Tres años en la gran ciudad pueden parecer una eternidad o un parpadeo, dependiendo de cuántas verdades intentes ocultar bajo la alfombra. Para mí, ese bloque de tiempo posterior a mis estudios se transformó en una anestesia lenta, un ruido de fondo que apagaba mis verdaderos deseos. Mi nombre ya no solo era conocido en los pasillos de la facultad; aparecía con frecuencia en las secciones culturales de los diarios y en las portadas de las revistas de diseño más exclusivas de la capital. Acabábamos de ganar el concurso público más importante y ambicioso de mi carrera: el diseño estructural y conceptual del nuevo Teatro Nacional. Se ponía en marcha la obra de la década y se suponía que debía ser el día más feliz de mi vida profesional, el clímax de mi éxito urbano.
La fiesta de celebración se llevó a cabo en el gran salón de un hotel de cinco estrellas. Todo en el ambiente era pulcro, milimétrico e impecable: las luces dicroicas que cortaban el aire, las copas de champaña de cristal fino que tintineaban a mi paso y los murmullos de felicitación de los empresarios y políticos más influyentes de la región. Irene se movía entre los invitados con la gracia de un pez en el agua, radiante, luciendo un vestido de seda importada que delataba su estatus y su perfecta pertenencia a ese mundo de élite. Yo, en cambio, sostenía mi copa forzando una sonrisa automática para los fotógrafos que disparaban sus flashes en la entrada, experimentando una desconexión absoluta con mi propio cuerpo, como si fuera el espectador de una obra de teatro ajena.
A mitad de la noche, el padre de Irene, un hombre cuya inmensa fortuna y gran peso en el sector financiero sostienen gran parte de las inversiones de mi despacho, subió al escenario principal y pidió silencio sosteniendo un micrófono de plata.
—Queridos amigos, socios y colegas —anunció con una voz potente que acalló de inmediato los murmullos de la sala —. Aprovechando este momento de inigualable triunfo profesional para Caleb, quiero anunciar de manera oficial que mi querida hija y él unirán sus vidas en matrimonio el próximo otoño en la ciudad de París.
El salón estalló al unísono en un aplauso cerrado y ensordecedor. Irene se colgó de mi cuello con una sonrisa de absoluta victoria, besándome en la mejilla frente a las cámaras que parpadeaban sin parar para capturar la estampa de la pareja perfecta. Yo forcé el gesto lo mejor que pude, agradecí las felicitaciones con la cortesía artificial que me habían enseñado a usar en la gran ciudad y apuré el contenido de mi copa de un solo trago. Por dentro, sin embargo, experimenté el frío absoluto, cortante e insoportable de quien sabe, con plena lucidez, que acaba de firmar el contrato definitivo de una vida que no le pertenece. Estaba atrapado en los muros invisibles de mi propia estructura de cristal.