El Camino De Las Flores

Capítulo 10: La distancia en un café (Perspectiva de Caleb)

Entré a la sala de juntas del piso 14 un tanto agitado, disculpándome de manera automática por los pocos minutos de retraso. Había pasado la última hora discutiendo con el equipo de ingeniería estructural sobre el peso de los perfiles de acero para el nuevo proyecto, y mi mente seguía llena de números, cotas y líneas de diseño. Me quité el abrigo largo de lana, lo colgué en el perchero junto a la puerta y me acomodé las gafas mientras avanzaba hacia la gran mesa de caoba. Alcé la vista, listo para saludar formalmente a los enviados de la firma de logística del norte, y el mundo que yo creía tener bajo control se desmoronó en un segundo. Sin duda, sentada al fondo de la mesa, vistiendo un traje sastre gris sumamente rígido, estaba Dana.

El impacto físico fue tan real que sentí un vacío helado en el estómago, como si el suelo del rascacielos hubiera desaparecido bajo mis botas de diseñador. Mis ojos se abrieron de golpe en un gesto de absoluto desconcierto que no pude ocultar. Por tres largos segundos, el ruido de los abogados acomodando papeles y el zumbido del aire acondicionado se borraron por completo. Toda la sofisticación de la capital, mi estatus como arquitecto estrella y las expectativas de la familia de Irene se evaporaron. Allí, frente a mí, estaba la chica de diecisiete años que me había enseñado el secreto de los girasoles, la dueña del único par de manos que yo realmente quería sostener.

—¿Dana? —el nombre escapó de mis labios en un susurro involuntario, rompiendo de golpe el protocolo ejecutivo de la reunión.

Ella ni siquiera pestañeó. Pude ver cómo apretaba los puños debajo de la mesa de caoba, un sutil gesto de defensa antes de clavar su mirada en los balances contables con una frialdad que me caló los huesos.

—Arquitecto —respondió con una voz monótona, cortante y profesional que me dolió en el centro del pecho —. Procedamos con la revisión de las firmas del anexo técnico, por favor. El tiempo apremia.

Me senté en la silla de piel sintiendo el peso de su rechazo. Las dos horas siguientes fueron una tortura china. Tuve que concentrarme en validar planos de cimentación y presupuestos de obra mientras la tenía a escasos metros. Cada vez que extendía un plano y nuestras manos evitaban tocarse por escasos milímetros, sentía una descarga de electricidad estática en el aire. No escuché la mitad de lo que dijeron los abogados; me limité a firmar donde me indicaban, devorando con la mirada el perfil de Dana, buscando rastros de la chica del invernadero bajo esa dura armadura de contadora implacable.

En cuanto la junta terminó y los ejecutivos abandonaron la sala recogiendo sus portafolios, me moví por puro instinto. Crucé el espacio y me interpuso firmemente entre Dana y la puerta de salida antes de que pudiera escapar.

—No te vas a ir así. No otra vez, Dana, por favor —le supliqué, mirándola con toda la desesperación que había acumulado en mis noches de insomnio —. Hay un café bastante tranquilo en la planta baja del edificio. Solo te pido media hora. Necesitamos hablar.

Ella bajó la mirada hacia su reloj de pulsera con un gesto mecánico, calculando el tiempo que le restaba para su vuelo de regreso al norte. Al levantar la vista y encontrarse con mis ojos, vi flaquear por fin su coraza de hielo.

—Está bien —accedió en un susurro cansado—. Media hora.

Bajamos en el ascensor en un silencio sepulcral, pero la verdadera tormenta estalló cuando nos sentamos frente a frente en una mesa apartada junto al enorme ventanal de cristal de la planta baja. El local estaba repleto de ejecutivos hablando a gritos sobre acciones e inversiones, pero para nosotros dos el café era un desierto.

—Te busqué en la estación central, Caleb —soltó ella de repente, fijando la mirada en el remolino negro de su taza para no quebrarse —. Ocurrió hace cinco años, cuando enviaste aquel telegrama. Mi autobús se quedó completamente atrapado en la tormenta de nieve a mitad de la avenida. Corrí todo lo que me dieron las fuerzas, pero llegué cuarenta minutos tarde. Tu tren ya se había marchado.

Cerré los ojos con fuerza, sintiendo que el arrepentimiento me golpeaba el pecho con la fuerza de un camión. Cinco años de malentendidos y dolor resumidos en un retraso por la nieve.

—Yo... yo pensé que te habías olvidado de mí, Dana —confesé con un hilo de voz, apretando la taza caliente entre mis manos limpias de arquitecto —. Pensé que habías decidido cortar los lazos con el pueblo y conmigo. No tuve paciencia. Fui un estúpido.

—Nunca podría olvidarte, Caleb —respondió ella levantando al fin la vista, y en el fondo de sus ojos castaños vi el brillo exacto de la lavanda —. Pero la vida nunca nos lo puso fácil.

Hablamos entonces de nuestras realidades presentes. Le hablé de mis diseños, del despacho y, con una culpa sorda que me quemó la garganta, mencioné a Irene. Dana, con una madurez serena pero triste, me relató la muerte de su padre y su solitaria rutina contable en el norte. Me di cuenta de que la seguía amando con la misma pureza salvaje del primer día, pero al mirarnos a la luz del ventanal, comprendí el peso real del tiempo. Ya no éramos las tiernas semillas de San Miguel; éramos dos estructuras sólidas, complejas y rígidas, construidas en terrenos que la distancia había vuelto completamente incompatible.




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