El Camino De Las Flores

Capítulo 11: Dos extraños con el mismo pasado (Perspectiva de Dana)

El ruido metálico de las cucharillas chocando con la porcelana y el murmullo incesante de los hombres de negocios a nuestro alrededor creaban una barrera sonora que, paradójicamente, nos aislaba por completo del resto del mundo. Miré fijamente las manos de Caleb sobre la mesa. Eran manos limpias, de dedos largos, acostumbradas a sostener estilográficas caras y a deslizarse sobre papel vegetal. Ya no quedaba rastro del polvo blanco de San Miguel en sus nudillos.

Sentir su tacto sobre mis dedos helados después de haberle confesado el malentendido de la estación de trenes fue como recibir una descarga eléctrica que amenazó con agrietar toda mi compostura. Su piel seguía siendo fuego, un recordatorio vívido de que el tiempo y la distancia habían sido un castigo, no un remedio.

—No lo hagas todavía más difícil de lo que ya es, Caleb —le pedí, retirando mi mano con una lentitud que me dolió en el pecho, obligándome a endurecer la voz —. Tienes una vida hermosa, estable y un futuro sumamente brillante aquí en la capital. No intentes desenterrar una flor que la distancia ya secó hace mucho tiempo.

—No se ha secado, Dana —insistió él, dando un paso al frente con la mirada cargada de una desesperación que me encogió el estómago —. Lo sé perfectamente porque sigo sintiéndolo en este mismo instante. Déjame ir a buscarte al norte el próximo fin de semana.

Justo en ese instante de máxima debilidad por mi parte, el teléfono celular de Caleb vibró con insistencia sobre la mesa de madera pulida. Bajé la mirada de inmediato hacia la pantalla digital; el nombre de "Irene" brillaba con una luz blanca y fría. Esa palabra de cinco letras fue el balde de agua fría que necesitaba mi cerebro para reaccionar. Miré a Caleb, quien contemplaba el aparato con una mezcla de culpa y frustración, y le dediqué una sonrisa mansa, triste, pero cargada de una cruda lucidez.

—Adiós, Caleb. Cuida mucho tus edificios —le dije en un susurro, poniéndome de pie antes de que pudiera articular una sola palabra de disculpa.

Me giré y caminé hacia las puertas giratorias del edificio financiero sin mirar atrás, subiendo de inmediato al automóvil de la empresa que me esperaba junto a la acera con el motor en marcha. Durante todo el trayecto hacia el aeropuerto, contemplando el cielo gris de la capital a través de la ventanilla, comprendí que no podía seguir viviendo así. El pasado estaba demasiado cerca, acechando detrás de cada balance contable y de cada viaje de negocios.

Al regresar a la sucursal del norte, no lo dudé. Entré a la oficina de la dirección general y firmé una solicitud voluntaria de traslado inmediato y permanente a la sede más remota de la firma: una pequeña oficina de liquidaciones e inventarios en la costa sur del país, un lugar azotado por el viento marítimo y el olvido. Necesitaba que la distancia geográfica fuera un reflejo fiel de la distancia emocional que debía imponerle a mi corazón. Cambié mi número telefónico, empaqueté mis escasas pertenencias en tres cajas de cartón y me mudé a una casa pequeña frente al océano antes de que terminara el mes. Quería borrar mis huellas, convenciéndome a mí misma de que si ponía ochocientos kilómetros de asfalto y mar entre Caleb y yo, el aroma a lavanda dejaría finalmente de perseguirme por las noches.

Capítulo 11B: El rastro borrado (Perspectiva de Caleb)

Las cuarenta y ocho horas posteriores a la huida de Dana del café de la planta baja se convirtieron en un ejercicio de asfixia controlada. Regresé al piso 14 del complejo financiero arrastrando los pies, con el zumbido de las puertas giratorias aún resonando en mis oídos y la taza de café frío grabada en las palmas de mis manos. En mi escritorio de dibujo se acumulaban las muestras de mármol travertino y los presupuestos de acero estructural para el Teatro Nacional, pero cada línea de cimentación que trazaba con el tiralíneas digital me parecía un trazo absurdo, un decorado de cartón piedra para tapar una farsa monumental.

Llamé repetidamente al conmutador central de la firma de logística del norte. Usé mi estatus como arquitecto principal de la constructora asociada, elevé la voz e intenté utilizar el tono autoritario que los socios del despacho tanto celebraban en las reuniones corporativas. La respuesta al otro lado de la línea, filtrada por la estática y por la voz monótona de una recepcionista impersonal, fue siempre la misma: la señorita Dana había presentado una solicitud de traslado irrevocable y definitivo con directrices estrictas de confidencialidad. Se había borrado de los servidores. No había una extensión telefónica, ni un correo corporativo, ni un casillero postal a donde dirigir mi desesperación.

—Te estás volviendo huraño, Caleb —me recriminó Irene el viernes por la noche, mientras revisaba unas muestras de tapicería en el salón de mi apartamento—. La junta directiva está encantada con los balances de la fusión, pero tú pareces el fantasma de tu propio proyecto. Tu padre político ha invertido demasiado capital en este estudio como para que te distraigas con melancolías. Recuerda que el mes que viene cerramos la agenda para París.

La miré en silencio desde el ventanal. Irene lucía perfecta, con su vestido de diseñador y su lógica de cristal que encajaba de forma milimétrica en el engranaje de la alta sociedad de la capital. Ella no buscaba al chico que corría descalzo bajo los sauces llorones; amaba la fachada, el plano terminado, la estructura rígida que yo había construido para protegerme del olvido.

Cuando se marchó, la penumbra del apartamento se volvió densa. Fui hacia mi estudio de dibujo, abrí el cajón inferior y saqué el cuaderno de hojas amarillentas. Mis dedos, limpios y desprovistos de cualquier rastro de tierra, acariciaron el grafito blando. Dibujé con furia, rompiendo la punta del lápiz contra el papel vegetal, intentando levantar en el papel la única estructura que realmente me importaba sostener: un viejo puente de piedra gris que resistía a la tormenta mientras el resto de mi mundo de cristal se agrietaba de forma inevitable. Estaba atrapado en el éxito, sí, pero mis cimientos estaban completamente vacíos.




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