El Camino De Las Flores

Capítulo 6: El cruce de las vías (Perspectiva de Caleb)

El destino, sin embargo, posee una caligrafía extraña y le gusta trazar líneas cruzadas cuando menos se lo espera uno. A los veintiún años, fui seleccionado para viajar a la ciudad del norte con motivo de un congreso nacional de arquitectura joven. Sabiendo que pisaría las mismas calles que Dana, los nervios me impidieron dormir durante días. Tres días antes de abordar el tren, le envié un telegrama breve pero urgente a su antigua dirección: "Estaré en la estación central el jueves a las seis de la tarde. Solo tengo dos horas antes de mi tren de regreso. Por favor, ve. Necesito verte".

El jueves señalado, la fatalidad tomó la forma de una tormenta de nieve histórica que colapsó por completo los sistemas de transporte de la ciudad industrial. El autobús que debía llevar a Dana desde su trabajo hasta la estación se quedó atrapado en un embotellamiento a mitad de la avenida. Desesperada, ella bajó del transporte y comenzó a correr por las aceras congeladas, desafiando el viento blanco. Corría con el abrigo desabrochado, la respiración quemándole los pulmones y el corazón latiéndole desbocado en la garganta. En ese trayecto de angustia, los años de oficina, los balances contables y la madurez forzada se esfumaron por completo; volvía a ser la chica de diecisiete años que corría con el alma en un puño hacia los brazos del nieto del boticario.

Llegó al vestíbulo de la estación central a las seis y cuarenta, empapada de nieve derretida. La marea de pasajeros a esa hora era un mar caótico de rostros desconocidos, abrigos oscuros y maletas. Dana corrió hacia la zona de los andenes, buscando desesperadamente entre la multitud, gritando mi nombre en su mente, pero su voz física se ahogaba bajo el estruendo metálico de las locomotoras y los avisos de los altavoces.

Mientras tanto, en el andén 4, yo miraba fijamente el segundero de mi reloj de pulsera. Eran las seis y cincuenta. Mi tren de regreso ya tenía las puertas abiertas y el revisor apuraba a los últimos rezagados. Sentí una opresión física en el pecho, una mezcla hirviente de decepción, abandono y cruda realidad. “Ella ya se olvidó de mí”, me dije a mí mismo con el orgullo herido. “Tiene una nueva vida aquí, un mundo en el que yo ya no quepo”. Con la cabeza baja y el alma rota, subí al vagón.

Cuando Dana logró esquivar el control de seguridad y acceder finalmente al andén 4, el tren ya se estaba moviendo. Se quedó estática en el borde de la vía, viendo cómo los vagones se convertían en una línea distante de luces rojas que terminaron por perderse en la penumbra helada y brumosa de la noche. Las fuerzas la abandonaron de golpe. Se dejó caer en una banca de madera carcomida, respirando el aire gélido impregnado de hollín que le destrozaba el pecho. En su mano derecha, oculta dentro del bolsillo, apretaba con tanta fuerza el sobre de semillas que las esquinas de papel se le clavaban en la palma de la mano, rompiendo la última esperanza de entregárselo. El viento racheado de la estación sopló con fuerza, levantando remolinos de nieve fina, y por un breve instante, a pesar del olor a carbón, metal y hollín, a Dana le pareció percibir en el ambiente un aroma lejano, sutil y dolorosamente dulce a lavanda. Nuestro encuentro había fracasado, y la distancia se convertía, desde esa noche, en un abismo oficial.

Capítulo 6B: Las cartas del sótano (Perspectiva de Dana)

El viaje de regreso en el autobús nocturno desde la estación central fue un trayecto sumido en una penumbra helada y un silencio hostil. Apoyé la frente contra la ventanilla vibrante, viendo cómo las luces de la ciudad industrial se desdibujaban a través del cristal empañado y cubierto de escarcha. En mi mano derecha, oculta en el fondo del bolsillo de mi abrigo desabrochado, apretaba con tanta fuerza el sobre de semillas de nomeolvides que las esquinas de papel madera se me clavaban en la palma, un dolor físico sordo que apenas lograba competir con el vacío punzante que me devoraba el pecho. Cuarenta minutos. Un simple autobús atrapado en un embotellamiento de nieve había bastado para que el tren de Caleb se marchara, llevándose consigo la última línea de luces rojas que se perdían en la niebla y, con ellas, nuestro pasado común.

Cuando llegué a nuestro estrecho departamento de alquiler, mi padre ya dormía, arrullado por el silbido rítmico del tanque de oxígeno. El olor a humedad, a medicinas caras y a sopa recalentada me recibió como una bofetada de realidad. Me quité las botas empapadas en silencio y caminé hacia el baño. Al mirarme al espejo bajo la parpadeante luz blanca del tubo fluorescente, apenas reconocí mis propios ojos castaños; ya no tenían el brillo dorado de las tardes de verano en San Miguel de los Sauces. Eran los ojos de una desconocida que empezaba a comprender, con una lucidez descarnada y amarga, que las promesas de la adolescencia no tienen valor de cambio en el mercado del asfalto.

—Se acabó, Dana —me susurré a mí misma, tragándome el nudo de llanto que me quemaba la garganta—. Las flores se secaron. No hay vuelta atrás.

Tomé una decisión consciente esa misma noche. Fui a la cocina, busqué una vieja lata de té metálica, oxidada en los bordes y con el dibujo descolorido de unas hojas secas, y metí en su interior el sobre de nomeolvides junto con las tres últimas cartas de Caleb, aquellas que al principio rebosaban planes futuristas de cemento y cristal. Bajé las escaleras del edificio hasta el sótano comunitario, un cubículo lúgubre que olía a tuberías viejas y a polvo acumulado por décadas. Aparté unas cajas de herramientas inservibles y escondí la lata en el rincón más oscuro y profundo, detrás de una viga de madera carcomida. No lo hice para proteger el recuerdo; lo hice para enterrarlo. Necesitaba que ese aroma sutil a lavanda dejara de perseguirme por los pasillos si quería tener la fuerza necesaria para sobrevivir al invierno.




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