El Camino de las 13 puntas

Prólogo: La heredera bajo el roble negro

Tierras de Aedrannor,
País de Caledh'Mor,
Hora Primera del Amanecer,

El País de Caledh-Mor vestía sus mejores mentiras bajo los robles negros.

Aquella mañana, el Bosque de los Juramentos parecía haber sido preparado para que ningún ojo recordara la miseria del reino. Sobre los troncos antiguos colgaban cintas verdes y doradas; entre las raíces, los druidas habían encendido braseros de resina amarga, y las antorchas ardían aun, cuando el cielo, cubierto por una bruma ligera, dejaba caer una claridad fría sobre nobles, guerreros, bardos y servidores. Las copas de plata pasaban de mano en mano; las espadas permanecían envainadas, no por falta de amenaza, sino porque aquel día convenía fingir que todas las amenazas habían sido vencidas. En ese mar de escenarios, apareció Maelduin Humbrah, está última, estaba de pie junto a los suyos, algo apartada de la primera línea de la ceremonia. Llevaba las ropas de su casa: telas verde oscuro, broches de plata vieja, una capa bordada con ramas entrelazadas y, sobre el pecho, un pequeño colgante familiar: un roble atravesado por una lanza. No era la figura central de nada. Era apenas la heredera menor de una casa antigua, respetada por los clanes de las colinas, tolerada por la corte y observada con esa cortesía que los poderosos reservaban para quienes aún no habían decidido destruir.

A su alrededor, Caledh-Mor parecía vivir en una era esplendor sin parangon. Los bardos cantaban sobre cosechas abundantes, juramentos intactos y caminos abiertos bajo el amparo del trono. Los nobles cubiertos de oro inclinaban la cabeza ante los druidas; y estos últimos, alzaban bastones de fresno; los guerreros, con las manos apoyadas sobre los pomos de sus espadas, repetían promesas de unidad, obediencia y paz. Así pues, cualquier extranjero habría creído encontrarse ante el último reino sano de Aedrannor.

Maelduin, sin embargo, miraba donde no debía.

Vio campesinos demasiado flacos sosteniendo estandartes demasiado pesados; vio criados que no se movían sin que un soldado les indicara el gesto siguiente; vio bardos que repetían los mismos versos con una exactitud incómoda, como si no cantaran la memoria de sus actos, sino que aplicarán sobre ellos un mandato. Asimismo, vio prelados de túnicas claras que sonreían hacia la multitud sin mirar a nadie a los ojos. Aquella belleza no la tranquilizaba. Por el contrario, cuanto más perfecto parecía el rito, más frío se volvía el lugar.

A poca distancia de ella estaba su padre, lord Aerthun Humbrah. No levantaba la copa, tampoco cantaba y mucho menos fingía devoción alegre. Era un hombre sobrio, de barba oscura entreverada de hebras grises, más querido por los clanes menores que por las familias instaladas junto al trono. Sobre su frente no había júbilo, sino una atención severa. Miraba a los druidas, luego a los consejeros reales, después a ciertos invitados cuya presencia nadie explicaba.

Fue entonces cuando Maelduin siguió la dirección de sus ojos.

En primer lugar, su padre observaba a un prelado alto, vestido de blanco, con una voz suave que parecía haber sido creada para bendecir castigos. Luego, dirigió su mirada a un consejero extranjero, delgado, inmóvil, con las manos cubiertas de anillos. Después reparo en el bardo real, un hombre de rostro amable que sonreía antes de cada canto, como si supiera de antemano qué emoción debía nacer en cada pecho. Y finalmente, a su padre, lord Aerthun, quien le devolvió la mirada hacia el altar de piedra situado bajo el roble más antiguo.

El druida principal alzó los brazos. Su manto, tejido con hojas secas y lino negro, rozó las losas húmedas.

—¡El reino de Caledh-Mor ha sido preservado por los dioses! —proclamó—. ¡Cuando los reinos menores caigan en la corrupción, nosotros seremos las lámparas, la senda y el juicio!

La multitud respondió con vítores. Los nobles alzaron sus copas; los bardos desataron un canto sobre el camino de oro que aguardaba al reino. Por encima de las voces, el viento movió las ramas del gran roble, y las hojas oscuras parecieron susurrar una advertencia que nadie deseaba escuchar.

Lord Aerthun, por su parte, se inclinó apenas hacia su hija, quien parecía observa todo aquello con evidente asombro.

—Escucha con atención, querida mia.... Cuando un reino empieza a llamarse puro,—dijo en voz baja, sin apartar los ojos del altar—, ya está preparando el cuchillo con el que va a purificar a otros. Y se cree, con el derecho a gobernar los.

Maelduin lo miró, confundida.

—¿No entiendo, de que hablas papá? —Inquirio.

—A lo que me refiero hija, es de hombres, que no necesitan enemigos para cometer atrocidades —respondió Aerthun—. Les basta una palabra hermosa, una mentira aquí, una supocision por allí.

Ella no lo entendió del todo. No obstante, guardó la frase como se guardan las cosas que todavía no revelan su veneno.

Y así, estre nobles que avanzaban para renovar sus votos, Maelduin vio algo en la base del altar. Entre nudos casi borrados por el tiempo, había una marca oscura, tallada con una delicadeza extraña. Parecía una serpiente enroscada; mas su cabeza no era de serpiente, sino de león. Y detrás de la cabeza, apenas visible, llevaba una estrella de muchas puntas. No pudo contar los rayos, por desgracia, Pero se decidió a observarlo con mayor actitud.

Maelduin dio un paso.

Fue en ese instante, cuando una sacerdotisa apareció ante ella, y la recibio con una sonrisa demasiado rápida.

—El lugar de los jóvenes está junto a su casa —le comentó, cerrándole el paso con una mano blanca y firme—. No conviene acercarse al altar durante la consagración, mi lady.

—Solo quería ver la talla —dijo Maelduin, toda inocente.

—Bueno, mi Lady, las tallas antiguas confunden a quienes aún no han jurado lo suficiente, —apostilló la mujer.

De nuevo sonaron los cánticos. Otra vez las copas brillaron. La ceremonia siguió como si nada hubiese ocurrido; y sin embargo, Maelduin ya no pudo dejar de pensar en aquella criatura grabada bajo el roble negro. En aquella mutación quimerica entre serpiente, dragón y leon, que parecía rugirle a la nada.



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En el texto hay: fantasia, epica, grimdark

Editado: 04.07.2026

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