El Camino De Las Flores

Capítulo 9: El laberinto de cristal (Perspectiva de Dana)

El frío de la capital central era diferente al del norte; no era un frío que oliera a chimeneas y fábricas, sino un viento helado que corría limpio entre los edificios espejados, como si el propio cemento estuviera climatizado. Crucé las imponentes puertas giratorias del complejo financiero sintiendo el peso de mi propia armadura. Mi carpeta de cuero oscuro bajo el brazo no era solo un archivador de balances; era mi escudo contra una ciudad que me superaba en tamaño y pretensiones.

Mientras el ascensor de alta velocidad subía verticalmente hacia el piso 14, me miré en el reflejo de las paredes metálicas. El moño alto y estricto no dejaba escapar ni un solo cabello, y la rigidez de mi traje sastre gris me recordaba quién era ahora: una mujer eficiente, jefa de contabilidad, alguien que no se permitía temblar. El espejo me devolvía la imagen de una desconocida, pero era la desconocida que me mantenía a salvo. Al entrar a la sala de juntas, la opulencia del lugar me tensó la espalda. Una enorme mesa de caoba pulida reflejaba las luces dicroicas del techo, y a su alrededor ya se encontraban sentados los abogados senior de la constructora. Hombres de mediana edad, con trajes hechos a medida que destilaban seguridad y arrogancia.

Respiré hondo, ocupé mi lugar al final de la mesa y abrí mis carpetas. La reunión comenzó de inmediato y me obligué a concentrarme en los números. Los activos de mi firma, las cláusulas de rescisión, los márgenes de ganancia trimestrales... desglosé cada auditoría con una voz firme, clara y un profesionalismo tan cortante que obligó a los abogados a dejar de mirarme como a una simple empleada del norte y empezar a escucharme con respeto. Discutir sobre finanzas era fácil; los números eran lógicos, predecibles, no tenían sentimientos ni te abandonaban en las estaciones de tren.

—Bien, los balances de la fusión están perfectamente cuadrados, señorita —señaló el director general de la constructora, cerrando su portafolios con un golpe seco —. Sin embargo, para proceder con la firma del contrato definitivo y la liberación de los fondos de inversión, la ley nos exige la validación técnica del arquitecto principal a cargo del proyecto de la obra. Debe estar por llegar del ala oeste del complejo.

En ese momento, la pesada puerta de madera y cristal de la sala se abrió con un leve suspiro neumático. Entró un hombre joven, disculpándose con voz pausada por el retraso mientras se acomodaba las gafas de montura delgada con un gesto fluido de la mano. Llevaba un abrigo largo de lana oscura y el cabello ligeramente revuelto por el viento de la calle. Toda la estructura que yo había construido durante años en mi interior, todo el hielo de mi armadura contable se derrumbó con el sonido de su voz.

La pluma estilográfica que sostenía con fuerza resbaló de mis dedos congelados, golpeando la mesa y dejando una densa y horrible mancha de tinta azul sobre el papel timbrado del contrato. El aire se me atoró en los pulmones y el mundo entero pareció perder el sonido. Era Caleb. Ya no quedaba nada del muchacho torpe de dieciocho años que me miraba con timidez en el invernadero o que pedaleaba en una bicicleta vieja. Frente a mí, a escasos metros de distancia, se encontraba un hombre de hombros anchos, porte elegante y una seguridad magnética que llenaba por completo el espacio de la habitación. Pero cuando él levantó la vista de sus planos y sus ojos oscuros se cruzaron con los míos, el traje de diseñador desapareció. Por debajo de la fachada del arquitecto exitoso de la capital, reconocí la misma mirada que me había prometido, bajo un puente de piedra, que jamás se soltaría de mí.




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