El Camino De Las Flores

ACTO I: LA SIEMBRA- Capítulo 1: El secreto de la lavanda (Perspectiva de Caleb)

A mis diecisiete años, el mundo era un boceto a lápiz que yo intentaba dotar de perspectiva y líneas perfectas. Pasaba las largas tardes de verano en el rincón más alejado de la botica de mi abuelo, un local de techos altos y vigas expuestas que olía de forma permanente e intensa a manzanilla machacada, alcohol de caña y papel antiguo que se desmoronaba. Mientras el abuelo atendía con paciencia a los pocos vecinos de San Miguel de los Sauces que aún buscaban remedios tradicionales en frascos de botica, yo me sentaba junto al gran ventanal con mi cuaderno de dibujo sobre las rodillas. Estudiaba minuciosamente la geometría de los frascos de vidrio, la inclinación exacta de las repisas de madera oscura y la forma en que la luz de la tarde cortaba el espacio, proyectando líneas doradas en el suelo de madera. Para mí, el futuro era una estructura predecible que requería diseño, cálculo, simetría y orden.

Sin embargo, todo mi sentido de la simetría y el control se desmoronaba por completo en el segundo exacto en que la puerta de madera crujía y Dana entraba al local. Ella nunca caminaba en línea recta; se movía con una soltura natural, casi silvestre, como si respondiera a las corrientes invisibles del viento del valle. Solía traer consigo un pequeño canasto de mimbre cargado de flores de lavanda recién cortadas del invernadero de su padre, destinadas a las esencias que el abuelo preparaba con esmero para los enfermos del pueblo. En cuanto Dana cruzaba el umbral, el denso y pesado aroma a medicina de la botica se disipaba por completo, reemplazado por una frescura limpia, viva y ligeramente silvestre que inundaba mis pulmones.

—Buenas tardes, arquitecto —me decía siempre con una sonrisa traviesa flotando en sus labios, usando aquel apodo que me había puesto desde que éramos niños para burlarse dulcemente de mi obsesión por los planos, las escuadras y las reglas.

Yo cerraba mi cuaderno de dibujo de golpe, sintiendo que el pulso se me aceleraba de una forma tan violenta que ninguna fórmula matemática conocida podría explicar. Me bajaba de la banqueta alta y me acercaba al mostrador, intentando fingir una indiferencia madura que mis ojos delataban a la primera mirada.

—Hola, Dana —respondió, con la voz un poco más grave e insegura de lo habitual—. Traes mucha más lavanda de lo normal hoy.

—La tierra ha estado de buen humor esta semana —decía ella con ligereza, acomodando los ramilletes morados sobre el mostrador de madera limpia. En ese instante, al mover las flores, sus dedos rozaban los míos por mero accidente. Era un contacto sutil, de apenas un segundo, pero suficiente para dejarme una descarga de electricidad estática en la piel que me erizaba el vello. Dana me miraba de reojo, con sus grandes ojos castaños brillando bajo la luz dorada del ventanal, y yo comprendía, con absoluta y aterrada lucidez, que por más que intentara proyectar mi vida en un papel, la única estructura que realmente me importaba sostener en este mundo era la que se creaba entre nosotros dos.




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