Los dos años siguientes consolidaron esa rutina que inicié en la penumbra. El despertador sonaba invariablemente a las cinco y media de la mañana, un horario implacable que no entendía de estaciones, fríos o melancolías. Me levantaba a oscuras en mi pequeño apartamento en la ciudad del norte, repitiendo los mismos gestos mecánicos que se habían vuelto mi escudo: sujetaba mi cabello castaño con fuerza, me aseguraba de que no quedara ni un solo mechón suelto y me vestía con mi uniforme de batalla, un traje sastre gris oscuro, pulcro, rígido y carente de cualquier adorno. Al mirarme al espejo antes de salir, apenas reconocía a la chica que alguna vez había sido. El asfalto y la necesidad habían esculpido en mi rostro una expresión de fría eficiencia.
A mis veintitrés años, me había convertido en la jefa de contabilidad más joven de la firma de logística de la ciudad. Mi mente ahora funcionaba como una máquina registradora: sumaba activos, restaba pasivos y analizaba los riesgos con una precisión quirúrgica. Había aprendido por las malas que en la ciudad de cemento las emociones eran un lujo caro que ponía en peligro la estabilidad. Mi padre dependía por completo de mis ingresos para sus costosas medicinas, y no había espacio para las dudas.
Mi único momento de debilidad, el único hilo invisible que me conectaba con la tierra, estaba en el balcón. Allí, desafiando el hollín negro de las chimeneas industriales y el clima hostil del norte, mantenía tres pequeñas macetas de barro con brotes de jazmín. Cada mañana, antes de tomar el ruidoso autobús, hundía la punta de los dedos en la tierra para comprobar la humedad. Era un gesto automático, casi un secreto. El olor del sustrato húmedo era lo único que me recordaba que seguía viva por dentro.
Esa tarde, mi jefa directa entró a mi cubículo de cristal y dejó caer una pesada carpeta de cuero sobre el escritorio.
—Dana, la junta aprobó la fusión con la constructora de la capital central. Eres la única con el ojo clínico necesario para auditar los balances finales antes de la firma. Viajas el lunes.
Me quedé estática, con la pluma suspendida en el aire. La capital central. El lugar donde el asfalto se volvía aún más denso y donde, según las pocas noticias que me llegaban, Caleb se estaba convirtiendo en un arquitecto de renombre. Sentí una opresión en el pecho, una grieta en mi armadura de hielo. El pasado, que creía haber sepultado bajo toneladas de balances contables, volvía a llamarme con la fuerza de una raíz que rompe el pavimento.