincones más profundos de mi ser, y me puse en marcha. Salí de mi habitación con pasos que intentaban ser silenciosos pero que resonaban en mis oídos como tambores de guerra. El sol apenas comenzaba a despertar, pintando el cielo con trazos tímidos de rosa y dorado que se filtraban por las ventanas altas del palacio.

Mi corazón se sentía extraño en mi pecho. No era el latido normal, firme y constante, sino algo irregular y pesado. Tal vez eran los nervios, ese tipo de ansiedad que te hace sentir como si estuvieras a punto de saltar de un precipicio sin saber si hay agua o rocas esperándote abajo. O quizá era la duda, esa voz insidiosa que susurraba preguntas incómodas: ¿Por qué Zarek quería hablar conmigo con tanta urgencia? ¿Por qué no pudo decírmelo la noche anterior?

Lo había visto en el jardín, junto a la fuente, y había algo en su postura que me había inquietado. Se veía... vacilante. Como si tuviera que pensar cuidadosamente cada palabra antes de permitirle salir de su boca. Como si estuviera ensayando un discurso para una audiencia de uno. Sus ojos, normalmente tan controlados y calculadores, habían mostrado atisbos de algo que no lograba identificar del todo. ¿Duda? ¿Miedo? ¿O algo más peligroso?

Y mi cuerpo... mi cuerpo arrastraba una pesadez extraña. Era esa clase de peso que solo aparece cuando no sabes exactamente hacia dónde te diriges. Cuando tus piernas siguen moviéndose por pura inercia mientras tu instinto grita que te detengas. Esa sensación de estar a punto de llegar al final de un camino largo y descubrir que el destino no es lo que esperabas, sea para bien o para mal, y que ese descubrimiento cambiará todo irrevocablemente.

Por los pasillos no había demasiadas personas a esta hora temprana. Solo algunos guardias que esperaban el final de su turno con ojos cansados y posturas encorvadas, contando los minutos que los separaban de sus camas. Y yo, una figura solitaria moviéndome con determinación forzada hacia el corazón del palacio.

El camino se sintió interminable. Días, aunque en realidad solo habían sido unos pocos, sin pisar estos pasillos del ala principal, y ahora cada paso me recordaba lo lejos que había sido desterrada. El nuevo lugar donde me hospedaba quedaba aislado, relegado a los márgenes del palacio. Era como si no estuviera del todo dentro, como si existiera en un limbo entre la pertenencia y el exilio.

Y después de lo que parecieron horas pero probablemente fueron solo minutos, llegué.

Frente a mí se alzaban las puertas enormes que conducían al salón del trono. Eran similares a las del palacio de Valtoria, ese reconocimiento me trajo un pinchazo de nostalgia, pero no del todo iguales. Estas eran más imponentes, más ornamentadas, con detalles dorados que capturaban la luz naciente y la transformaban en destellos que lastimaban la vista. Todo en Irkoria parecía gritar su superioridad, su riqueza, su poder.

Di un último suspiro profundo, intentando infundir coraje en mi pecho vacío. Los guardias apostados a ambos lados de las puertas me observaron con expresiones impenetrables antes de abrirlas de par en par con un movimiento sincronizado que habían perfeccionado a través de incontables repeticiones.

Una briza pesada me recibió al cruzar el umbral. No era viento real, no podía serlo, estábamos en el interior, sino algo más sutil y perturbador. Era como si el mismo palacio me desconociera, como si las piedras y el aire conspiraran para recordarme que yo no pertenecía a este lugar. Y tenían razón. Nunca había pertenecido.

Di unos pasos hacia el interior, sintiendo cómo el peso del espacio me envolvía. El sonido de las puertas cerrándose a mis espaldas resonó con una finalidad que me puso la piel de gallina. No hay vuelta atrás ahora, susurró una voz en mi cabeza.

Levanté la mirada lentamente, como si al hacerlo pudiera retrasar lo inevitable.

Ahí estaban. Esos ojos celestes que había llegado casi a conocer mejor que los míos propios. Ojos tan llenos de poder y autoridad que parecían capaces de mover montañas con solo un parpadeo. Ojos que pertenecían a alguien que podría tener lo que deseara con tan solo extender la mano y reclamarlo.

El rey Zarek se encontraba sentado en su trono, elevado sobre una pirámide de escalones de mármol que magnificaban su presencia. La posición estaba diseñada para intimidar, para recordar a cada súbdito que se paraba ante él la distancia insalvable entre monarca y pueblo. Su corona descansaba perfectamente sobre su cabeza, cada gema capturando la luz con un brillo calculado. Su traje azul marino estaba impecablemente ajustado, cada costura exacta, cada botón en su lugar. Todo en él era perfecto. Todo estaba meticulosamente calculado.

Y como casi siempre, fue él quien rompió el silencio primero.

—Me da gusto que hayas venido —su voz retumbó contra las paredes del salón, amplificada por la acústica diseñada específicamente para hacer que cada palabra del rey sonara como un decreto divino.

Tragué saliva, tratando de humedecer una garganta que se había vuelto súbitamente seca.

—Dijo que tenía algo importante que decir —mi voz salió más firme de lo que esperaba, aunque podía sentir el temblor oculto debajo—. Es por eso que estoy aquí. Y... —hice una pausa, reuniendo coraje—, yo también tengo algo que decir.



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En el texto hay: fantasia, reinos, romance oscuro.

Editado: 25.02.2026

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