Contemplaba la ciudad desde el gran ventanal del piso 12 del despacho arquitectónico. Abajo, los automóviles parecían pequeños escarabajos metálicos moviéndose entre rascacielos de acero. Llevaba un jersey de cuello alto negro, unas gafas de montura delgada que le daban un aire intelectual y sostenía una taza de café expreso ya frío. El muchacho tímido de San Miguel de los Sauces había sido sustituido por un arquitecto codiciado, un creador de espacios vanguardistas que la alta sociedad de la capital celebraba en cada inauguración. Mi vida se había transformado en un plano perfecto y milimétrico. Diseñaba edificios de líneas minimalistas, fachadas espejadas que reflejaban el cielo gris y estructuras que desafiaban la gravedad.
A mi lado estaba Irene, una diseñadora de interiores elegante, de modales perfectos y conversación refinada, cuya familia poseía una enorme influencia en los círculos financieros de la ciudad. Era una relación lógica, cómoda y sumamente aplaudida por sus socios. Irene representaba todo lo que el éxito urbano exigía. Sin embargo, cuando el despacho quedaba en silencio a altas horas de la noche, yo abría el cajón inferior de su escritorio de dibujo. Allí, oculto bajo las representaciones tridimensionales de los nuevos centros comerciales, guardaba un cuaderno de hojas amarillentas. Mis dedos, acostumbrados al teclado y al tiralíneas digital, tomaban el grafito blando para dibujar una y otra vez la misma estructura: un gran invernadero de madera tallada a mano, con techos de cristal a dos aguas, rodeado de sauces llorones y un camino que olía a lavanda.
—Sigues perdiendo el tiempo con tus fantasías rurales, Caleb —le había dicho Irene esa misma semana, mirando el cuaderno por encima de su hombro con una sonrisa de condescendencia —. El mercado actual no busca el romanticismo del campo; busca la frialdad y la rentabilidad del diseño industrial. Tienes que concentrarte en el proyecto de la fusión del lunes. Viene la jefa de contabilidad de la firma del norte para el cierre del contrato.
Cerré el cuaderno en silencio. Miré mis manos limpias, sin un solo rastro de tierra, y sintió una profunda y devastadora soledad. Había construido edificios imponentes, pero se daba cuenta de que sus propios cimientos estaban completamente vacíos. Lo que yo no sabía era que el lunes, la mujer que traía los balances del norte pondría a prueba la resistencia de toda su estructura.