Ver la silueta de Dana desaparecer a través de las puertas giratorias del café fue como ver un andamio desplomarse sin poder hacer nada para detenerlo. Me quedé de pie, estático en mitad del local, con el teléfono móvil vibrando insistentemente en mi mano derecha. La pantalla seguía mostrando el nombre de Irene, un parpadeo frío que me recordaba la realidad que me esperaba en el piso 14, pero en ese instante, todo el éxito corporativo me pareció una farsa monumental. Guardé el aparato en el bolsillo del abrigo sin responder, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones.
No pude esperar al fin de semana largo. La desesperación me ganó la partida apenas dos semanas después de aquel encuentro en la sala de juntas. Cancelé mis citas de diseño, dejé una mentira piadosa en el despacho sobre la necesidad de inspeccionar unos materiales en otra provincia y abordé el primer tren nocturno con destino a la ciudad industrial del norte. Durante todo el trayecto, viendo las luces distantes perderse en la oscuridad a través de la ventanilla, me convencí de que, si lograba mirarla a los ojos en su propio entorno, lejos de los abogados y las presiones de la capital, lograría convencerla de reconstruir nuestro camino.
Sin embargo, el norte me recibió con un golpe seco de realidad. Al llegar al viejo edificio de apartamentos donde sabía que residía, me encontré con que su nombre ya no ignoraba en el buzón de la entrada; en su lugar, una familia de completos desconocidos me abrió la puerta con desconfianza. Desesperado, caminé bajo la llovizna gris hasta las oficinas de su firma de logística. Al preguntar en la recepción por la jefa de contabilidad, una empleada de mirada gélida revisó el sistema informático antes de darme una respuesta lapidaria: la señorita Dana había solicitado un traslado inmediato y definitivo a una sucursal remota en el sur, dejando directrices estrictas de no facilitar sus nuevos datos de contacto por políticas de privacidad de la empresa.
Huyó de mí. Se había borrado del mapa de manera consciente, interponiendo kilómetros de asfalto y mar para que yo no pudiera alcanzarla. Regresé a la capital central con el alma completamente ensombrecida. Mi humor se volvió huraño, taciturno, y mi arquitectura experimentó una transformación radical que mis socios celebraron como "madurez artística", pero que por dentro no era más que un reflejo de mi propio vacío; las líneas de mis nuevos edificios se tornaron más rígidas, frías, monumentales y grises, como si estuviera proyectando en el acero y el cristal los muros que estaba levantando en mi propio interior para no volver a sentir.
Fue en esas noches de aislamiento total en mi estudio cuando comencé a escribir las cartas. Sabía perfectamente que no tenía una dirección a donde enviarlas, que eran botellas lanzadas a un océano de cemento, pero necesitaba redactarlas para no perder la cordura en medio de las reuniones de alta sociedad. Le contaba a una Dana imaginaria mis frustraciones con los clientes, cómo odiaba la hipocresía de los cócteles de etiqueta y cómo el olor a cemento fresco y tierra removida en las excavaciones de las obras me recordaba, por pura contradicción, al lodo fértil del invernadero de San Miguel. Ninguna de aquellas hojas conoció jamás un sobre postal; todas terminaban amarradas con un cordel y guardadas bajo llave en el interior de una vieja caja de metal que ocultaba debajo de mi cama, como el único cimiento verdadero de una vida construida sobre fachadas falsas.