El Camino De Las Flores

Capítulo 2: Las manos con tierra (Perspectiva de Dana)

Para mí, la vida no se medía en planos rígidos ni en fríos metros cuadrados, sino en la humedad del sustrato y en la infinita paciencia que requiere ver crecer una raíz bajo el suelo. Mi universo comenzaba y terminaba en el invernadero de mi padre, una gran estructura de arcos de madera cubierta de plásticos traslúcidos que atrapaban el calor del sol y lo transformaban en un vapor denso, saturado con el perfume embriagador de los jazmines y la tierra fértil. Allí pasaba mis tardes, con los pies descalzos sobre la tierra negra de San Miguel, aprendiendo el idioma silencioso de las plantas. Mi padre decía que las flores nunca mienten: si las cuidas, florecen; si las descuidas, mueren. Era una lógica limpia, predecible y segura en la que yo confiaba plenamente.

Llevar la lavanda a la botica del abuelo de Caleb era, secretamente, mi momento favorito del día. Me gustaba quitarme la tierra de las manos a toda prisa en el pozo de agua, acomodarme el cabello castaño frente al reflejo del cobertizo y caminar por el sendero empedrado hacia el pueblo con el canasto de mimbre bajo el brazo. Cuando empujaba la puerta de madera de la botica y escuchaba el tintineo de la campana, mis ojos buscaban de inmediato el rincón del ventanal. Allí estaba él, siempre concentrado, con las cejas ligeramente fruncidas y sosteniendo una regla con una seriedad que me resultaba adorable. Caleb tenía la mente en las nubes, imaginando ciudades lejanas de concreto y cristal que yo ni siquiera alcanzaba a vislumbrar, pero había algo en la fijeza de su mirada que me hacía sentir completamente segura.

Una tarde de verano, después de dejar el pedido de lavanda en el mostrador, Caleb me acompañó de regreso hasta la entrada del Camino de las Flores. Caminábamos despacio, midiendo los pasos, alargando el trayecto todo lo posible bajo la sombra de los sauces que bordeaban el río.

—En un par de meses me voy a la capital, Dana —soltó de repente, mirando fijamente la punta de sus zapatos —. Las clases en la facultad empiezan en otoño. El abuelo dice que es mi oportunidad de ser alguien.

Un frío de incertidumbre me recorrió la espalda, un miedo sordo que amenazó con agrietar mi seguridad. Lo miré de perfil; su rostro ya tenía las líneas firmes de un hombre, pero sus ojos seguían siendo los del chico que me ayudaba a juntar leña en el invierno.

—La capital está muy lejos, Caleb —susurré, apretando el asa del canasto vacío contra mi costado —. Allí no hay sauces, ni río, ni campos de lavanda. Solo hay cemento.

Caleb se detuvo en seco, se giró hacia mí y me tomó de las manos con una firmeza que me cortó la respiración. Sus manos eran largas, limpias, de dedos suaves, un contraste absoluto con mis dedos marcados por el trabajo en el invernadero.

—No importa lo lejos que esté, Dana —prometió, mirándome con una intensidad que me hizo temblar —. Te voy a escribir todas las semanas. Te lo juro por este río. San Miguel es mi raíz, y mi raíz está contigo. Volveré en cuanto tenga el título en las manos.

Yo asentí en silencio, queriendo creer con toda mi alma en sus palabras, aferrándome a su promesa de la misma manera en que la hiedra se sujeta con fuerza a las paredes de piedra para no ser arrastrada por la tormenta.




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