El sábado de la mudanza forzada amaneció vistiendo un cielo gris plomizo, denso, que parecía aplastar de manera literal los viejos tejados de San Miguel de los Sauces. Las deudas del invernadero acumuladas por las malas cosechas finalmente nos habían alcanzado, destruyendo el patrimonio de mi padre. El banco exigió el desalojo inmediato. El camión de mudanzas, un vehículo viejo, destartalado, humeante y ruidoso, esperaba estacionado sobre la vereda embarrada, justo frente a la que había sido la casa de mis abuelos. El panorama resultaba desolador para mi alma. Las flores del invernadero exterior, aquellas que yo había mimado con tanto esmero, lucían ahora descuidadas, rotas y caídas; el polvo de la carretera comenzaba a asentarse sobre los pétalos y el abandono ya había empezado a colonizar cada rincón del lugar.
Caleb apareció de la nada entre la niebla, pedaleando con dificultad en la vieja bicicleta de su abuelo. Tenía los ojos inyectados en sangre y las ojeras marcadas, delatando una noche entera en vela, llorando en silencio la impotencia de su juventud frente al destino. Al llegar, no tuvo el valor de hablar con mis padres; sentía que cualquier palabra de consuelo resultaría vacía. Se limitó a buscar mi mirada, a tomarme suavemente del brazo y a llevarme detrás del viejo cobertizo de herramientas, el único rincón que aún nos protegía de las miradas de los adultos y de la prisa de los operarios de la mudanza.
—No me olvides, Dana —le dijo él, y su voz, por lo general firme, se quebró por completo en la última sílaba, dejando al descubierto el miedo que le atenazaba el pecho.
—Es imposible olvidarte, Caleb —respondí yo, mirándolo a través de una cortina de lágrimas que se negaba a dejar caer —. Estás en cada rincón de este pueblo, en cada aroma que arrastra el viento. Aunque me lleven al fin del mundo, te vas a quedar conmigo.
Caleb asintió con lentitud, metió la mano temblorosa en el bolsillo de su abrigo y sacó un pequeño sobre de papel madera, toscamente cerrado y atado con un hilo de yute. Al moverlo, un sutil tintineo de semillas secas se escuchó en su interior.
—Son semillas de nomeolvides —explicó Caleb, forzando una sonrisa que terminó siendo más bien una mueca de profundo dolor —. He dividido el paquete en dos. Plantas una parte allá a donde vayas, para que dejes tu huella. Quédate con la otra mitad en tu bolsillo. Cuando la vida nos vuelva a juntar, las plantaremos juntas en este mismo camino y reconstruiremos lo que hoy nos quitan.
Tomé el sobre con ambas manos, apretándolo contra mi pecho con una fuerza desesperada, como si aferrara a él la última pizca de mi antigua felicidad. Se miraron un segundo ante de fundirse en un beso que supo a sal, a lluvia y a una despedida forzada. Fue un beso con la desesperación de quienes saben, muy en el fondo, que el tiempo se les ha escapado de las manos. El claxon del camión de mudanzas tocó la bocina dos veces, rompiendo el encanto de manera brutal. Me solté de sus brazos con un hilo de voz, subí a la cabina del vehículo y fijó la vista al frente. El camión arrancó hacia nuestro nuevo y gris destino. No miré atrás ni una sola vez por el espejo retrovisor, sabiendo perfectamente que, si se giraba a ver la silueta de Caleb perdiéndose en la distancia, no tendría las fuerzas necesarias para marcharme.