El Camino De Las Flores

Capítulo 14: El rumor del oleaje (Perspectiva de Dana)

La costa sur me ofreció el aislamiento y el silencio que tanto le había mendigado a la vida tras mi precipitada huida de la capital. Mi nueva rutina transcurría en una oficina pequeña, de techos bajos y ventanas arqueadas de madera gastada que daban directamente hacia el inmenso y embravecido océano. Ya no vestía los trajes sastre rígidos y oscuros de mi época en la firma del norte; los había cambiado definitivamente por suéteres de lana gruesa que me protegían del viento costero y calzado cómodo para caminar sobre la arena. Me encargaba de llevar los inventarios de los barcos de carga y de supervisar las complejas liquidaciones aduaneras del puerto. Era un trabajo monótono, mecánico y puramente numérico, pero me mantenía la mente ocupada durante diez horas al día, impidiendo que los recuerdos encontraran una rendija por la cual colarse.

Esa misma noche, mientras Caleb sonreía para las cámaras en su fiesta de gala a cientos de kilómetros de distancia, yo caminaba completamente sola por la orilla de la playa oscura. El viento del sur soplaba con una fuerza brutal, arrastrando el olor penetrante a sal, yodo y algas, y el mar golpeaba mis pies descalzos con una regularidad monótona, gélida y acompasada. Tenía veintiséis años, una cuenta bancaria estable, el respeto profesional de mis pares y una profunda, insondable y pesada soledad instalada en el centro del pecho.

Intentaba autoconvencerme a diario de que era feliz en mi exilio voluntario, de que la paz del océano era suficiente. Al fin y a cabo, había logrado lo que quería: nadie en la empresa les facilitaba mis datos a desconocidos y mi teléfono celular rara vez sonaba fuera del estricto horario de oficina. Sin embargo, cuando regresaba a mi casa frente a la costa y encendía la pequeña lámpara de la sala, el silencio de las paredes se volvía un eco ensordecedor.

Miraba mis manos limpias y extrañaba la aspereza de la tierra negra de San Miguel de los Sauces; miraba el horizonte oscuro del mar y me preguntaba si Caleb, en alguna de sus fastuosas reuniones de la alta sociedad, recordaría alguna vez el sonido del río corriendo bajo nuestro puente de piedra. Me había construido una vida segura y predecible, sí, pero era una vida estéril, donde los brotes de jazmín de mi balcón apenas lograban sobrevivir al salitre del océano. Estaba viva ante los ojos del mundo, pero por dentro no estaba viviendo.

Capítulo 14B: El susurro de la marea alta (Perspectiva de Dana)

La rutina en la pequeña sucursal de la costa sur tenía el mismo ritmo predecible, gélido y acompasado que el oleaje que golpeaba los pilotes de madera del muelle comercial. Una noche de finales de otoño, mientras Caleb forzaba sonrisas automáticas para los fotógrafos de la capital, yo me encontraba sola en la oficina del puerto, con un suéter de lana gruesa cubriéndome los hombros y la única compañía de una lámpara de escritorio que zumbaba con fastidio. Afuera, una tormenta feroz azotaba la costa, haciendo crujir los ventanales arqueados de madera gastada y arrastrando un olor penetrante a sal y yodo que se colaba por las rendijas.

Tenía sobre el escritorio las planillas de liquidación aduanera de tres barcos pesqueros que debían zarpar al amanecer. Los números se alineaban en columnas perfectas: toneladas de carga, aranceles de importación, márgenes de riesgo. Era la paz mecánica que tanto le había mendigado a la vida tras mi huida, el blindaje contable que me mantenía a salvo de los imprevistos del corazón. Sin embargo, al levantar la vista hacia el horizonte oscuro del océano, experimenté un tirón violento en el pecho, una grieta profunda en mi armadura de hielo.

A mitad de la jornada, un viejo estibador del puerto entró a la oficina con la ropa empapada, pidiendo ayuda para asegurar unas redes de arrastre que el viento blanco amenazaba con arrastrar hacia el fango del acantilado. No lo dudé. Me calcé las botas de goma y salí al muelle desafiando la fuerza brutal del viento marítimo. Pasamos una hora arrastrando los pesados cabos de yute bajo la lluvia gélida, coordinando los esfuerzos en un silencio absoluto. El esfuerzo físico, la textura áspera de las cuerdas y el olor a lodo removido por la marea me provocaron una sacudida mental violenta. Mis manos, acostumbradas a la pulcritud de las estilográficas corporativas, volvieron a sentir la fricción y la resistencia de las cosas reales. Al regresar a la trastienda, me detuve frente al espejo empañado. Tenía los dedos entumecidos por el frío y las mejillas salpicadas de salitre, pero por primera vez en meses, sentí que la sangre corría de verdad por mis venas.

Me había construido una fortaleza económica predecible en este exilio voluntario, sí, pero era una vida estéril. Al mirar mis manos limpias en la penumbra de la sala, extrañé de forma desesperada la calidez de la tierra negra de San Miguel de los Sauces y el aroma dulce de la lavanda que el asfalto y el mar no habían logrado borrar de mi memoria. Estaba viva ante las cifras del inventario, pero mi alma seguía esperando que la hiedra encontrara, finalmente, una superficie sólida a la cual aferrarse para dejar de caer en el vacío.




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