Los siguientes tres años se transformaron en un desierto interminable para ambos, un territorio hostil habitado únicamente por cartas que tardaban semanas en llegar debido a las distancias. Con el paso de los meses, aquellas páginas que al principio rebosaban detalles y promesas eternas empezaron a volverse más cortas, más espaciadas y notablemente más tristes. La rutina, el cansancio y el peso de realidades tan distintas hacían mella en nuestras palabras.
Descubrí muy pronto que la ciudad industrial del norte era un monstruo implacable de asfalto gris y chimeneas humeantes, un rincón hostil donde el olor a tierra mojada o el perfume silvestre simplemente no existían. Nos instalamos en un estrecho departamento que un tío nos consiguió en alquiler. Mi realidad se volvió asfixiante. Trabajaba diez horas al día detrás del mostrador de una ruidosa tienda de ropa, soportando el mal humor de los clientes para conseguir el dinero que ayudaba a sufragar las costosas medicinas de mi convaleciente padre. Al salir, exhausta y con los pies doloridos, corría a la escuela nocturna para estudiar contabilidad, buscando una salida profesional que le diera la estabilidad que el destino le había arrebatado. La chica dulce del camino de las flores tuvo que desaparecer, cubriéndose de una dura armadura de pragmatismo y frialdad para sobrevivir al entorno. El sobre de semillas de nomeolvides permanecía oculto en el fondo de su cajón de noche, intocado, como un amuleto demasiado sagrado y doloroso para ser expuesto a la cruda realidad del cemento.
Por su parte, Caleb ingresó a la rigurosa Facultad de Arquitectura en la capital. Su universo se llenó de planos kilométricos, entregas de proyectos a medianoche, café cargado y nuevos círculos de amigos que hablaban de arte abstracto, estructuras vanguardistas y minimalismo urbano. Hacía esfuerzos sobrehumanos por mantener viva la imagen de Dana en su mente, pero la distancia es un borrador implacable que desgasta hasta los recuerdos más nítidos. Cuando lograba ahorrar unas monedas para llamarla al único teléfono comunitario del viejo edificio de apartamentos donde ella vivía, las conversaciones resultaban torpes, rígidas, llenas de silencios incómodos donde antes solía haber risas espontáneas. La línea telefónica, llena de estática, parecía un reflejo de la brecha que se abría entre los dos.
—¿Cómo están las flores de San Miguel? ¿Ha florecido la lavanda este año? —preguntó ella una noche de invierno, apretando el auricular público con unos dedos congelados y temblorosos por el frío del pasillo.
Un silencio pesado y cargado de estática viajó por la línea antes de que Caleb respondiera.
—No he vuelto, Dana —confesó él desde la calidez de su apartamento estudiantil, con una culpa sorda en la voz. —El abuelo se puso muy débil de salud y tuvo que cerrar la botica definitivamente hace ya varios años para mudarse aquí conmigo. Bajamos las persianas y el local quedó completamente clausurado, abandonado a su suerte. Ya no queda nadie para nosotros allá abajo.
Esa noche, al colgar el teléfono tras una despedida apresurada que se sintió casi como un trámite, apoyé la frente contra la fría pared de cemento del pasillo. Los problemas con el casero del edificio empeoraban y el teléfono comunitario fallaba cada vez más, amenazando con aislarlos por completo. Con el pecho oprimido, entendió la verdad más amarga de su nueva vida: el pueblo de su infancia ya no existía en la realidad; ahora solo vivía en el frágil, nostálgico y doloroso archivo de sus propios recuerdos.
Capítulo 5B: El precio del cristal (Perspectiva de Caleb)
La capital central no te recibe con los brazos abiertos; te fagocita. El día que bajé del tren en la estación terminal, cargando una maleta vieja que olía al alcohol de caña de la botica y tres cuadernos de dibujo técnico gastados, el cielo no era azul ni gris. Era de un tono indefinido, un reflejo plomizo distorsionado por las fachadas espejadas de los rascacielos que se erigían como gigantes de acero a mi alrededor. El ruido de los motores, el murmullo incesante de miles de extraños caminando con prisa y el olor a gasolina quemada me provocaron un vértigo físico que me obligó a detenerme en mitad del vestíbulo. En San Miguel de los Sauces, el tiempo se medía por el crecimiento de las raíces o la caída de las hojas; aquí, se medía en los segundos exactos que tardaba un semáforo en cambiar de color.
La Facultad de Arquitectura resultó ser un laberinto de concreto visto y pasillos interminables que olían a café quemado y tinta de tiralíneas. Muy pronto comprendí que mi obsesión por la simetría, aquella que mi abuelo me había inculcado frente al mostrador de madera, era vista por mis profesores como una bonita ingenuidad pueblerina.
—El plano no debe imitar a la naturaleza, Caleb —me repitió un catedrático de mirada severa durante mi primer semestre, golpeando con su regla mi entrega de diseño residencial—. La arquitectura moderna domina el entorno, no se adapta a él. Buscamos líneas puras, ángulos rectos, la eficiencia del vacío. Olvídate de los tejados a dos aguas y de las estructuras orgánicas. El futuro es de cristal.
Me obligué a encajar el golpe. Pasaba las noches en vela, con los ojos inyectados en sangre bajo la luz blanca de la lámpara de mi escritorio, diseñando bloques de apartamentos minimalistas y torres de oficinas vanguardistas que se ganaban el aplauso de la clase. Aprendí a vestir de negro, a hablar con soltura de conceptos abstractos y a fingir que el cemento fresco era el único perfume que me interesaba. Mi nombre empezó a sonar entre los mejores de la cátedra. Estaba construyendo el éxito que mi abuelo deseaba para mí, pero por dentro, cada plano milimétrico se sentía como un ladrillo más en el muro que me alejaba de mi origen.